Introducción a las “Contribuciones a la Filosofía”
(Estudio preliminar de orden
temático)
Breno Onetto M.
(Dr. phil.)
Universidad Austral de
Chile
Instituto de Filosofía y Ciencias Educacionales
Con el inicio de la
publicación de parte importante del material inédito de los años 30, de la
tercera sección de la Gesamtausgabe, de Martin Heidegger, se
ha dado a conocer definitivamente, desde 1989 -fecha de la publicación de
los “Beiträge zur Philosophie”, el formulación “onto-histórica” del
pensamiento del ser, y que se ha venido a denominar: el pensamiento
histórico del Ser. Pensamiento que va a ser expuesto por la pregunta
fundamental [Grundfrage], tras el giro dado por el pensamiento de
Heidegger alrededor de 1929/30. El proyecto del pensar que siguen las
“Contribuciones” -según la luz dada por el mismo autor-, “intentaba
retener firmemente la unidad de este pensamiento en la estructura más
interna del texto”[i].
Tanto las “Contribuciones a la Filosofía” así como un texto algo
posterior, titulado “Meditación”[ii],
escrito también como un segundo proyecto de este pensamiento histórico del
ser y que fuera redactado por el año 1939, constituyen, por ahora, los
trabajos o bosquejos preliminares de este su segundo pensar, que busca
decir y meditar el Ser desde él mismo. Se ha dicho también, sin errada
argumentación, que las “Contribuciones” serían la obra principal
heideggeriana [O. Pöggeler] y si no, al menos su segunda obra mayor
[A. Schwan, Fr.-W. von Herrmann]; una obra que en enorme panóptico logra
darnos, en resumidas cuentas, y a través de un ensamble “lógicamente” bien
estructurado, cada uno de los temas filosóficos tardíos del pensador, y en
forma no tan sistemática cada una de sus posibles articulaciones, desde un
cierto modus operandi definitivo que habría alcanzado el
pensamiento del Ser, y en un momento histórico-político bastante difícil
que hacía entonces igualmente imposible su divulgación.[iii]
Pero, ¿qué significa
esto - pensar el Ser desde él mismo? ¿Qué fue o devino de lo pensado
anteriormente? En una nota escrita a su propio ejemplar de “Wegmarken”[iv],
hecha al comienzo de la “Carta sobre el Humanismo”[v],
en 1949, ha expresado Heidegger lo siguiente: “lo que aquí se dice no ha
sido pensado solamente en la época de su redacción [1946], sino que se
basa en la andadura de un pensar que fue iniciado en 1936, en el
instante de un intento por decir sencillamente la verdad del ser.
La Carta habla todavía en el lenguaje de la metafísica, y ello de modo
sabido y consciente. El otro lenguaje queda en un segundo plano”. Las
“Contribuciones” intentan hablar aquel “otro” lenguaje, el más esencial y
esotérico[vi]:
ellas son desde su redacción, a comienzos del año 1936, la realización de
un tal intento de “decir” la verdad del Ser y esto, porque
-como se dice allí- “El pensamiento venidero es andadura del pensar, a
través de la cual el ámbito donde se va a desplegar el Ser, oculto hasta
ahora, es atravesado, y así, recién, despejado y alcanzado en su más
propio carácter de acontecimiento” [65; 3][vii].
Andadura que no es sino: el itinerario de un pensar venidero que no busca
erigir más una “obra”, un edificio de pensamientos, sino que en su marcha
y en el camino mismo [83] que va pensando permanece o se mantiene como
ante “los bloques de una cantera desde donde ha de extraerse la piedra
bruta” [421, 436]. O como dice el epígrafe definitivo de Heidegger, para
la edición de la Gesamtausgabe: Caminos - no obras.
Entonces: un pensamiento móvil que no logra otra detención o resultado más
que volver la mirada, una y otra vez, en dirección de la pregunta en
cuestión.
La cuestión del ser,
entendida desde su planteamiento inicial en “Ser y tiempo” como pregunta
por el “sentido del ser” [cfr. SZ; 1, trad. 23], es pensada ahora como
pregunta por la “verdad del Ser” [GA 65; 43]. Ya en su conferencia
temprana leída en Friburgo el 11.12.1930 y en otros lugares, respecto “De
la esencia de la verdad”, el tema de la pregunta por el sentido se había
vuelto ya hacia el tema de la verdad. [cit. Blochmann] De tal manera que,
la pregunta por el ser aquí ha de ser indagada como pregunta por la verdad
del Ser; ella es y seguirá siendo la única pregunta de este
pensar, pues en ella cobra validez lo más único y excepcional [Einzigste
und Einmalige] que es el Ser mismo [6, 10, 177, 229, 303, 414]. Indagar
históricamente por ella, la convierte, de facto -ante la pregunta habitual
de la filosofía, que inquiere por el ente en cuanto tal (la pregunta
rectora)-, en la pregunta fundamental. Pregunta ésta que interroga ahora
por la diferencia de ser y ente. Y ya que el ente “es”, el ser visto en sí
mismo tiene que poder “desplegarse” igualmente por él mismo. Este
despliegue del Ser, su hacerse presente o acaecer [Wesung des Seyns], el
darse oculto del Ser, es lo que las “Contribuciones a la Filosofía” han
denominado y piensan como el acontecimiento, das Ereignis
[7].
Ahora bien, lo
primero y lo más peculiar que se dice del acontecer del Ser, en las
“Contribuciones”, “ha sido preguntado y pensado en la ‘sugerencia’ del
primer inicio y del otro en forma recíproca, partiendo de la ‘resonancia’
del Ser [que ha de venir] en el apremiar del abandono del ser, para dar el
‘salto’ en el Ser, con miras a la ‘fundación’ de su verdad en tanto que
preparación de los ‘venideros’ ‘del último Dios’ [íbid.]”. El decir
pensante “esencial” que se va a intentar en las “Contribuciones” es, por
tanto, un decir venidero del Ereignis, del acontecimiento del Ser en tanto
que “despliegue de la verdad del Ser”, lo que viene a ser la respuesta a
la cuestión de fondo: el Ser. Pero no se trata de concebir al Ser, ahora,
como ‘acontecimiento’, sin más. Lo que sea el ‘Ereignis’ es todavía algo
enigmático, que juega un papel con el tiempo y la apertura de un espacio
acontecedero, en un campo de remisiones y reenvíos, resonancias y llamados
diversos, que ponen en juego y dan los “pases” [Zuspiel] en y para los
diversos espacios y tiempos históricos, por donde se presenta o se ha
hecho de alguna forma presente el Ser; lo que se da aquí, en estos
apuntes, examinando la cuestión, en cierta manera, a la luz de cada una de
las junturas o partes componentes del ensamble [o fuga] que “se” intenta
“ejecutar” en esta obra.
