Reglas para el
Parque Humano.
Una respuesta a
la “Carta sobre el Humanismo”
Peter Sloterdijk

Conferencia pronunciada
en el Castillo de Elmau, Baviera, en julio de 1999, con motivo del
Simposio Internacional “Jenseits des Seins
/ Exodus from Being /
Philosophie nach Heidegger”,
en el marco de los Simposios del Castillo de Elmau sobre “La filosofía en
el final del siglo” (Philosophie am Ende des Jahrhunderts), que cuentan
con la colaboración del Van Leer Institut y el Franz Rosenzweig Center de
Jerusalem. El texto fue publicado en Die Zeit el 10 de septiembre de 1999.
Traducción: Fernando La Valle
Los libros, dijo una vez el poeta Jean Paul, son
voluminosas cartas a los amigos. Con esta frase llamó él por su nombre de
modo refinado y elegante a lo que es la esencia y función del Humanismo:
una telecomunicación fundadora de amistad por medio de la escritura. Lo
que se llama ‘humanitas’ desde los días de Cicerón, pertenece en sentido
tanto estricto como amplio a las consecuencias de la alfabetización. Desde
que existe la filosofía como género literario, recluta ella a sus adeptos
por este medio, escribiendo de modo contagioso sobre el amor y la amistad.
No se trata sólo de un discurso sobre el amor a la sabiduría, sino también
de conmover a otros y moverlos a este amor. Que pueda en todo caso la
filosofía escrita, tras sus comienzos hace dos mil quinientos años,
mantenerse en estado virulento todavía hoy, lo debe sin duda a los
resultados de su capacidad para hacer amigos a través del texto. Se sigue
escribiendo como una cadena de la suerte a través de las generaciones, y
quizás a despecho de todos los errores en las copias –o aun, quizás,
gracias incluso a tales errores– arrastró a copistas e intérpretes con su
encanto amigable. La articulación más importante en esta cadena epistolar
fue sin duda la recepción del envío griego por parte de los romanos, pues
sólo la apropiación romana abrió el texto griego al Imperio y, tras la
caída de la mitad occidental, lo hizo accesible al menos indirectamente
para las culturas europeas posteriores. Por cierto que los autores griegos
se habrían asombrado de los amigos que un día se presentarían ante ellos a
vuelta de correo, con su carta en la mano. Forma parte de las reglas de
juego de la cultura letrada que el remitente no pueda prever quién será su
destinatario efectivo. Y sin embargo, no por eso se lanzan menos los
autores a la aventura de poner sus cartas en camino de amigos no
identificados. Sin la inscripción de la filosofía sobre rollos escritos
transportables, nunca habría podido ser expedida la correspondencia que
damos en llamar tradición; pero sin los profesores griegos, que los
romanos se dieron a sí mismos como asistencia para descifrar la cartas
llegadas de Grecia, tampoco habrían sido en modo alguno capaces esos
romanos de encariñarse con los remitentes de tales escritos. La amistad a
distancia necesita de ambos, las cartas mismas, y sus carteros e
intérpretes. Si, por el contrario, no hubiese tenido lugar esa disposición
de los lectores romanos a aficionarse con los envíos a distancia de los
griegos, habrían faltado destinatarios, y si los romanos no hubieran
entrado en juego con su receptividad sobresaliente, las comunicaciones
griegas no habrían alcanzado nunca el espacio europeo occidental, ese
espacio todavía hoy habitado por los propulsores del humanismo. No
existiría el fenómeno “Humanismo”, ni una forma respetable de discursos
filosóficos latinos, ni mucho menos las tardías culturas filosóficas en
idiomas nacionales. Si hoy podemos hablar aquí en idioma alemán sobre las
cosas humanas, esta posibilidad es debida no en último término a aquella
disposición de los romanos a leer los escritos de los maestros griegos
como si fueran cartas dirigidas a sus amigos en Italia.
Si se tienen en cuenta las consecuencias epocales de la
correspondencia greco-romana, se vuelve evidente que se explican éstas en
gran medida con la escritura, envío y recepción de material escrito
filosófico. Claramente, el remitente de este género de cartas amistosas
echa sus escritos al mundo sin conocer a los destinatarios, o en caso de
conocerlos, comprende de todos modos que el envío epistolar pasa por
encima de éstos y está en condiciones de provocar una cantidad
indeterminada de amistades con lectores anónimos, a menudo no nacidos aún.
