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Martin
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Texto completo de «La Différance» |
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Conferencia pronunciada en la Sociedad Francesa de Filosofía, el 27 de enero de 1968, publicada simultáneamente en el Bulletin de la Societé française de philosophie (julio-septiembre, 1968) y en Theorie d’ensenble (col. Quel, Ed. de Seuil, 1968); en DERRIDA, J., Márgenes de la filosofía, traducción de Carmen González Marín (modificada: Horacio Potel), Cátedra, Madrid, 31998
Un pasado que nunca ha sido presente, esta es la fórmula por la cual Emmanuel Levinas, según vías que ciertamente no son las del psicoanálisis, califica la marca [la trace] y el enigma de la alteridad absoluta: el otro [autrui]. En estos límites y desde este punto de vista al menos, el pensamiento de la différance implica toda la crítica de la ontología clásica emprendida por Levinas. Y el concepto de marca [trace], como el de différance, organiza así a través de estas marcas [traces] diferentes y estas diferencias de marcas [traces], en el sentido de Nietzsche, de Freud, de Levinas (estos «nombres de autores» no son aquí más que indicios), la red que concentra y atraviesa nuestra «época» como delimitación de la ontología (de la presencia). Es decir, del ente o de la entidad [l’étant ou de l’étantité]. En todas partes, es la dominación del ente [l’etant] lo que viene a solicitar la différance, en el sentido en que solicitare significa, en viejo latín, sacudir como un todo, hacer temblar en totalidad. Es la determinación del ser como presencia o como enticidad [étantité] lo que es así pues interrogado por el pensamiento de la différance. Una pregunta semejante no podría surgir y dejarse comprender sin que se abriera en alguna parte la diferencia que hay entre el ser y el ente [la différence de l’être à l’étant]. Primera consecuencia: la différance no es. No es un ente-presente [étant-présent], por excelente, único, de principio o transcendental que lo queramos considerar. No gobierna nada, no reina sobre nada, y no ejerce en ninguna parte autoridad alguna. No se anuncia por ninguna mayúscula. No sólo no hay reino de la différance, sino que ésta fomenta la subversión de todo reino. Lo que la hace evidentemente amenazante e infaliblemente temida por todo lo que en nosotros desea el reino, la presencia pasada o por venir de un reino. Y es siempre en el nombre de un reino como se puede, creyendo verla engrandecerse con una mayúscula, reprocharle querer reinar. ¿Es que, sin embargo, la diferencia se ajusta en la desviación de la diferencia óntico-ontológica tal como se piensa; tal como la «época» se piensa ahí en particular «a través», si aún puede decirse, de la meditación heideggeriana? No hay respuesta simple a una pregunta semejante. Por una cierta cara de sí misma, la différance no es ciertamente más que el despliegue histórico y de época del ser o de la diferencia ontológica. La a de la différance señala el movimiento de este despliegue. Y sin embargo, el pensamiento del sentido o de la verdad del ser, la determinación de la différance en diferencia óntico-ontológica, la diferencia pensada en el horizonte de la cuestión del ser, ¿no es todavía un efecto intrametafísico de la différance? El despliegue de la différance no es quizá sólo la verdad del ser o de la epocalidad del ser. Quizá hace falta intentar pensar este pensamiento inaudito, este trazado silencioso: que la historia del ser, cuyo pensamiento inscribe al logos griego-occidental, no es en sí misma, tal como se produce a través de la diferencia ontológica, más que una época del diapherein. No podríamos siquiera llamarla desde aquí «época» perteneciendo el concepto de epocalidad al interior de la historia como historia del ser. No habiendo tenido nunca «sentido» el ser, no habiendo nunca sido pensado o dicho como tal más que disimulándose en el ente, la différance de una cierta y muy extraña manera, (es) más «vieja» que la diferencia ontológica o que la verdad del ser. A esta edad se la puede llamar juego de la marca [trace]. De una marca [trace] que no pertenece ya al horizonte del ser sino cuyo juego lleva y cerca el sentido del ser: juego de la marca [trace] o de la différance que no tiene sentido y que no existe. Que no pertenece. Ningún mantenimiento, pero