Por otra parte, no
parece que sea nada fácil “decir” algo “del” Ser mismo, sin caer, de
antemano, en la forma del decir representacional característico de la
metafísica. Decir que representa o concibe el ser siempre desde lo ente.
Sabemos, a su vez, también, por una breve síntesis crítica hecha en el
capítulo final con el que se cierran las “Contribuciones” [450s.], que:
“el dominio aún inquebrantable de la metafísica se ha vuelto del todo
irreconocible y distorsionado en su totalidad, lo que ha llevado a que el
ser se nos haga presente sólo como un resultado concomitante de la
representación del ente en cuanto que un ente, de
cuya fundamental determinación para occidente han de proceder luego todas
las modificaciones en la interpretación del ente”. De allí la razón por la
cual aún seguimos -incluido Heidegger también- moviéndonos al interior de
aquello que tiene el carácter de la re-presentación, incluso cuando lo que
urge es pensar y experimentar la verdad del Ser. Lo que es así, pues
entendemos lo “ontológico” como condición de lo “óntico”, pero tan sólo
como un “suplemento” [un a priori; cfr. 183, 174, 231, 258]
de lo “óntico” y se repite lo “ontológico” (el proyecto del ente en su
entidad), otra vez, como auto-aplicación de esto mismo: proyecto de la
entidad como proyección del Ser en su verdad. A través de este proceso
-que es inevitable para poder plantear la pregunta por el ser como la
tarea desde el horizonte de la metafísica- el ser es puesto delante a la
mirada teórica como “objeto”[viii],
y se alcanza así lo opuesto de lo que el impulso de la pregunta por el Ser
ya había abierto: la dimensión de la apertura del ente. Ni siquiera el
mundo de los entes es para Heidegger un mundo de objetos, como los pudiera
enfrentar una pura subjetividad. De modo que menos puede definirse al ser
en sus términos o los de la metafísica tradicional.[ix]
“Ser y tiempo”
proponía el “tiempo” como horizonte [trascendental] de la verdad [SZ; 62],
como ámbito del proyecto abierto para el Ser. Proyecto que, allí, no se
debía entender como un poner representador (de una subjetividad), ya que
se dejaría sin consideración la decisiva “comprensión del ser” alcanzada
por la “analítica existencial” de “Ser y tiempo”, sino comprensión que
consiste en entender la existencia humana (Dasein) como ser-en-el-mundo,
esto es, como una relación abierta con el ser. Pero si la reflexión se
hubiese quedado allí, en lo temporal-ontológico, en el mero ser fáctico
del Dasein, no se habría desplegado más la cuestión del ser como tal, esto
es, como pensamiento de lo digno de ser preguntado o de lo imposible de
ser domeñado [das Frag-würdige und das nie Zubewältigende; GA 65; 76]. No
se habría indagado, en efecto, por la cuestión de fondo o Grundfrage.
El fracaso de la no publicación de la tercera sección de la primera parte,
“Tiempo y ser” -cual era la continuación del libro que hoy conocemos- se
debió, como se sabe, a dificultades tanto en el modo del decir [todavía
inevitablemente metafísico], como a la impotencia de poder expresar en
forma adecuada [la gramática] el giro que buscaba dar “Ser y tiempo“ en la
metafísica tradicional. Y que no era otro más que: alcanzar la dimensión
desde donde ha de ser pensado el ser [Sein], la dimensión desde la que se
piensa “Ser y tiempo”, que es la de la experiencia del olvido del ser.
[¿Qué otro sentido podrían tener si no el análisis de los modos impropios
de ser de la existencia en la habladuría, la curiosidad, la ambigüedad, la
caída y la condición de arrojado] [CH., 33s, 58s.]. Tanto el olvido del
ser de los entes como la caída de la comprensión del ser mismo [SZ; 2ss.]
que se ponen en evidencia hoy y marcan la época presente se dirigen o
atañen al hombre como el apremio del abandono del ser [Not der
Seinsverlassenheit] [GA 65; 68].
La forma de
superar esta “crisis”, desde 1929, tras el “impasse” lógico-metafísico
admitido de “Ser y tiempo”, consistió para Heidegger en “dar el salto”
impostergable como arriesgado “dentro” [Einsprung] del “despliegue” mismo
del Ser, es decir y desde ese instante, primeramente: interpretar la nada
como la otra cara del ser, como el ‘no’ del ente en su totalidad. Es ella
quien ha de des-plazar [ent-setzen] la existencia [del Dasein] fuera de lo
suyo familiar, fuera del mundo conocido de los entes, para desde lo
no-ente en su totalidad hacer patente el despliegue oculto del Ser, su
reticente mostrarse. Un decir tal, que pueda hablar desde el carácter de
No [Nichthafte] del ente en su totalidad, debe ser un decir que garantice
lo propio, y permita que Ser y Dasein se correspondan en una pertenencia
originaria. Un decir así tendría que acontecer en el lenguaje mismo,
seguirse desde el claro retiro del Ser en la historia, el que sin ningún
cálculo anticipado deja oír simplemente la proximidad distante de lo que
espera al hombre y yace aún oculto para su renovada fundación. Un decir
semejante espera por un fundador, que lo haga venir al lenguaje. Aguarda
por un género excepcional de Dasein, aquel de los creadores. El pensar y
la poesía deben preparar a los que han de venir, a aquellos “venideros”,
por medio del decir pensante y fundante de la verdad del Ser. Poetas y
pensadores son, por eso, quienes han de venir a despertar el apremio del
olvido [26].