Desde un punto de vista erótológico, la amistad hipotética de los
escritores librescos y epistolares con el destinatario de sus envíos
representa un caso de amor a la distancia... y esto decididamente en el
sentido de Nietzsche, quien sabía que la escritura es el poder de
transformar el amor al prójimo en vida desconocida, lejana, por venir. La
escritura no sólo efectúa un arco telecomunicativo entre amigos probados,
que para la época del envío viven a distancia espacial el uno del otro,
sino que pone en marcha una operación hacia lo improbable, lanza una
seducción a la lejanía –una
actio in distans,
por decirlo en el idioma de la antigua magia europea–, con el objetivo de
comprometer como tal al amigo desconocido, y moverlo al ingreso en el
círculo de amistades. El lector que se expone a la carta voluminosa puede,
efectivamente, entender al libro como una carta de invitación, y dejándose
entusiasmar por la lectura incorporarse al círculo de los interpelados
para acusar allí recibo de la carta.
Se podría entonces retrotraer el fantasma comunitario que
subyace a todo humanismo al modelo de una sociedad literaria, sociedad en
la que los participantes descubren por medio de lecturas canónicas su
común amor hacia remitentes inspirados. En el corazón del humanismo
entendido de este modo descubrimos una fantasía de secta o club, el sueño
de fatal solidaridad de aquellos que han sido elegidos para poder leer.
Para el viejo mundo, es decir hasta las vísperas de los Estados nacionales
modernos, la capacidad de leer significaba de hecho algo así como la
entrada en una élite rodeada de misterio... El conocimiento de la
gramática era tenido antaño en muchos lugares como cosa de nigromancia: de
hecho, ya en el inglés medieval la palabra
grammar
había dado lugar al
glamour[i]:
al que sabe leer y escribir, le resulta fácil lo imposible. Los
humanizados no son por el momento más que la secta de alfabetizados, que
como muchas otras sectas dan a luz un proyecto expansionista y
universalista. Donde el alfabetismo se vuelve fantástico y arrogante, allí
surge la mística gramática o literal, la Cábala, que prolifera a partir de
ese momento, queriendo volver inteligible la ortografía del Autor del
Mundo.[ii]
Allí, en cambio, donde el humanismo se vuelve pragmático y programático,
como en las ideologías de los estudios clásicos asociadas a los Estados
nacionales en los siglos XIX y XX, el modelo de sociedad literaria amplía
su alcance, convirtiéndose en norma de la sociedad política. De ahí en
adelante los pueblos se organizan como ligas alfabetizadas de amistad
compulsiva, conjuradas en torno a un canon de lectura asociado en cada
caso con un espacio nacional. Además de los autores pan-europeos antiguos
se movilizan ahora también para esto clásicos modernos y nacionales, cuyas
cartas al público son ensalzadas y convertidas en motivos eficientes de la
creación nacional por parte del mercado de libros y las casas de altos
estudios. ¿Qué son las naciones modernas sino poderosas ficciones de
públicos letrados, convertidos a partir de los mismos escritos en
armónicas alianzas de amistad? La instrucción militar obligatoria para los
varones y la lectura obligatoria de los clásicos para jóvenes de ambos
sexos caracterizan a la burguesía clásica, definen a aquella época de
humanitarismo armado y erudito, hacia el que vuelven la mirada hoy
conservadores de viejo y nuevo cuño, nostálgicos e inermes a la vez, y
absolutamente incapaces de llegar a una comprensión teórica del sentido de
un canon de lectura... Para darse una idea clara de este fenómeno, basta
con recordar el resultado lastimoso de un debate nacional llevado adelante
en Alemania –debate inducido sobre todo por los jóvenes– sobre la supuesta
necesidad de un nuevo canon literario.
Estos humanismos nacionales de lectura gozosa tuvieron
verdaderamente su apogeo entre 1789 y 1945; en su centro residía,
consciente de su poder y autosatisfecha, la casta de antiguos y nuevos
filólogos, que se sabían responsables de la misión de iniciar a los recién
llegados en el círculo de los destinatarios de cartas decisivas y
voluminosas. El poder del maestro en esos tiempos, y el papel clave de los
filólogos, tenían ambos su base en un conocimiento privilegiado de los
autores en cuestión, aquellos que pasaban por remitentes de los escritos
fundadores de la comunidad. Según ellos, en esencia, el Humanismo burgués
no era otra cosa que la facultad de imponer a los jóvenes la lectura de
los clásicos y de establecer la validez universal de las lecturas
nacionales.[iii]
De tal modo que las naciones burguesas eran hasta cierto grado ellas
mismas productos literarios y postales: ficciones de un destino de amistad
con compatriotas remotos y una afinidad empática entre lectores de los
mismos inspirados autores de propiedad común.