ninguna profundidad para este damero sin fondo donde el ser se pone en juego. Es acaso así como el juego heracliteano del en diapheron eauto, del uno diferente de sí, difiriéndose consigo, se pierde ya como una marca [trace] en la determinación del diapherein en diferencia ontológica. Pensar la diferencia ontológica sigue siendo sin duda, una tarea difícil cuyo enunciado ha permanecido casi inaudible. También prepararse más allá de nuestro logos, para una différance tanto más violenta cuanto que no se deja todavía reconocer como epocalidad del ser y diferencia ontológica, no es ni eximirse del paso por la verdad del ser ni de ninguna manera «criticarlo», «contestarlo», negar su incesante necesidad. Es necesario, por el contrario, quedarse en la dificultad de este paso, repetirlo en la lectura rigurosa de la metafísica en todas partes donde normaliza el discurso occidental, y no solamente en los textos de la «historia de la filosofía». Hay que dejar en todo rigor aparecer/desaparecer la marca [trace] de lo que excede la verdad del ser. Marca [Trace] (de lo) que no puede nunca presentarse, marca [trace] que en sí misma no puede nunca presentarse: aparecer y manifestarse como tal en su fenómeno. Marca [trace] más allá de lo que liga en profundidad la ontología fundamental y la fenomenología. Siempre difiriendo, la marca [trace] no está nunca como tal en presentación de sí. Se borra al presentarse, se ensordece resonando, como la a al escribirse, inscribiendo su pirámide en la différance. De este movimiento siempre se puede descubrir la marca [trace] anunciadora y reservada en el discurso metafísico y sobre todo en el discurso contemporáneo que habla, a través de las tentativas en que nos hemos interesado hace un instante (Nietzsche, Freud, Levinas) del cierre de la ontología. Singularmente en el texto heideggeriano. Este nos provoca a interrogar la esencia del presente, la presencia del presente. Qué es el presente? Qué es pensar el presente en su presencia? Consideremos por ejemplo, el texto de 1946 que se titula Der Spruch des Anaximander. Heidegger recuerda ahí que el olvido del ser olvida la diferencia del ser y el ente: «Pero la cosa del ser (die Sache des Seins), es ser el ser de lo ente. La forma lingüística de este genitivo con multivalencia enigmática nombra una génesis (Genesis), una proveniencia (Herkunft) del presente a partir de la presencia (des Anbwesenden aus dem Anwesen). Pero, con la muestra de los dos, la esencia (Wesen) de esta proveniencia permanece secreta (verborgen). No solamente la esencia de esta proveniencia, sino también la simple relación entre presencia y presente (Anwesen und Anwesendem) permanece impensada. Desde la aurora, parece que la presencia, y el ente-presente sean, cada uno por su lado, separadamente algo. Imperceptiblemente, la presencia se hace ella-misma un presente... La esencia de la presencia (Des Wesen des Anwesens) y así la diferencia de la presencia y el presente es olvidada. El olvido del ser es el olvido de la diferencia del ser y el ente (traducción en Chemins, págs. 296-297).[i] Recordándonos la diferencia entre el ser y el ente (la diferencia ontológica) como diferencia de la presencia y el presente, Heidegger avanza una proposición, un conjunto de proposiciones que aquí no se tratará, por una precipitación propia de la necedad, de «criticar», sino de devolver más bien a su poder de provocación. Procedamos lentamente. Lo que Heidegger quiere, pues, señalar [marquer] es esto: la diferencia del ser y el ente, lo olvidado de la metafísica, ha desaparecido sin dejar marca [trace]. La marca [trace] misma de la diferencia se ha perdido. Si admitimos que la différance (es) (en sí misma) otra cosa que la ausencia y la presencia, si marca, [trace] sería preciso hablar aquí, tratándose del olvido de la diferencia (del ser y el ente), de una desaparición de la marca [trace] de la marca [trace]. Es lo que parece implicar tal pasaje de La palabra de Anaximandro. «El olvido del ser forma parte de la esencia misma del ser, velado por él. El olvido pertenece tan esencialmente al destino del ser que la aurora de este destino comienza precisamente en tanto que desvelamiento del presente en su presencia. Esto quiere decir: la historia del ser comienza por el olvido del ser en que el ser retiene su esencia, la diferencia con lo ente. La diferencia falta. Permanece olvidada. Sólo lo diferenciado -el presente y la presencia (das Anwesende und dar Anwesen) se desabriga, pero no en tanto que lo diferenciado. Al contrario, la marca [trace] matinal (die frühe Spur) de la diferencia se borra desde el momento en que la presencia aparece como un ente-presente (Das Anwesen wie ein Anwesendes erscheint) y encuentra su proveniencia en un (ente)-presente supremo (in einem höchsten Anwesenden)».