De igual modo, este
decir pensante del Ser debe ser aquí una “simple indicación”, la sola
dirección del pensar: “mostrar el libre cobijar de la verdad del Ser en el
ente como algo necesario, sin hacer de ello un mandato” [7]. Su decir, que
se halla en tránsito desde el final de la metafísica [con el mismo
Nietzsche y Hölderlin] hacia un inicio histórico diferente del pensar
occidental, uno totalmente distinto, remite al pensar histórico del ser,
el cual para sacarse la indumentaria de la metafísica tradicional, precisa
en cierta forma de una transformación esencial del modo de ser del hombre,
un cambio de su figura determinada y metafísica como “animal racional” a
una que lo define como “Da-sein”. Las “Contribuciones” no tratan por eso
[ni pueden hacerlo] “sobre” ningún “objeto” ni exponen nada objetual, sino
que preparan, se aprestan a un decir mediante señas o guiños, que son
transferidas al acontecimiento que concede lo propio [Er-eignis], esto es,
que resguarda la genuina correspondencia entre Ser y Dasein en su decir,
custodiando el acontecer que apropia desde esta pertenencia [3]. Un decir
pensante tal no tiene ni se entrega a la exactitud de las ciencias, porque
no comparte ese rigor, no obstante, las “Contribuciones“, no sean capaces
todavía de “disponer la libre articulación [unión] de la verdad desde el
Ser mismo”. Extraño es el rigor de este pensar, el que no depende del
cálculo de la razón humana devenida hoy instrumental, sino de un ajuste
que se dispone y prepara en la determinación esencial del ser del hombre
frente a lo sido y lo por venir. Frente a como vaya éste al encuentro de
su presente y de su historia. Lo que responde, entonces, por qué en este
libro “no se explica ni se describe, no se proclama ni enseña nada”, por
cierto, nada que vaya a contraponerse al decir mismo, y en verdad, que sea
objetivizado frente a lo que ha de ser dicho o preguntado, porque es el
decir mismo como despliegue del Ser lo que tiene allí voz y primacía: lo a
ser dicho [4][x]
Los “Beiträge”
entregan, empero, ciertos indicios[xi]
“del” acontecimiento: ellos provienen “del” mismo acontecimiento, como
afirma el mismo subtítulo, que es el nombre esencial [3, 80] y no público,
para un pensar que es, también, inicial. Es por eso que, el título genuino
debería ser: [D]el acontecimiento [77, 80]. Tal es la palabra-guía y
dirige el pensar heideggeriano, y que da nombre al Ser desde 1936[xii],
y según la cual éste [el Ser] como apertura originaria (verdad) del ente
“hace” la historia del hombre. De allí que, las “Contribuciones” no
busquen el dar noticia, ni informar “sobre” un objeto ahí dado
[vorhanden], o escribir sobre un tema referido con antelación
-comportamientos todos los cuales definen asimismo la actitud teórica por
antonomasia en su objetividad-, sino, más bien, ellas ponen de manifiesto
en palabras la experiencia originaria desde la cual el pensador quiere
hablar, en la medida que lo dicho provenga de la experiencia primordial
del Ser y en la medida que este Ser [haciéndonos señas], como
acontecimiento radical, sea además fundamento del ser del hombre. Y así el
pensamiento “del Ereignis” se vea “desplegado” y “dado en propiedad”
[er-eignet] desde el mismo acontecimiento [3].
I
Las “Contribuciones”
exponen, en efecto, entre sus temas principales, el pensamiento de la
historia de la metafísica, de la historia del ser entendido éste desde la
pregunta rectora, que pregunta por la entidad del ente. La historia de
occidente se inicia con tal pregunta rectora. De allí proviene, también,
la frase que separa al pensador de toda la filosofía anterior, y que dice:
“El primer inicio experimenta y pone ‘la verdad del ente’, sin preguntar
por la verdad como tal, porque lo desoculto en ella, el ente en cuanto que
ente, sobrepasa por necesidad todo, pues se engulle incluso a la nada, que
es incluida en sí misma o aniquilada totalmente en el ‘No’ y la oposición
[179s].” La metafísica como historia del ser, es un pensamiento que si es
asumido como pensamiento onto-histórico [seynsgeschichtliches Denken], es
decir, aquí, como la llegada de la pregunta fundamental -como la cuestión
heideggeriana de fondo-, presenta a la historia de la metafísica y, así, a
la filosofía occidental toda, agotada en sus posibilidades esenciales.
Nietzsche -tal va a ser el resultado final de los cursos realizados sobre
Nietzsche durante esta misma época [1936/42]- y la inversión realizada por
él del platonismo han conducido a la metafísica a su finalización, a su
estadio final de consumación y acabamiento [Vollendung] [lo que significa:
a la plenificación tanto de la esencia como de la no-esencia[xiii]];
un estadio que según Heidegger debe dar paso hoy necesariamente a una
forma diferente de concebir el ser del hombre, de constituir el ser de la
historia y el modo de relacionarnos, una vez más, con lo divino. Puesto
que, también Nietzsche sigue permaneciendo cautivo de la metafísica del
ente, la que se mueve del ente al ser. Porque como lo piensa: “También
allí, donde Nietzsche esgrime el devenir contra el “ser”
(entidad), sucede esto bajo el supuesto que la “lógica” determina a la
entidad. Huir hacia el “devenir” (“vida”) es en términos de la metafísica
sólo una salida, la última salida al final de la metafísica,
que carga por doquier con los signos de lo que Nietzsche mismo reconociera
ya temprano como su tarea: la inversión del platonismo [182].” Inversión
que aquí sólo significa regresión y enredo en su opuesto sensible; un
opuesto que Nietzsche también siente que va a perder todo sentido. “Para
Nietzsche, el ‘ente’ (lo real) sigue siendo el devenir y el ‘ser’ la
fijación y la inconstante consistencia. Nietzsche ha agotado todas las
posibilidades de esta ‘posición fundamental’, las cuales, entretanto, como
lo viera él mismo, claramente, alguna vez, han devenido en todas las
formas posibles de bien público e ‘ideario’ (Gemeinbesitz und Gedankengut)
de las cosmovisiones de las masas [íbid.].”
De manera que, lo
que cuenta aquí es escapar de la figura tradicional de la metafísica, pero
sin renegar de su historia -la que si bien no esencial, sigue siéndolo
todavía para lo que sigue: el paso último hacia su acabamiento, la
transición hacia la superación. Sólo llevando la metafísica hacia el
final, sólo si se indaga por la esencia de ésta, se terminará con este
período histórico no esencial y se dará paso -si es captada en su esencia
ya acabada- a una época de transición del pensar, al intento de pasar a
través de aquello que Heidegger suele llamar “superación” de la
metafísica.
Y ¿qué significa
propiamente “superar” la metafísica? “La metafísica -lo afirman las mismas
‘Contribuciones’- ha llegado a su fin, no porque indagase demasiado o
fuese poco crítica, y se excediese demasiado en la pregunta por la entidad
del ente, sino porque como consecuencia de la caída de la verdad desde el
primer inicio del pensamiento griego, con su preguntar por la entidad,
jamás pudo indagar a fondo por el Ser y, en definitiva, quedó presa de la
aporía de esa impotencia de querer ‘renovar’ la ‘ontología’ [173].” La
metafísica fue incapaz de aventurar la pregunta por la verdad del Ser
mismo, de conseguir el tránsito hacia el final. De modo que: “El primer
paso en la superación creadora del final de la metafísica tendría que
cumplirse dirigidos de modo tal que, se retenga firmemente en algún
respecto la postura pensante, pero que en algún otro respecto, sea además
ésta misma postura, al mismo tiempo, llevada a remontarse radicalmente más
allá de sí misma [182].” Pues, retener firmemente no significa, en
Heidegger, más que: insistir, perseverar y reiterar la pregunta por el ser
del ente [die Frage nach dem Sein des Seienden], pero en cuyo preguntar se
interroga, ahora, primeramente, por el modo de darse “la verdad del Ser”,
esto es, por aquello que la metafísica jamás cuestionó, porque no podía
hacerlo. Lo incuestionado es el modo de darse o desplegarse de la misma
verdad, de una figura esencial en la cuestión del Ser [186]. Esta cuestión
fundamental es el tránsito y el primer paso fuera de la metafísica, que da
Heidegger, a partir de “Ser y tiempo”. “Este doble carácter de la
transición, el cruce de la metafísica, por el que se concibe más
originalmente a la metafísica y se la supera, es, de un extremo al otro,
el signo característico de la ‘ontología fundamental’, esto es, de ‘Ser y
tiempo’” [182]. ’Superación’ no significa, entonces, la eliminación, algo
así como una re-acción [173s, 186s.], un en-frentamiento [pues, un
contra-movimiento no basta para un cambio histórico], y un rechazo de
aquél pensar, la oposición frente a algo que se tiende a evitar y dejar de
lado, sino mucho más, un internarse y penetrar en la esencia de ella,
ahondar [er-gründen] en su fundamento y, así, el tránsito, con el salto en
la meditación “fundamental-ontológica” [la fundamentación de la ontología
como su superación], desde el final del primer inicio que ésta cumple,
hacia el otro inicio. “Ese tránsito es, al mismo tiempo, el arranque para
el salto, y únicamente partiendo de él puede un inicio, y mucho más un
segundo, al ser remontado siempre por el primero, dar inicio” [228s][xiv].