Si esta época parece hoy irremisiblemente periclitada, no
es porque seres humanos de un humor decadente no se sientan ya inclinados
a seguir cumpliendo su tarea literaria nacional; la época del Humanismo
nacional-burgués llegó a su fin porque el arte de escribir cartas
inspiradoras de amor a una nación de amigos, aun cuando adquirió un
carácter profesional, no fue ya suficiente para anudar un vínculo
telecomunicativo entre los habitantes de la moderna sociedad de masas. Por
el establecimiento mediático de la cultura de masas en el Primer Mundo en
1918 con la radio, y tras 1945 con la televisión, y aun más por medio de
las revoluciones de redes actuales, la coexistencia de las personas en las
sociedades del presente se ha vuelto a establecer sobre nuevas bases. Y no
hay que hacer un gran esfuerzo para ver que estas bases son decididamente
post-literarias, post-epistolográficas y, consecuentemente,
post-humanísticas. Si alguien considera que el sufijo ‘post-’ es demasiado
dramático, siempre podemos reemplazarlo por el adverbio ‘marginalmente’,
con lo que nuestra tesis quedaría formulada así: las síntesis políticas y
culturales de las modernas sociedades de masas pueden ser producidas hoy
sólo marginalmente a través de medios literarios, epistolares,
humanísticos. En modo alguno quiere esto decir que la literatura haya
llegado a su fin, sino en todo caso que se ha diferenciado como una
subcultura
sui generis,
y que ya han pasado los días de su sobrevaloración como portadora de los
genios nacionales. La síntesis nacional ya no pasa predominantemente –ni
siquiera en apariencia– por libros o cartas. Los nuevos medios de la
telecomunicación político-cultural, que tomaron la delantera en el
intervalo, son los que acorralaron al esquema de la amistad escrituraria y
lo llevaron a sus modestas dimensiones actuales. La era del humanismo
moderno como modelo escolar y educativo ya ha pasado porque se ha vuelto
insostenible la ilusión de que masivas estructuras políticas y económicas
pueden ser ya organizadas siguiendo el modelo amigable de la sociedad
literaria.
Este desengaño que, a más tardar desde de la Primera Guerra
Mundial, persiste como notificación para los intelectuales que todavía
continúan la tradición humanista, tiene a su vez una historia propia y
dilatada, marcada por crisis y contorsiones. Pues precisamente hacia el
estridente fin de la era nacional-humanista, en los años de oscuridad sin
precedentes que siguieron a 1945, el modelo humanista iba a vivir todavía
un florecimiento tardío; fue éste un renacimiento organizado y reflexivo,
que sirve todavía como modelo para las pequeñas reanimaciones del
humanismo actuales. Aun si no fuera el trasfondo tan oscuro, se debería
hablar aquí de una divagación y un porfiado autoengaño. En el ambiente
fundamentalista de los años posteriores a 1945, por motivos comprensibles,
para muchas personas no era suficiente volver de los horrores de la guerra
a una sociedad que se presentaba a sí misma de nuevo como un público
pacificado de lecto-amigos, como si una juventud goetheana bastara para
hacer olvidar a la juventud hitleriana. A muchos entonces les pareció
oportuno volver a colocar junto a las lecturas latinas también las otras,
las bíblicas lecturas básicas de los europeos, y sentar los fundamentos
del ya rebautizado Occidente en el humanismo cristiano. Este neohumanismo
de mirada vacilante entre Weimar y Roma era el sueño de la salvación del
alma europea por medio de una bibliofilia radicalizada, una exaltación
melancólico-esperanzada del poder civilizatorio, humanizador, de las
lecturas clásicas, a condición de que por un instante nos tomemos la
libertad de concebir codo con codo a Cicerón y a Cristo como clásicos.
En tales humanismos de posguerra, por ilusorios que hayan
sido sus orígenes, se revela siempre un motivo sin el cual sería imposible
comprender la tendencia humanista como un todo, ya sea en los días de los
romanos como en la era moderna de los Estados nacionales burgueses: el
Humanismo como palabra y cosa tiene siempre un opuesto, pues es un
compromiso en pos del rescate de los seres humanos de la Barbarie. Es
fácil de entender que precisamente aquellas épocas que han hecho sus
principales experiencias a partir de un potencial de barbarie liberado
excesivamente en las relaciones interhumanas, sean asimismo aquellas en
las que el llamado al Humanismo suele sonar más alto y perentorio. Quien
hoy se pregunta por el futuro del humanitarismo y de los medios de
humanización, quiere saber en el fondo si quedan esperanzas de dominar las
tendencias actuales que apuntan a la caída en el salvajismo [Verwilderung]
del hombre. Y aquí hay que tomar en consideración el hecho inquietante de
que el salvajismo, hoy como siempre, suele aparecer precisamente en los
momentos de mayor despliegue de poder, ya sea como tosquedad directamente
guerrera e imperial, o como bestialización cotidiana de los seres humanos
en los medios de entretenimiento desinhibitorio. De ambos tipos
suministraron los romanos modelos que perdurarían en la Europa posterior:
del uno con su omnipresente militarismo, del otro por medio de su
premonitoria industria del entretenimiento basada en el juego sangriento.