[ii] No siendo la marca [trace] una presencia, sino un simulacro de una presencia que se disloca, se desplaza, se repite, no tiene propiamente lugar, el borrarse pertenece a su estructura. No sólo el borrarse que siempre debe poder sorprenderla, a falta de lo que ella no sería marca [trace], sino indestructible, monumental substancia, sino el borrarse que [la constitue d’entrée de jeu en trace, qui l’installe en changement de lieu] y la hace desaparecer en su aparición, salir de sí en su posición. El borrarse de la marca [trace] precoz (die frühe Spur) de la diferencia es, pues, «el mismo» que su trazado [tracement] en el texto metafísico. Este debe haber guardado la marca [marque] de lo que ha perdido o reservado, dejado de lado. La paradoja de una estructura semejante, es, en el lenguaje de la metafísica, esta inversión del concepto metafísico que produce el efecto siguiente: el presente se hace el signo del signo, la marca [trace] de la marca [trace]. Ya no es aquello a lo que en última instancia reenvía todo reenvío. Se convierte en una función dentro de una estructura de reenvío generalizada. Es marca [trace] y marca [trace] del borrarse de la marca [trace]. El texto de la metafísica es así comprendido. Todavía legible; y para leerse. No está rodeado, sino atravesado por su límite, marcado [marqué] en su interior por la estela múltiple de su margen. Proponiendo a la vez el monumento y el espejismo de la marca [trace], la marca [trace] simultáneamente marcada [tracée] y borrada, simultáneamente viva y muerta, viva como siempre al simular también la vida en su inscripción guardada. Pirámide. No un límite que hay que franquear, sino pedregosa, sobre una muralla, en otras palabras que hay que descifrar, un texto sin voz. Se piensa entonces sin contradicción, sin conceder al menos ninguna pertinencia a tal contradicción, lo perceptible y lo imperceptible de la marca [trace]. La «marca [trace] matinal» de la diferencia se ha perdido en una invisibilidad sin retorno y, sin embargo, su pérdida misma está abrigada, guardada, mirada, retardada. En un texto. Bajo la forma de la presencia. De la propiedad. Que en sí misma no es más que un efecto de escritura. Después de haber hablado del borrarse de la marca [trace] matinal, Heidegger puede, pues, en la contradicción sin contradicción, consignar contrasignar el empotramiento de la marca [trace]. Un poco más lejos: -«La diferencia del ser y lo ente no puede sin embargo, llegar luego a la experiencia como un olvido más que si se ha descubierto ya con la presencia del presente (mit dem Anwesen des Anwesenden), y si está así sellada en una marca [trace] (so eine Spur geprägt hat) que permanece guardada (gewahrt bleibt) en la lengua a la que adviene el ser.»[iii] Más adelante de nuevo, meditando el to khreon de Anaximandro, traducido aquí como Brauch (conservación) [maintien], Heidegger escribe esto: «Disponiendo acuerdo y deferencia (Fug und Ruch. verfügend) la conservación libera el presente (Anwesende) en su permanencia y lo deja libre cada vez para su estancia. Pero por eso mismo, el presente se ve igualmente comprometido en el peligro constante de endurecerse en la insistencia (in das blosze Beharren verbärtet) a partir de su duración que permanece. Así la conservación (Brauch) sigue siendo al mismo tiempo en sí misma des-poseimiento (Aushändigung: des-conservación) de la presencia (des Anwesens) in der Un-fug, en lo disonante (el desunimiento). La conservación añade el des- (Der Brauch fügt das Un-).»