El final de la
metafísica no quiere decir que la filosofía haya liquidado a la
“metafísica”, al contrario: ésta ha de darle juego a aquella y su
historia, como la posibilidad más esencial suya, para que la filosofía se
juegue con ella su otro inicio. El paso, el transitar con la misma
pregunta hacia el otro inicio quiere decir, entrar de lleno a la
superación de la metafísica occidental [173, 171s.]. Superar que no
significa ningún remontar, trascender o sobrepasar el ente hacia una forma
más alta y pura del ser, pues metafísica es un acontecer radical en el
Da-sein del hombre [29/30; 12s.]. Entendido éste aquí como “ec-stático
estar parado en la apertura”, en el claro del ente [cfr. CH., 33, n.19a.]
y no como piensa esto la metafísica tradicional, en forma muy evidente:
como sobrepasamiento y remonte del ente hacia una forma a priori
pura y elevada. Metafísica es, dicho de otro modo, en el lenguaje de “Ser
y tiempo”, la comprensión del ser mismo. Es “fundación del Da-sein” [65;
172]. Lo que significa en definitiva que, el ser se halla presente de
antemano y no que se tiene que trascender desde el ente a su forma más
elevada.
Se advierte, ya,
por qué nuestra época actual es para Heidegger una época de acabamiento o
de consumación de la historia no-esencial del Ser (por concernir,
principalmente a lo ente), que en el pensamiento occidental de la
metafísica del “ser” -escrito éste con minúscula-, sigue permaneciendo en
su esencia ignorada y sin ser conocida; y no obstante, el diagnóstico
final de la metafísica no sugiere ni proclama el silencio del pensar, más
bien constata tan sólo que: nada esencial ha aparecido aún en el horizonte
de la verdad del ser, puesto que todo lo conocido [del ente] se ha vuelto
indiferente y una híbrida mezcla de teorías o doctrinas [65; 5, 25, 155],
una variación inútil de lo ya pretérito, en todos los modos del
pensamiento trascendente y de las posibles cosmovisiones. Sólo cerrando,
dando fin a la metafísica en una “meditación histórica” esencial, se hace
posible pensar ahora en un nuevo inicio de una otra historia [173]. Sólo
que “meditación” aquí: es preguntar por la “verdad del Ser”. Y preguntar
por esta verdad -que no es ninguna verdad de una disciplina o un registro
histórico, sino el acontecer mismo del desplegarse del Ser como una figura
histórica del ente y el mundo; preguntar por la verdad [del ser]
-digámoslo ahora- es ya ‘saltar al interior [dentro]’ [Einsprung] de su
despliegue y, con ello, en el mismo Ser. Filosofía es, de esa forma, desde
un principio, un saber inútil, pero simultáneamente “el” saber soberano
que proviene de la meditación [65; 43]. Un saber que no parece tener ya
relevancia alguna, que es hasta denigrado, si se lo ve desde la primacía
lograda por el ente, su accionar o ajetreo suyo, que dirige y controla ya
todo requerimiento y toda disposición o temple del ser del hombre [69;
169]. Lo decisivo es tan sólo este ser del ente, del que no parece
necesario ya hacerse cuestión alguna. Su olvido resulta ser evidente.
Vivimos, luego, en
la época que Heidegger ve acabada metafísicamente como la historia
acontecida del ser [entidad]. En esta época “resuena”, por un lado, la
verdad del Ser y su despliegue desde el apremio del creciente “olvido del
ser” en que ha caído el mundo del ente tras el derrumbe de la verdad del
mismo ser al comienzo de la filosofía -esto es, con Platón y el cambio
esencial ocurrido en la verdad, entendida ya no como el no-ocultamiento
del ente, como a-létheia, sino como homoíosis,
como rectitud y adecuación con la idéa-; y por otro lado,
bajo el señorío del ente y como fundamento de este olvido, se nos hace
presente el paulatino ‘abandono del ser’ de los entes, ocurrido como
destino necesario de occidente, en virtud del despliegue oculto y
desconocido del mismo Ser. Abandono del Ser que excluye e impide el
acontecimiento radical [114s., 118s.]. Y ello sucede así no por omisión o
falencia nuestra, sino conforme a las indicaciones que sabemos del Ser: a
saber, que siendo lo más raro y escaso, se retrae y oculta en y por sí
mismo [65; 252, 255, 303] [cfr. Heráclito, fr. B 123; GA 55[xv]].
Y porque el abandono del Ser es, en el fondo, una de-formación del Ser
[Ver-wesung des Seyns], que es llevada a su verdad, luego, como rectitud
del re-presentar, dejando que aparezca lo ente siempre como algo presente,
siendo ente, efectivamente, lo constantemente presente [beständig
Anwesende] y, de esa manera, todo lo cosificante,
in-condicionado, ab-soluto, ens entium, Deus, etc, [65;
115].
Por ende, sólo una
“meditación histórica” que desarrolle lo que ha sido la historia de la
pregunta rectora de la metafísica, cuestión que indaga siempre por el ser
del ente; y que se cuestione además lo que ha quedado olvidado en ella,
haría posible dar inicio, una vez más, a lo único y grande dejado sin
meditar por los griegos: la alétheia, la verdad entendida
como el despliegue del Ser; algo que hoy, en la época de la modernidad
tardía, no despierta ni mucho menos guarda ya misterio alguno.
II
“Ser y tiempo”
ha definido la verdad como el estar al descubierto de los entes, la
aperturidad de los entes y del Dasein, la “Erschlossenheit” o “el modo
fundamental en que el Dasein “es” su Ahí” [cfr. SZ., pgr.44; 221ss] en
tanto que resolución del ser-en o estar-en[-el-mundo]. Luego: la apertura
del Dasein al mundo del ente es condición de la verdad, o sea, visto esto
desde la primacía óntico-ontologica dada al análisis del Dasein.