El tema latente del humanismo es entonces el rescate del ser humano del
salvajismo, y su tesis latente dice:
La lectura correcta domestica.
El fenómeno humanista gana atención hoy sobre todo porque
recuerda –aun de modo velado y confuso– que en la alta cultura, los seres
humanos son cautivados constantemente y al mismo tiempo por dos fuerzas
formativas, que por afán simplificador llamaremos aquí influjos
inhibitorio y desinhibitorio. El convencimiento de que los seres humanos
son «animales bajo influjo» pertenece al credo del humanismo, así como el
de que consecuentemente es imprescindible llegar a descubrir el modo
correcto de influir sobre ellos. La etiqueta Humanismo recuerda –con falsa
inocencia– la perpetua batalla en torno al hombre, que se ratifica como
una lucha entre las tendencias bestializantes y las domesticadoras.
Hacia la época de Cicerón ambos influjos son todavía
poderes fáciles de identificar, pues cada uno posee su propio medio
característico. En lo que toca a los influjos de bestialización, los
romanos tenían establecida, con sus anfiteatros, sus cacerías, sus juegos
y luchas mortales, los espectáculos de sus ejecuciones, la red
mass-mediática más exitosa de todo el orbe. En estadios rugientes en torno
al mar Mediterráneo surgió a sus expensas el desatado ‘homo inhumanus’
como pocas veces se había visto antes y raramente se vería después.[iv]
Durante el Imperio, la provisión de fascinaciones bestiales para las masas
romanas se convirtió en una técnica de dominio indispensable y rutinaria,
que se ha mantenido en la memoria hasta el día de hoy gracias a la fórmula
juvenaliana del «pan y circo». Sólo se puede entender el humanismo antiguo
si se lo concibe como toma de partido en un conflicto mediático, es decir,
como resistencia de los libros contra el anfiteatro, y como oposición de
las lecturas humanizadoras, proclives a la resignación, instauradoras de
la memoria, contra la resaca de ebriedad y sensaciones deshumanizadoras,
arrebatadas de impaciencia, de los estadios. Lo que los romanos educados
llamaban ‘humanitas’, sería impensable sin la demanda de abstinencia de la
cultura de masas en los teatros de la ferocidad. Si el humanista se
extravía alguna vez entre la multitud bramante, es sólo para constatar que
también él es un hombre y como tal puede también él ser contaminado por
esa tendencia a la bestialidad. Luego vuelve del teatro a su casa,
avergonzado por su involuntaria participación en sensaciones infecciosas,
y de pronto se ve obligado a aceptar que nada de lo humano le es ajeno.
Pero con ello también queda dicho que la naturaleza humana consiste en
elegir los medios domesticadores para el desarrollo de la propia
naturaleza, y renunciar a los desinhibidores. El sentido de esta elección
de medios reside en perder la costumbre de la propia bestialidad posible,
y poner distancia entre sí y la escalada deshumanizadora de la rugiente
jauría del espectáculo.
Estas indicaciones dejan en claro que con la
pregunta-por-el-humanismo se alude a algo más que a la conjetura bucólica
de que el acto de leer educa. Se halla en juego aquí nada menos que una
antropodicea, es decir, una definición del ser humano de cara a su
franqueza biológica, y a su ambivalencia moral. Pero por sobre todo, esta
pregunta sobre cómo podrá entonces el ser humano convertirse en un ser
humano real o verdadero, será formulada a partir de ahora de modo
ineludible como una pregunta por los medios, entendiendo por éstos a los
medios comulgales y comunicativos, por intermedio de los cuales las
personas humanas mismas se orientan y forman hacia lo que pueden ser y
llegan a ser.
Otoño de 1946. En el momento más calamitoso de la crisis de
posguerra europea, el filósofo Martin Heidegger escribe su luego célebre
artículo sobre el humanismo, un texto que a primera vista puede también
ser considerado una carta voluminosa para amigos. Pero la práctica
amistosa que procuraba lograr esta carta no era ya simplemente la de una
comunicación entre bellas almas burguesas, y el concepto de amistad que
reclamaba este memorable mensaje filosófico no era ya en modo alguno el de
la comunión de un público nacional con sus clásicos. Mientras escribía
esta carta, sabía Heidegger que tendría que hablar con voz quebrantada o
escribir con mano titubeante, y que la armonía preestablecida entre el
autor y sus lectores no podía ser dada ya de ninguna manera por sentada.