[iv] Y es en el momento en que Heidegger reconoce la conservación como marca [trace] cuando debe plantearse la cuestión: ¿se puede y hasta dónde se puede pensar esta marca y el des- [dis] de la différance como Wesen des Seins? ¿El des- de la diferencia no nos lleva más allá de la historia del ser, más allá de nuestra lengua también y de todo lo que en ella puede nombrarse? ¿No apela, en la lengua del ser, a la transformación, necesariamente violenta, de esta lengua en una lengua totalmente diferente? Precisemos esta cuestión. Y, para desalojar en ella la «marca» [«trace»] (y ¿quién ha creído que se ojeaba algo más que pistas para despistar?), leamos otra vez este pasaje: «La traducción de to khreon como: «la conservación» (Brauch) no proviene de reflexiones etimológico-léxicas. La elección de la palabra «conservación» proviene de una tra-ducción anterior (Ubersetzen) del pensamiento que trata de pensar la diferencia en el despliegue del ser (im Wesen des Seins) hacia el comienzo historial del olvido del ser. La palabra «la conservación» es dictada al pensamiento en la aprehensión (Erfahrung) del olvido del ser. Lo que de esto propiamente hay que pensar en la palabra «la conservación», to khreon nombra propiamente una marca [trace] (Spur), marca [trace] que desaparece enseguida (aisbald verschwindet) en la historia del ser que se muestra histórico-mundialmente como metafísica occidental.»[v] ¿Cómo pensar lo que está fuera de un texto? ¿Más o menos como su propio margen? Por ejemplo, ¿lo otro del texto de la metafísica occidental? Ciertamente la «marca [trace] que desaparece enseguida en la historia del ser... como metafísica occidental» escapa a todas las determinaciones, a todos los nombres que podría recibir en el texto metafísico. En estos nombres se abriga y así se disimula. No aparece ahí como la marca [trace] «en sí misma». Pero es porque no podría nunca aparecer en sí misma, como tal. Heidegger también dice que la diferencia no puede aparecer en tanto que tal: «Lichtung des Unterschiedes kann deshalb auch nicht bedeuten, dasz der Unterschied als der Unterschied erscheint.» No hay esencia de la différance, ésta (es) lo que no sólo no sabría dejarse apropiar en él como tal de su nombre o de su aparecer, sino lo que amenaza la autoridad del como tal en general, de la presencia de la cosa misma en su esencia. Que no haya, en este punto, esencia propia[vi], de la différance, implica que no haya ni ser ni verdad del juego de la escritura en tanto que inscribe la différance. Para nosotros, la différance sigue siendo un nombre metafísico y todos los nombres que recibe en nuestra lengua son aún, en tanto que nombres, metafísicos. En particular cuando dicen la determinación de la différance como diferencia entre la presencia y el presente (Anwesen/Anwesend), pero sobre todo, y ya de la manera más general cuando dicen la determinación de la différance como diferencia entre el ser y el ente. Más «vieja» que el ser mismo, una tal différance no tiene ningún nombre en nuestra lengua. Pero «sabemos ya» que si es innombrable no es por provisión, porque nuestra lengua todavía no ha encontrado o recibido este nombre, o porque sería necesario buscarlo en otra lengua, fuera del sistema finito de la nuestra. Es porque no hay nombre para esto ni siquiera el de esencia o el de ser, ni siquiera el de «différance», que no es un nombre, que no es una unidad nominal pura y se disloca sin cesar en una cadena de sustituciones que difieren. «No hay nombre para esto»: leer esta proposición en su banalidad. Este innombrable no es un ser inefable al que ningún nombre podría aproximarse: Dios por ejemplo. Este innombrable es el juego que hace que haya efectos nominales, estructuras relativamente unitarias o atómicas que se llaman nombres, cadenas de sustituciones de nombres, y en las que, por ejemplo, el efecto nominal «différance» es él mismo acarreado, llevado, reinscrito, como una falsa entrada o una falsa salida todavía es parte del juego, función del sistema. Lo que sabemos, lo que sabríamos si se tratara aquí simplemente de un saber, es que no ha habido nunca, que nunca habrá palabra única, nombre-señor. Es por lo que el pensamiento de la letra a de la différance no es prescripción primera ni el anuncio profético de una nominación inminente y todavía inoída. Esta «palabra» no tiene nada de kerygmática, por poco que se pueda percibir la mayusculación. Poner en cuestión el nombre de nombre. No habrá nombre único, aunque sea el nombre del ser. Y es necesario pensarlo sin nostalgia, es decir, fuera del mito de la lengua puramente materna o puramente paterna, de la patria perdida del pensamiento. Es preciso, al contrario, afirmarla, en el sentido en que Nietzsche pone en juego la afirmación, con una risa y un paso de danza. Desde esta risa y esta