La verdad ha sido
concebida, en las “Contribuciones”, como la apertura originaria y el claro
del ocultamiento que se oculta a sí mismo; verdad es en su dimensión
esencial [GA 65; 329] la apertura [esto es, visto desde los entes]: el
poner al descubierto de algo[xvi],
la apertura del ente como tal; lo que insinúa, por cierto, un “ahí”, el Da
desde cuyo interior el ente llega a mostrarse. No se trata, entonces, de
algo que acontezca en un comportamiento ya determinado como el percibir y
conocer, ni que se deje concebir por un sistema de proposiciones
conectadas entre sí [331ss, 346], sino, antes bien, de una apertura
originaria [ursprüngliche Offenheit] para todo tipo de comportamiento o
postura [Haltung], sobretodo, para la que conocemos como temple de ánimo,
el que no es un estado sino un acontecimiento [333].
La verdad fue
entendida al inicio del pensamiento griego como alétheia, la
que se contrapone radicalmente con su acepción moderna, que la concibe en
cuanto que rectitud de la representación [como adequatio].
Una mirada a fondo en ambas concepciones debería remitir cada vez a la
verdad en cuanto que apertura originaria de lo abierto (condición previa
de lo que se presenta y su re-presentación, perceptio) [338;
cfr. De la esencia de la verdad].
Heidegger lee
literalmente la alétheia griega desde la alfa privativa,
esto es, como a-létheia, no-ocultamiento o
des-ocultación producida tras eliminar el ocultamiento. Pero ambos, tanto
ocultamiento [Verbergung] como develamiento o desocultamiento [Entbergung]
permanecen aún sin ser pensados [350, 339]. Con lo cual se ofrece allí ya
una mínima indicación acerca del despliegue o de la esencia misma de la
verdad, que queda determinada propiamente como el claro para el
ocultarse [338]. Y, sin embargo, lo enigmático, sigue siendo la
abertura misma. Esta es concebida casi como lo más vacío de lo vacío. Sólo
que, lo abierto es algo, donde el ente -que simultáneamente se oculta- se
halla ya siempre instalado [hereinsteht], mas no tan sólo en relación con
cosas más bien manejables, sino que lo abierto se asemeja bastante a algo
así como un “centro hueco” [hohle Mitte], el medio que Heidegger busca
aclarar en las “Contribuciones” mediante el símil de un jarrón; porque
allí ya no se trata de un centro o un vacío antojadizo, “el que es
encerrado por unas paredes y es dejado sin llenar de ‘cosas’; más bien,
parece suceder al revés, que este mismo ‘centro hueco’ es lo acuñador y
determinante, lo portante en el revestimiento de las paredes y los bordes
del jarrón. Ellos son únicamente la emanación de aquello abierto
originario, que permite desplegar su apertura, en la medida que precisa en
torno suyo y sobre sí un revestimiento semejante (la forma de la vasija).
De esa forma, es en aquello que encierra donde se refleja de vuelta el
despliegue de lo abierto” [339].
Heidegger concluye, asimismo, a comienzos de los treinta, y
ocupado con la interpretación de la alegoría platónica de la caverna[xvii],
que la a-létheia griega se ha convertido ya desde Platón, en
luminosidad y claridad [phôs], quedando cautiva del yugo
[Joch] que surge inevitable entre los entes y el conocimiento de ellos.
Pues, alétheia es, para Platón, el desocultamiento del ente
y no el ser mismo. Con lo que la verdad, a-létheia, pierde
así su carácter privativo. Con Platón se prepara, efectivamente, la
transformación de la alétheia hacia la concepción más tardía
que la concibe como rectitud del enunciado [332-335].
Por
otra parte, la rectitud como adequatio supone ya que, tanto
aquello hacia donde debe orientarse el re-presentar, así como el
representar mismo, que ha adecuarse y saber acerca de la rectitud, está
abierto [360]. La rectitud del representar es, por ende, sólo un “vástago
de la verdad” [Ableger der Wahrheit] en cuanto que apertura originaria; si
bien, en la rectitud reposa la relación sujeto-objeto, de mucha
importancia en la teoría del conocimiento [357, 344].
Heidegger ha tildado a su propia concepción de la verdad, la
fundación esencial de ésta, su Wesensgründung: un proyecto.
A través de ella ha querido precisar que, esta investigación no se halla
orientada por ningún parámetro que provenga del exterior. De esa forma
evita el regreso al infinito de un preguntar por la verdad de esta
investigación (de la verdad), por la verdad de aquella verdad, etc,. El
proyecto tiene que abrir, en primer término, la verdad. Se ha llegado a
creer, incluso (puesto que la concepción moderna dirige ya todo preguntar
por la verdad), que se podría interrogar al proyecto de verdad por su
exactitud, la misma que, como sabemos ya, es una figura tardía de la
verdad originaria. Finalmente, no se podría llegar a hablar, ni siquiera
de la ‘rectitud’ de un proyecto [327, 353s.]. pues el proyecto es aquello
que funda recién el claro,
Piensa Heidegger, también, que su proyecto de verdad ha de
aparecer una cosa antojadiza para el pensar común. Sin embargo, este
proyecto tiene su propia necesidad, por cuanto crece desde el apremio del
‘abandono del ser’ y no de la falta de necesidad de lo autoevidente de la
inteligibilidad cotidiana de las cosas [125]. El proyecto es él mismo
‘yectado’; el no crea la verdad como apertura del ente, sino que más bien
se encuentra previamente ‘en’ ella, la abre y retoma [328, 259]. Pero
¿cómo se proyecta esta verdad, para el pensador? Ella es, paradójicamente,
y en su esencia, ‘despejante ocultamiento’ [lichtende Verbergung] [344].
La verdad es como “apertura originaria” el claro del ente, que
posibilita que el ente como tal pueda ser comprendido. Hasta aquí
coinciden el proyecto de Heidegger con la determinación de la
alétheia de Platón como claridad y luz. Solo que el claro del ente
es para Heidegger, simultáneamente, ocultación del ser mismo (del Ser). El
ente puede ser entendido en su ser-ente gracias al claro, y aún así, el
ser como tal permanece impensado, yace oculto. Este estar oculto del ser
mismo lo capta el pensador como “no-verdad”, la que no significa falsedad,
sino lo no-clareado o despejado, lo cerrado del ser. La esencia plena de
la verdad es, para Heidegger, ya distinto que en Platón, la simultaneidad
[Zugleich] de claro (del ente) y ocultamiento (del Ser). Heidegger habla,
de esa forma, también de la “intimidad” [Innigkeit] (préstamo de la poesía
de Hölderlin, pero que se entiende como intensificación de lo que se
encuentra “unido”) en lo “litigioso” [Strittigkeit] o intimidad de aquello
conflictivo (de la distinción de claro y ocultamiento) [345, 349, 352,
356].