No era seguro para él en aquel entonces que todavía le quedaran amigos, y
aun en caso de encontrar alguno, las bases de esa amistad debían
establecerse de nuevo, más allá de todo aquello que hasta entonces se
había tenido en Europa y en las naciones como base de una amistad entre
intelectuales. Algo al menos es claro: lo que volcó en el papel el
filósofo en aquel otoño de 1946, no era un discurso a la propia nación ni
un discurso a la Europa venidera; era el intento ambiguo, a la vez
cauteloso y temerario por parte del autor, de imaginar todavía un receptor
benévolo para su mensaje. Y resultó entonces de todo esto algo bastante
raro tratándose de un hombre de la naturaleza regionalista de Heidegger:
una carta a un extranjero, a un amigo potencial a la distancia, a un joven
pensador que, durante la ocupación de Francia por los alemanes, se había
tomado la libertad de entusiasmarse por un filósofo alemán.
¿Se trata entonces de una nueva técnica amistosa? ¿Una
nueva correspondencia? ¿Otro modo de reunir concordancias y reflexiones
compartidas en torno a un escrito enviado a la distancia? ¿Otro intento de
humanización? ¿Un nuevo contrato social entre sostenedores de una
reflexividad sin morada, ya no más nacional-humanista? Los adversarios de
Heidegger no dejaron naturalmente de señalar que el astuto hombrecito de
Meßkirch había aquí aprovechado instintivamente la primera posibilidad que
se le ofrecía tras la guerra para trabajar en su rehabilitación: había
sacado provecho sagazmente de la complacencia de uno de sus admiradores
franceses para deslizarse del doblez político hacia las alturas de la
contemplación mística. Estas sospechas quieren parecer sugerentes y
fundadas, pero pierden de vista el acontecimiento que, tanto en términos
de pensamiento como de estrategia de comunicación, representa el ensayo
sobre el humanismo, dirigido en primer lugar a Jean Beaufret, en París,
luego publicado independientemente y traducido. Pues, al exponer
públicamente y preguntar, en este escrito que pretendía tener la forma de
una carta, por las condiciones del humanismo europeo, Heidegger inauguraba
un espacio de pensamiento trans-humanista o post-humanista
[v],
en el que, desde entonces, se ha movido una parte esencial de la reflexión
filosófica sobre el hombre.
De una misiva de Jean Beaufret, Heidegger extrae sobre todo
en una frase:
Comment redonner un sens au mot
‘Humanisme’?
La carta al joven francés contiene una suave reconvención, que se
evidencia claramente en las dos réplicas inmediatas:
“Esta pregunta viene de la intención de conservar la
palabra ‘humanismo’. Me pregunto si esto es necesario. ¿No son
suficientemente notorios los desgraciados efectos que ocasionan títulos
como éste? [...]
“Su pregunta no sólo presupone su voluntad de conservar la
palabra ‘humanismo’, sino que da testimonio también de que esa palabra ha
perdido su sentido.” [Über
den Humanismus,
1949, 1981, pp. 7 y 35]
Con esto ya se vuelve manifiesta parte de la estrategia de
Heidegger: hay que abandonar la palabra Humanismo si la labor del
pensamiento, la labor que quiso parecer como ya resuelta en la tradición
humanista o metafísica, ha de ser retomada en su fatal y verdadera
simplicidad. En pocas palabras, ¿para qué ensalzar de nuevo al hombre y su
autorizada autorrepresentación filosófica, si en la catástrofe presente se
mostraba, precisamente, que el problema es el hombre mismo junto con sus
sistemas de autoelucidación y autoensalzamiento metafísico? Esta
recomposición de la pregunta de Beaufret no deja de incurrir en una
magistral malicia, al presentar a la manera socrática al alumno la falsa
respuesta que encerraba su pregunta. Y da muestras también al mismo tiempo
de rigor intelectual, pues los tres remedios corrientes para la crisis
europea de 1945, cristianismo, marxismo y existencialismo, se alineaban
codo con codo como variedades del humanismo, diferenciadas una de otra
sólo por matices superficiales, o dicho claramente, como tres tipos y
modos de eludir la última radicalidad de la pregunta por la esencia del
hombre.