danza, desde esta afirmación extraña a toda dialéctica, viene cuestionada esta otra cara de la nostalgia que yo llamaré la esperanza heideggeriana. No paso por alto lo que esta palabra puede tener aquí de chocante. Me arriesgo no obstante, sin excluir implicación alguna, y lo pongo en relación con lo que La palabra de Anaximandro me parece retener de la metafísica: la búsqueda de la palabra propia y del nombre único. Hablando de la «primera palabra del ser» (das frühe Wort des Seins), escribe Heidegger: «La relación con el presente, que muestra su orden en la esencia misma de la presencia, es única (ist eine einzige). Permanece por excelencia incomparable a cualquier otra relación, pertenece a la unicidad del ser mismo (Sie gehört zur Einzigkeit des Seins selbst). La lengua debería, pues, para nombrar lo que se muestra en el ser (das Wesende des Seins), encontrar una sola palabra, la palabra única (ein einziges, das einzige Wort). Es aquí donde medimos lo arriesgado que es toda palabra del pensamiento [toda palabra pensante: denkende Wort] que se dirige al ser (das dem Sein zugesprochen wird). Sin embargo, lo que aquí se arriesga no es algo imposible; pues el ser habla en todas partes y siempre y a través de toda lengua.»[vii] Tal es la cuestión: la alianza del habla y del ser en la palabra única, en el nombre al fin propio. Tal es la cuestión que se inscribe en la afirmación jugada de la différance. Se refiere a cada uno de los miembros de esta frase: «El ser/habla/en todas partes y siempre/a través de/toda/lengua.»
[i] [«Pero el asunto del ser, es ser el ser de lo ente. La forma lingüística de este genitivo enigmáticamente polisémico, nombra una génesis, un origen de lo presente, a partir de la presencia. Pero con la presencia de ambos, la esencia de este origen permanece oculta. No sólo ésta, sino incluso la relación entre presencia y presente permanece impensada. Desde muy temprano parece como si la presencia y lo presente fueran algo cada uno por separado. Imperceptiblemente, la presencia se convierte ella misma en un presente. [...] La esencia de la presencia y, con ella, la diferencia de la presencia respecto a lo presente, queda olvidada. El olvido del ser es del olvido de la diferencia entre el ser y lo ente.» Trad. cast. de Helena Cortés y Arturo Leyte en «Caminos del bosque», Alianza, Madrid, 1996, pág. 329.] [ii] [«El olvido del ser forma parte de la esencia del ser velada por el propio olvido. Forma parte tan esencial del destino del ser, que la aurora de este destino comienza como desvelamiento de lo presente en su presencia. Esto quiere decir que la historia del ser comienza con el olvido del ser, dede el momento en que el ser se repliega con su esencia: la diferencia respecto a lo ente. Cae la diferencia. Queda olvidada. Lo que se desencubre es lo diferente, lo presente y la presencia, pero no en tanto que eso diferente. Por el contrario, se borra hasta la primera huella de diferencia, dede el momento en que la presencia se manifiesta como lo presente y encuentra su origen en un supremo presente.» Trad. cast. de Helena Cortés y Arturo Leyte en «Caminos de bosque», Alianza, Madrid, 1996, pág. 329 [iii] [«Pero al haber sido olvidada la diferencia del ser respecto a lo ente sólo puede ser experimentada cuando ya se desvela en la presencia de lo presente y, de este modo, imprime una huella que permanece guardada en el lenguaje al que llega el ser.» Trad. cast. de Helena Cortés y Arturo Leyte en «Caminos de bosque», Alianza, Madrid, 1996, pág. 329-330.] [iv] [«Disponiendo acuerdo y atención, el uso libera en la morada y abandona en cada ocasión a lo presente a su morada. Pero, de este modo, también se ve entregado al contante peligro de endurecerse en la mera persistencia a partir de la insistencia que mora. Por lo tanto, el uso sigue siendo en sí, al mismo tiempo, la entrega en mano de lo presente en el des-acuerdo. El uso dispone el des-.» Trad. cast. de Helena Cortés y Arturo Leyte en «Caminos de bosque», Alianza, Madrid, 1996, pág. 332-333.] [v] [«La traducción de to khreôn por “el uso” no ha surgido sólo de una meditación etimológica y léxica. La elección del termino uso nace de una traslación anterior del pensar, que intenta pensar la diferencia en la esencia del ser, en el inicio destinal del olvido del ser. La palabra «uso» ha sido dictada al pensar en la experiencia del