La expresión “despejante ocultamiento” [lichtende Verbergung],
con la que Heidegger describe la esencia de la verdad, en la cuarta
juntura de sus “Contribuciones”, indica que la verdad no es ninguna cosa
ni ningún estado, sino un acontecimiento. El giro, el “claro para el
ocultamiento” [Lichtung für die Verbergung] [350ss.] sugiere que el claro
del ente favorece justamente el ocultamiento y, no obstante, al mismo
tiempo, hace posible una experiencia del ocultamiento en cuanto tal. Lo
que nos distancia ya del proyecto habitual de la a-létheia,
que apunta más bien a lo desocultado sin más, antes que atender al modo
del ocultamiento. Heidegger habla también del “claro para el ocultarse”
[Lichtung für das Sichverbergen] [346ss.], para indicar que el Ser no es
llevado a ocultarse por algo diferente de él, sino que: él mismo es el que
se retira. El Ser es, por tanto, para Heidegger, lo que es ocultado, es
eso que oculta y, al mismo tiempo, el proceso del ocultamiento mismo.
Al completo despliegue de la verdad, a su esencia plena le
pertenece, sin duda, el “Da-sein”. Este es concebido como “el Entre entre
el Ser y el ente” [343] El “Ahí” [Da] es el claro, la apertura originaria
del ente; el Da-sein consiste en: ser el Ahí, es la realización de la
existencia del claro, “el despejado En medio del ente”. En términos de
“Ser y tiempo” el “ser-en”. Si para Aristóteles y -siguiendo a éste- para
Tomás de Aquino, el entendimiento era el lugar de la verdad, en Heidegger
es un Da-sein pre-cognitivo el lugar de la verdad originaria (claro)
[330]. Como lugar del claro del ente, el Da-sein es, al mismo tiempo, el
lugar del ocultamiento del ser, como asimismo el lugar para un posible
pensar-en [recordar] el Ser. De allí, entonces la estrecha sino idéntica
relación de Ser y verdad.
El
nuevo decir, que intentan estas “Contribuciones”, piensa la “esencia de la
verdad” como la “verdad del Ser” [348, 189, 342]. Lo que no significa ni
la verdad “sobre” el Ser, a la manera de una doctrina, ni se trata menos
de contra-poner un Ser “verdadero” [genuino], frente a lo meramente
aparente. Ambos ejemplos implican que el ser, para ser determinado, ha
sido ponderado con un parámetro externo a él mismo. “Verdad del Ser” no
alude tampoco a un concepto general del Ser como condición de la
representabilidad del ente, con lo cual la verdad sería nuevamente
reducida a la rectitud [92s.]. En Heidegger, la palabra “Ser” nombra más
bien la verdad misma. “Esta verdad del Ser no es nada distinto del Ser,
sino su propia esencia…” [93, cfr. 95] “Verdad del Ser” ha de ser leído,
por tanto, como un genetivo apositivo. Toda determinación de la verdad
presupone la apertura del ente. La expresión sirve para designar el modo
especial, en que se presenta la verdad. Luego, si el ente ‘es’; la verdad
no ‘es’ un ente así como tampoco el Ser, sino que ‘se despliega’ o
acontece [342 260]. Das Wesen, la esencia, no hay que
entenderla tampoco en forma nominal, como un conjunto fijo de propiedades
de un ente [essentia, el Quid], sino en forma verbal, como
un estar-presentándose. Para expresar esta movilidad en el hacerse
presente de la verdad, Heidegger ha reemplazado Wesen por
Wesung [329]. Traduzco, entonces, Wesen por
esencia y Wesung por despliegue. Este último ha sido
definido como: “acontecimiento de la verdad del Ser”, y con ello se ha
dado también la indicación de la historicidad de la verdad [287s., 354s.].
La “verdad del Ser” es por esencia histórica; ella determina o define a la
historia occidental, por cuanto que ella, por modos que son siempre
distintos, entrega la apertura del ente [esto es, su dimensión esencial de
espacio-tiempo, el Zeit-Raum originario desde donde asoma el
Ser], y la refleja en las interpretaciones filosóficas del ser.
III
Sin
embargo, para que la verdad sea posible y el despliegue del ser se cumpla,
se precisa de la templada y “portante recepción” [Ertragsamkeit] del
Da-sein; únicamente, así, “es” [o se presenta] ella [la verdad] como
fundación del Ahí [als Da-Gründung; 183, 247] para el Ser [como Ereignis]
y el Da-sein [329]. Pero, la metafísica tradicional entendió por Dasein
[existencia] siempre: aquel ser del hombre que como las demás cosas
existentes, efectivas y ahí delante [dadas], tenían una consistencia
siempre presente al modo de la existentia frente a la
essentia [ser]. Incluso si en “Ser y tiempo”
Dasein aparece sin el guión, esto indica que él no siempre es mentado en
su posibilidad más propia o auténtica de ser su ahí, sino que, algunas
veces remite únicamente a un modo especial, casi genérico, de ser de un
ente determinado, cual es el del hombre. El Da-sein -escrito, así, tras
una década después de su primera obra, se anota en estos apuntes siempre
con guión-, es el fundamento del ser del hombre, el aprontarse que
dis-puesto para “ser el Ahí” [297]; la “consistencia del Ahí” [Beständnis
des Da] [320], “consistencia de la verdad del Ser” [302]; aquello por lo
que se debe preguntar una vez más: por quién sea este hombre, cual sea el
fundamento y cuál la verdad de ambos.
Frente
a este “Da-sein” se encuentra, a su vez, el “ser-ido” [Weg-sein; 301, 323;
cfr. GA 29/39] [o “haberse-ido”], noción que Heidegger introduce para
concebir, de un modo más originario, la impropiedad. Ser-ido es
emprenderlas y habérselas con lo ahí dado [Vorhandenes], olvidándose del
misterio, perdiéndose en las cosas: [es] el olvido del ser: “El hombre es
ese irse” [301, 323s.]. Es el sitio de la propia o auténtica
katástrophé: el Ahí [Da], que estando “domiciliado”
[heimisch-sein] en el Ser, lo “unheimlich” por excelencia, puede resistir
a éste de modo propio o no, ausentándose de su mismidad propia, y
dirigiendo su actividad hacia los entes con lo que abandona todo nexo o
rastro originario de propiedad o de familiaridad.[xviii]
El
Da-sein es un momento, el instante de la verdad como apertura. La verdad
se deja encontrar tan poco como el Da-sein darse anticipadamente, ser
descrito o analizado como algo ahí ya dado. El ser del hombre como
Da-sein, al igual que la verdad, en suma, ha de ser proyectado. El
proyecto del Da-sein lo entiende Heidegger, sin embargo, como “proyecto
yectado” [321, 310], y este como “salto” [239]. Eso que yecta es, al mismo
tiempo, aquello que es yectado: el yector se yecta a sí mismo, en la
medida que él mismo se descuelga de un salto [abspringt]. “El ‘Ser’ no es
una hechura [Gemächte] del ‘sujeto’, sino que surge como superación de
toda subjetividad del despliegue del Ser” [303]. El proyecto del Da-sein
no acontece, por esto, como una consideración desde la distancia, sino
como “yectarse ‘en’ el Da-sein”. El punto en donde el
saltante ha de aterrizar, se abre, entonces, a través del salto. En el
salto (autoproyección) del hombre se hace efectivamente patente el
Da-sein, el ser de la apertura del ente, pero no se lo crea [303]. En el
olvido del ser del ser-ido el hombre está fácticamente en la apertura del
ente, en tanto que en el proyecto del Da-sein asume él el ser en la
apertura. El proyecto del Da-sein es yectado, según eso, también, conforme
el proyectante se encuentre ya siempre en la apertura del ente, hacia la
cual apunta el proyecto.