Ante el inconmensurable descuido del pensamiento europeo,
la no-formulación de la pregunta por la esencia del hombre, Heidegger se
ofrece a disponer un fin para éste en el único modo adecuado para él, el
modo existenciario-ontológico; en todo caso, al menos, manifiesta el autor
su disposición a ponerse al servicio del surgimiento, como en otras crisis
pasadas, de una pregunta formulada por fin en términos correctos. Con este
giro aparentemente modesto Heidegger deja al descubierto perturbadoras
consecuencias: el humanismo, en su forma antigua tanto como en sus formas
cristiana y moderna, es identificado como el responsable de un no-pensar
de veinte siglos; con sus presupuestos apresurados, sus al parecer
evidentes e inevitables definiciones de la esencia del hombre, se lo acusa
de haber impedido el surgimiento de la auténtica pregunta por esta
esencia. Heidegger explica que en su obra
Ser y tiempo
se piensa en contra del humanismo no porque éste sobreestime a la
humanitas,
sino porque no la enaltece lo suficiente [Über
den Humanismus,
p. 21]. Pero, ¿qué significa este enaltecer la esencia del hombre?
Significa en primer lugar, renunciar a un habitual y falso menosprecio. La
pregunta por la esencia del hombre no llega por la vía correcta hasta que
se toma distancia de la práctica más antigua, persistente y ruinosa de la
metafísica europea: definir al hombre como
animal rationale.
Según esta interpretación, el hombre termina siendo entendido como una
animalitas
ampliada por medio de adiciones espirituales. Contra esto se rebela el
análisis existenciario-ontológico de Heidegger: para él la esencia del
hombre no puede ser enunciada desde una perspectiva biológica o zoológica,
por más que a éstas se les agregue por regla general un factor espiritual
o trascendente.
En este punto, Heidegger es inconmovible; como ángel
iracundo se introduce entre el animal y el hombre con su espada atravesada
para cortar toda comunidad ontológica entre ambos. Se deja llevar por su
impulso antivitalista y antibiologista hasta expresiones casi histéricas,
como cuando explica, por ejemplo, que parece “como si la esencia de lo
divino fuera más cercana a nosotros que lo chocante extraño del
ser-viviente” [Über
der Humanismus,
p. 17]. En el centro de este pathos antivitalista opera el entendimiento
de que el hombre se diferencia del animal en términos ontológicos, no
específicos o genéricos, por lo que no puede bajo ninguna circunstancia
ser concebido como un animal dotado de un suplemento cultural o
metafísico. Más aún, el modo de ser de lo humano diverge esencialmente y
por un rasgo fundamental del de los restantes entes vegetales y animales:
el hombre [Mensch]
tiene mundo [Welt]
y está en el mundo, mientras que plantas [Gewächs]
y animales [Getier]
sólo están tendidos [verspannt]
en sus respectivos medios circundantes [Umwelten].
Si se da el fundamento filosófico para un discurso de la
dignidad del hombre, es entonces, por ser justamente el hombre el
interpelado del Ser mismo y, como gustaba decir el filósofo pastoral
Heidegger, el requerido para su guarda [Hütung].
Por ello tienen los hombres el lenguaje, aunque según Heidegger no lo
poseen para simplemente entenderse entre ellos y poder, de común acuerdo,
domesticarse mutuamente.
“Es decir que el lenguaje es la casa del Ser, viviendo allí
el hombre ek-siste, y así pertenece a la verdad del Ser, custodiándolo.
“Y así ocurre, por la determinación de la humanidad del
hombre como ek-sistencia, que lo esencial no es el hombre, sino el Ser
como la dimensión de lo ek-stático de la ek-sistencia.” [Über
den Humanismus,
p. 24]
Escuchando estas casi herméticas formulaciones, surge una
vislumbre de cómo es que la crítica del humanismo heideggeriana ha creído
con tanta seguridad no desembocar en un inhumanismo. Pues, al rechazar
Heidegger las pretensiones por parte del humanismo de haber explicado ya
suficientemente la esencia humana, retrocede, y le opone su propia
onto-antropología, con lo que se aferra también él a la función principal
del humanismo clásico, a saber, la conciliación del hombre con la palabra
del otro, y esto de modo indirecto, pues radicaliza este motivo amigable,
y lo traslada del campo pedagógico al centro de la reflexión ontológica.