olvido del ser. Probablemente, to khreôn nombra un rastro de lo que queda verdaderamente por pensar en el término “uso” rastro que desaparece de inmediato en el destino del ser, el cual se despliega en la historia del mundo como metafísica occidental.» Trad. cast. de Helena Cortés y Arturo Leyte en «Caminos de bosque», Alianza, Madrid, 1996, pág. 341.] [vi] La différance no es una «especie» del género «diferencia ontológicas. Si «la donación de presencia es propiedad del Ereignen» («Die Gabe von Anwesen ist Eigentum des Ereignens») («Zeit und Sein», en L'endurance de la pensée, Plon, 1968, tr. fr. Fédier, pág. 63), la différance no es un proceso de propiación en cualquier sentido que se tome. No es ni la posición (apropiación) ni la negación (expropiación), sino lo otro. Desde este momento, parece, pero señalamos aquí nosotros más bien la necesidad de un recorrido que ha de venir, no sería más que el ser una especie del género Ereignis. Heidegger «... entonces el ser tiene su lugar en el movimiento que hace advenir a si lo propio (Dan gebört das Sein in das Ereignen). De él acogen y reciben su determinación el dar y su donación. Entonces el ser sería un género del Ereignis y no el Ereignis un género del ser. Pero la huida que busca refugio en semejante inversión sería demasiado barata. Pasa al lado del verdadero pensamiento de la cuestión y de su paladín (Sie denkt am Sachverhalt vorbei). Ereignis no es el concepto supremo que comprende todo, y bajo el que se podrían alinear ser y tiempo. Las relaciones lógicas de orden no quieren decir nada aquí. Pues, en la medida en que pensamos en pos del ser mismo y seguimos lo que tiene de propio (seinem Eigenen folgen), éste se revela como la donación, concedida por la extensión (Reichen) del tiempo, del destino de parousia (gewährte Gabe des geschickes von Anwesenheit). La donación de presencia es propiedad del Ereignen (Die Dabe von Anweswn ist Eigentum des Ereignens)». [«Entonces el ser pertenece al [acaecer como] apropiar. Desde éste reciben su determinación el dar y su don. Entonces sería el ser una especie de acaecimiento y no el acaecimiento una especie del ser. La huida a semejante inversión sería demasiado fácil. Soslaya con el pensamiento la índole de la cosa. El acaecimiento entendido como “apropiación” o acaecimiento apropiador no es el concepto abarcante superior, bajo el cual se dejan ordenar ser y tiempo. Las relacines de ordenación lógica aquí no dicen nada. Pues, si buscamos con el pensamiento el rastro al ser mismo y seguimos lo que tiene de propio, el ser se demuestra como el don, concedido en la verdad mediante la regalía del tiempo, del destino de la presencia. El don, la donación del estar presente es propiedad del apropiar. » Traducción de Manuel Garrido, en «Tiempo y Ser», Tecnos, Madrid, 2000, p. 41.] Sin la reinscripción desplazada en esta cadena (ser, presencia, propiación, etc.), no se transformará nunca de manera rigurosa e irreversible las relaciones entre lo onto-lógico, general o fundamental, y lo que ella domina o se subordina a título de ontología regional o de ciencia particular: por ejemplo, la economía política, el psicoanálisis, la semiolingüística, la retórica, en los que el valor de propiedad desempeña, más que en otras partes, un papel irreductible, pero igualmente las metafísicas espiritualistas o materialistas. A esta elaboración preliminar apuntan los análisis articulados en este volumen. Es evidente que una reinscripción semejante no estará nunca contenida en un discurso filosófico o teórico, ni en general en un discurso o un escrito; sólo sobre la escena de lo que he llamado en otra parte el texto general (1972). [vii] [«La relación con lo presente que reina en la propia esencia de la presencia, es única. Permanece por excelencia incomparable con cualquier otra relación. Forma parte de la unicidad del propio ser. Así pues, para nombrar lo que se hace presente en el ser, la lengua debería encontrar una única palabra, la única. Esto nos permite medir hasta qué punto es osada cualquier palabra pensante que apela al ser. Pero este riesgo no es nada imposible, pues el ser habla de las maneras más distintas siempre y en todo lugar, a través de toda lengua.» Trad. cast. de Helena Cortés y Arturo Leyte en «Caminos de bosque», Alianza, Madrid, 1996, pág. 331.] |
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