Así, la
autoproyección del Da-sein, el “salto al interior del Ahí [320], lo
denomina Heidegger la “Er-gründung des Grundes der Wahrheit des Seyns,
durch den Einsprung in das Ereignis des Da-seins” [251], a saber: “el
a-hondar o la pro-fundización del fundamento de la verdad del Ser, por el
salto al interior del acontecimiento del Da-sein”. Donde fundamento dice,
por una parte, el modo como se despliega el fundamento como presencia de
la verdad del Ser y del Espacio-tiempo, lo que significa el ser-fundamento
del fundamento; y por otro lado, fundamento como Er-gründung a través del
hombre; en 2 sentidos: a) como dejar ser al fundamento como fundamento
[fundar], con lo cual se hace frente al Da-sein como tal; y b) como poner
algo en su fundamento o erigir algo sobre él, con lo cual el Da-sein queda
propiamente fundado [307].
Con el
proyecto del Da-sein ejecutado como “Er-gründung” ha divisado Heidegger
finalmente un cambio esencial del hombre, el desplazamiento [Ver-rückung]
de su puesto en medio de los entes [338]. Con tal cambio alcanza el hombre
recién a su ser-sí-mismo [Selbst], pues aquí asume él expresamente aquello
que ya era: aquél que se encuentra puesto ya en la apertura del ente
[319s.]. Ser y tiempo pensaba y describe al Dasein como un ente
distinguido, que existe “por mor de sí”; Heidegger lo describe ahora como
sigue: que el Da-sein existe “puramente como preservación y vigilancia del
ser” [302], porque el ser que ha sido propiamente asumido en la apertura
del ente es ahora la mismidad del hombre [das Selbst des Menschen]. Si se
lo mira desde un punto de vista de la historicidad del ser, el Da-sein es
“la crisis entre el primero y el otro inicio” [295; cfr.
317], es decir, literalmente la escisión y la decisión entre el primer
inicio del pensar metafísico [el griego], y el otro inicio del pensamiento
del ser [Seinsdenken], el que ha de ser aún preparado y meditado.
Ahora
bien: A la metafísica le quedó oculto el carácter temporal del ser [200
.188s]. Su ser, que ha sido indagado siguiendo la pregunta por el ente ha
venido para ésta sólo en interpretaciones que son guiadas y que usan como
medida al pensar [196ss, 216]. “Ser y pensar”, tal es la fórmula que ha
dado el éxito a la metafísica en su búsqueda del ser. Frente a esto,
Heidegger se plantea lo anterior en términos de: “Ser y tiempo”; dirige su
mirada desde su primer libro ya hacia la “temporalidad” como el ámbito,
dentro del cual se muestran los entes. El plantea un “espacio-tiempo” como
la verdad o apertura del ente, en el que se mueven las interpretaciones
metafísicas [conocidas] del ente [74, 183, 242, 372]. El “espacio-tiempo”
en esos términos es, en definitiva, el modo como “se presenta” el Ser. Y
el Ser “se presenta o despliega [west] como el acontecimiento”, -nos lo
reiteran continuamente estas “Contribuciones” [260, …]. El ser acontece en
todas las épocas de la historia acontecedera del hombre, la mayoría de las
veces en el modo del ‘abandono del ser’; mas como efectivo acontecimiento
se da este Ser recién en aquello que Heidegger ha llamado el “giro”, la
Kehre. Un término que permite distinguir, al menos, tres sentidos:
a) como
Umkehr[ung] o Rückkehr, o sea, en el sentido de un volverse hacia atrás o
regresar a la experiencia primera del ser de los pensadores griegos
anteriores a Platón, o sea, el pensamiento que Heidegger llama el “primer
inicio”, el cual no ha de ser restaurado de ninguna manera, ni mucho menos
imitado, pero sí se lo ha de contraponer necesariamente con el de Platón
[221];
b) como
el estar vuelto el uno hacia el otro de Ser y Da-sein. Lo que significa
que no hay Ser sin Da-sein, sin el ser propio del hombre, ni Da-sein sin
el Ser. Pues solamente en la experiencia de la verdad del Ser viene el
hombre a ser [su] sí mismo, y sólo si se experimenta ésta en el Ahí
originario, deviene el Ser en acontecimiento [261, 407]. De allí que el
Ereignis sea determinado así como “Ereignis der Dagründung”, como
acontecer de la fundación del ahí, a saber, de dos formas: como
“a-propiamiento del Da-sein a través del Ser”, y como “fundación de la
verdad en el Da-sein” [247, 262]. Luego, el Ereignis del Ser es
esencialmente Kehre, un giro intercambiable, juego recíproco entre Ser y
Da-sein. Llamado en los “Beiträge”, también [261], “das in sich
gegenschwingende Ereignis”, el acontecimiento que reverbera en sí [mismo];
c) y
cuando este estar vuelto el uno hacia el otro de Ser y Da-sein -que ha
sido preparado por el retorno a la experiencia del ser preplatónica- entra
en vigencia y se logra así “la gran inversión…” en la que los entes vienen
a ser fundados no desde el hombre, sino que el ser del hombre es fundado a
partir del Ser [184].
[i]
Martin Heidegger, Die Geschichte des Seyns [1938/40]. GA 69,
Frankfurt/a.M. 1998; 173.
[ii]
M.H., Besinnung [1939]. GA 66, Frankfurt/a.M. 1997.
[iii]
cfr. Alexander Schwan, Heideggers “Beiträge zur Philosophie” und die
Politik, en: Zeitschrift für philosophische Forschung, Band 43,1989,
593-617; cfr. también, Otto Pöggeler, Heideggers politisches
Selbstverständnis, en: Annemarie Gethmann-Siefert und Otto Pöggeler
[Editores], Heidegger und die praktische Philosophie, Frankfurt/ M.
1988, 17-63, aquí p.42.
[iv]
M.H., Wegmarken [1967]. Frankfurt/a.M. 1967; M.H., “Hitos”.
Versión española de Helena Cortés y Arturo Leyte, Madrid 2000, 10.