Este es el sentido de la figura, a menudo citada y
largamente ridiculizada, que hace del hombre el pastor del Ser. Utilizando
motivos tomados de la poesía pastoral y del idilio, Heidegger habla del
cometido del hombre, que es su esencia, y de la esencia humana, de la que
surge su cometido: guardar el Ser y corresponderle. Ciertamente, no guarda
el hombre el Ser al modo en que un enfermo guarda cama, sino más bien como
un pastor que custodia a su rebaño en el claro, pero con la importante
diferencia de que en lugar de ganado le es dado en custodia aquí el mundo
como abierta circunstancia, y lo que es más, este custodiar no representa
una labor de vigilancia libremente elegida en el propio interés, sino que
el hombre es colocado aquí como custodio del Ser mismo. El lugar donde
rige este colocar es el claro [Lichtung],
el sitio en que el Ser acontece como aquello que allí es.
Lo que da a Heidegger la certeza de haber pensado más allá
y desbordado al humanismo con estos giros, es la circunstancia de que él
introduce al hombre, concebido como claro del Ser, en una domesticación y
una amistad que van más profundamente de lo que cualquier rescate de la
bestialidad humanista o amor intelectual por el texto amoroso puedan
lograr jamás. Al definir al hombre como pastor y vecino del Ser, y
designar al lenguaje como casa del Ser, fija al hombre en una
correspondencia respecto del Ser que le impone un comportamiento radical,
lo confina –a él, al pastor– en las cercanías o el perímetro de la casa;
lo expone a un conocimiento que reclama más quietud, oídos y pertenencia
que lo que la más amplia educación pudo nunca. El hombre es sometido así a
un comportamiento [Verhalten]
ek-stático que va más lejos que la introspección [Innehalten]
civilizada de los piadosos lectores de la palabra clásica. El morar
recogido en sí mismo heideggeriano en la casa del lenguaje, es como una
escucha expectante de aquello que el Ser mismo ha de dar a decir. Ello
conjura a un escuchar-en-lo-cercano para lo cual el hombre debe volverse
más reposado y manso que el humanista que lee a los clásicos. Heidegger
quiere un hombre que sea mejor oyente [hörig,
también siervo, esclavo, el que es propiedad] que un mero buen lector.
Quiere iniciar un proceso de amistad en que él mismo no sea recibido ya
sólo como un clásico, o como un autor entre otros; por lo pronto, ya de
por sí sería bueno que el público, que por regla general sólo puede
aferrarse a banalidades aprensivas, tome conocimiento de que con el mentor
de la pregunta-por-el-Ser ha comenzado un nuevo discurso sobre el Ser
mismo.
Con todo esto, Heidegger enaltece al Ser como único autor
de toda carta esencial, y se asigna a sí mismo el papel de secretario.
Quien habla desde esa posición debe incluso registrar balbuceos y hacer
públicos silencios. El Ser envía entonces las cartas decisivas, hace
guiños en rigor a amigos serenos, a vecinos receptivos, a pastores
recogidos y quietos, y hasta donde podemos ver, a partir de estos círculos
de co-pastores y amigos del Ser no se constituyen naciones, ni siquiera
escuelas alternativas –y no sería la menor razón de esto la imposible
existencia de
un canon claro de los guiños del Ser–, con lo que ha de
quedar entonces por ahora la obra completa de Heidegger como voz y piedra
de toque del super-autor innominado.
Queda en todo caso poco claro en torno a estas oscuras
comuniones, y hasta nuevo aviso, cómo podría ser gestada una sociedad de
vecinos del Ser. Sin duda debería ésta, antes de mostrarse claramente, ser
concebida como una iglesia invisible de individuos dispersos, cada uno de
los cuales escucha a su modo en lo tremendo, y espera las palabras que
manifestarán lo que dice el habla misma al hablante.[vi]
Sería ocioso entrar aquí en detalles sobre el carácter criptocatólico de
las figuras de la meditación heideggeriana. Sólo resulta ahora decisivo el
hecho de que a través de toda la crítica del humanismo de Heidegger se
propaga un cambio de postura que, yendo más allá de una finalidad
pedagógica sobre todo humanística, señala al hombre la salida de una
ascesis contemplativa. Ahora bien, a fuerza de esta ascesis, se podría
formar una sociedad de los contemplativos que fuera más allá de la
sociedad literaria humanística; sería ésta una sociedad de hombres que
sacaría al Hombre de en medio, porque habrían entendido que existen sólo
como «vecinos del Ser», y no como caprichosos dueños de casa, o como
inquilinos irrevocables viviendo con sus muebles en una casa alquilada. A
esta ascesis no puede contribuir el humanismo, en la medida en que sigue
orientado hacia la imagen dominante del Hombre soberano.
Los amigos humanistas de los autores humanos carecen de esa
inspirada debilidad en la que el Ser mismo muestra ser lo tocado, lo
solicitado. Para Heidegger, ningún camino lleva del humanismo a este grave
y ontológico ejercicio de humildad; aquél constituye para él más bien, en
sí mismo, una contribución a la historia del rearme de la subjetividad.