[v] M.H.,
Carta sobre el Humanismo. Versión de Helena Cortés y Arturo Leyte,
Madrid 2001. Citaré en adelante por CH.
[vi]
cfr. Walter Patt: “M.H., Beiträge zur Philosophie. (Vom Ereignis).
Klostermann, Frankfurt/a.M. 1989, XVI und 521S.”, en: Philosophisches
Jahrbuch, 98JG., 2.Halbband 1991, Freiburg/ München, 403-409.
[vii]
M.H., Beiträge zur Philosophie. (Vom Ereignis). Gesamtausgabe [GA]
vol. 65, Frankfurt/a.M. 1989. En adelante citaré de la GA, en
la primera cifra el número del tomo y en la segunda el número de
página. “Ser y tiempo” será citado del original como “SZ”, por la
edición número dieciséis, de Niemeyer-Tübingen 1986, misma que sigue
la versión revisada de la GA y que utiliza el ‘Handexemplar’ o
‘Hüttenexemplar’ de Heidegger, con las anotaciones al margen hechas
por el propio autor. Cuando cite traducción se trata de la versión
castellana hecha por Jorge Edo. Rivera, en Editorial Universitaria,
Santiago 1997.
[viii]
cfr. el estudio respecto del joven Heidegger y su crítica a la
‘fenomenología reflexiva’, de Ramón Rodríguez, La Transformación
Hermenéutica de la Fenomenología. Una interpretación de la obra
temprana de Heidegger. Madrid 1997, 21ss., 73ss.,
104ss, 107ss.
[ix]
cfr. la superación del sujeto fenomenológico por el Dasein
heideggeriano, en el fino trabajo de Jean-Luc Marion, titulado: El
interpelado; en: Taula, quaderns de pensament, 13-14, Revista del
Departement de Filosofía de la Universitat de les Iles Baleares (UIB),
Palma, 1990: “El Dasein no está en el mundo como un espectador, //
sino como parte involucrada que es eventualmente determinada por lo
que encuentra. El mundo no se resume jamás en la suma de objetos
constituidos, ya que en realidad no consiste sino que se abre haciendo
(de ellos) un mundo (ibíd.).” Cfr. A.
Schwan, op. cit., 595.
[x]
Parvis Emad, On the Inception of Being-Historical Thinking and its
Unfolding as Mindfulness; en: Heidegger-Studien, vol 16, 2000, 55-71;
61.
[xi]
Sobre el lenguaje formal de la hermenéutica de la vida fáctica y su
tránsito hacia el lenguaje indicador-formal de las señas o guiños de
las “Contribuciones”, cf. Paola-Ludovica Coriando, Die “formale
Anzeige” und das Ereignis. Vorbereitende
Überlegungen zum Eigencharakter seinsgeschichtlicher Begrifflichkeit
mit einem Ausblick auf den Unterschied con Denken und Dichten. En:
Heidegger-Studien, vol. 14, 1998, 27-43.
[xii]
cfr. Martin Heidegger, Carta …, op.cit., nota 6a.,15.
[xiii]
M.H., Metaphysik und Nihilismus: 1.Die Überwindung der Metaphysik
[1936/9]. 2.Das Wesen des Nihilismus [1946/48]. GA 67, Frankfurt/a.M.
1999; 15, 41s.
[xiv]
cfr. M.H., GA 66, op. cit., 25ss., GA 67, op. cit., 5-103, y el texto
de igual nombre, en su versión ya archi-trabajada: Superación de la
Metafísica, cap.III, en M. Heidegger, “Conferencias y artículos”.
Traducción de E. Barjau, Barcelona 1994, 63-89; en especial, los
parágrafos I, II, III, IV y IX.
[xv]
cfr. Martin Heidegger, Heraklit. GA 55, 2.Aufl. Frankfurt/a.M. 1987 y
Holger Holting, A-létheia-Etymologien vor Heidegger im
Vergleich mit einigen Phasen der a-létheia-Auslegung bei
Heidegger.
En:
Heidegger-Studien, vol. 13, 1997, 93-107; 102.
[xvi]
La otra cara de la alétheia, la no-verdad, el ocultamiento del ser, es
algo que ha quedado aquí fuera de la recepción primera de este
pensamiento; cambio que se da aquí de la noción de a-létheia
presente en los Beiträge y que éstos exponen en silencio. Véase p.ej.,
lo que dice su discípulo francés: “¿Qué mienta alétheia? Dice
muy claramente que es la presencia al descubierto de una cosa,/ …ser
al descubierto/ Abierto sin ocultamiento, plenamente abierto. De ello
nada se oculta, nada se vuelve ádelôn, dice Aristóteles, nada
se vuelve ‘inaparente’. La cosa se presenta de modo tal que de ella
nada es inaparente./…la aparición de la cosa en la demasía de su
presencia, es decir, en la plenitud de lo que los griegos llamaban
alétheia.”
Cfr. Jean
Beaufret.
Al Encuentro de
Heidegger. Conversaciones con Frederic de Towarnicki. Traducción de
Juan Luis Delmont, 2ª edición, Monte Ávila Editores, Caracas 1993;
29-30-31. El original, en francés, es de 1984.
[xvii]
Curso de semestre de invierno de 1931/32, “De la esencia de la verdad.
En torno al símil de la caverna, en Platón y Teetetos” (GA 34).
[xviii]
cfr. nuestro ensayo: El destino del hombre – Antígona o el otro
helenismo. El texto puede ser leído en 2 sitios de la red:
http://www.umce.cl y
Heidegger en castellano; diferimos aquí también de la
noción de katastrophé en el pensamiento de Heidegger, que ha
presentado Vincenzo Vitiello, respecto de los “Beiträge”, en su libro:
“Secularización y Nihilismo”. Jorge Baudino Ediciones - UNSAM, Buenos
Aires 1990. Vitiello entiende la kata-strophé como un
movimiento que sale de la historia del ser, un salto fuera del estrato
de la metafísica. Movimiento que va hacia abajo (kata), de
regreso al fondo original, que re-pone o re-contruye lo sido, una vez
más, dándole de nuevo movimiento; es el salto al abismo del
no-fundamento del Ser. Traducido al alemán es el Untergang, que
prepara para lo advenidero [Zukünftige], lo que ha de decidir sobre la
presencia o ausencia de lo divino. La katastrophé le viene al
hombre de su misma condición abierta como Da-sein, según nuestra
interpretación hecha del texto de las “Contribuciones”. Untergehen,
esto es, el ir hacia abajo lo puede el Da-sein, porque se halla ya
siempre “en” y “con” el Ser, pero puede asimismo volverse hacia los
entes y olvidarse, por completo de su historia, de su morar en él;
ciertamente que el Ser es el que se retrae históricamente, pero su
historia no es “catastrófica” en y por sí misma, ante bien finita,
porque lo es “para” y “con” el Dasein finito en su relación con los
divinos, con la tierra y el cielo.
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