Heidegger presenta, en efecto, al mundo histórico de Europa como el teatro
del humanismo militante, como el campo sobre el que la subjetividad humana
realiza la toma del poder sobre los entes con las fatales consecuencias
lógicas de este acto. Bajo esta luz, el humanismo se ofrece como cómplice
natural de todo horror posible que haya podido ser perpetrado en nombre
del provecho humano. Aun en la trágica titanomaquia de mediados de siglo
entre bolchevismo, fascismo y americanismo, se alzan –en la visión de
Heidegger– nada más que tres variantes del mismo poder antropocéntrico[vii]
y tres candidaturas en lucha por un dominio mundial embellecido de
humanitarismo, con lo cual el fascismo bailaba en la cuerda floja, porque
dejaba ver más abiertamente que sus adversarios su desprecio por los
valores moderados de la paz y la formación cultural. En realidad, el
fascismo es la metafísica de la inmoderación, y quizás también una forma
inmoderada de la metafísica. Para Heidegger, el fascismo era la síntesis
del humanismo y del bestialismo, es decir, la coincidencia paradojal de
inhibición y desinhibición.
Frente a tan enormes condenas e inversiones ronda de nuevo
la pregunta por el fundamento de la domesticación y la educación humana, y
si los ontológicos juegos pastoriles de Heidegger –que ya en su tiempo
sonaron raros y chocantes– parecen hoy algo del todo anacrónico, conservan
al menos el mérito, a pesar de su precariedad y su torpe carácter
inusitado, de haber articulado la pregunta de la época: ¿qué puede
domesticar aún hoy al hombre, si el humanismo naufraga en tanto que
escuela domesticadora humana? ¿Qué puede aún domesticar al hombre, si
hasta el día de hoy sus esfuerzos de automoderación lo han llevado en gran
medida precisamente a su toma del poder sobre todo ente? ¿Qué puede
domesticar al hombre si hasta aquí en todos los experimentos de educación
de la especie humana quedó poco claro hacia quién o hacia qué educaban los
educadores? ¿O no habrá que dejar de lado definitivamente la idea de una
formulación competente de la pregunta sobre el cuidado y formación del
hombre en el marco de la mera domesticación?
A continuación nos desviaremos de las indicaciones de
Heidegger sobre la detención en figuras finales del pensamiento
contemplativo, mientras hacemos el intento de caracterizar históricamente
el claro ek-stático en que el hombre es solicitado por el Ser. Se verá que
la permanencia humana en el claro –dicho heideggerianamente, el estar o
permanecer-dentro del hombre en el claro del Ser– no es de ningún modo una
relación ontológica originaria, que no fuera susceptible de una indagación
ulterior. Hay una historia deliberadamente ignorada por Heidegger: la
historia del exponerse del hombre en el claro, una historia social de la
tangibilidad del hombre por parte de la pregunta por el Ser, y una
agitación histórica en la hendidura de la diferencia ontológica.
Se trata aquí, por un lado, de extendernos sobre una
historia natural de la serenidad, facultad esta última por la que el
hombre tiene la capacidad de convertirse en un animal abierto al mundo,
capaz de soportar un mundo, y por otro lado, sobre una historia social de
la domesticación, por la cual los hombres se experimentan originariamente
como los seres que se recogen[viii]
para co-responder al todo. La historia real del claro –de la que debe
salir una reflexión abismal sobre el hombre que vaya más allá del
humanismo– se compone de dos grandes relatos, que convergen en una
perspectiva más amplia, la de la exposición de cómo surgió el
hombre-sapiens a partir del animal-sapiens. El primero de estos dos
relatos da cuenta de la aventura de la hominización. Informa de cómo, en
los largos períodos de historia primordial en el umbral de la hominización
surgió de entre los mamíferos vivíparos una especie de seres nacidos
prematuramente, que, si se puede llamar a esto paradoja, desbordaban su
medio circundante sacando un beneficio creciente de su inadaptación
animal. Aquí se cumple la revolución antropogénica, la súbita constitución
del nacimiento biológico en acto de venir-al-mundo [Zur-Welt-Kommen].
Con su terca reserva contra toda antropología y su celo por mantener una
procedencia puramente ontológica para el ser-ahí y el ser-en-el-mundo,
Heidegger no tomó en modo alguno debida cuenta de este estallido. Pues el
hecho de que el hombre pueda convertirse en el ser que es en el mundo,
tiene sus raíces en la historia de la especie, raíces que se manifiestan
en los conceptos abismales del nacimiento prematuro, la neotenia
(conservación de caracteres inmaduros en la adultez), y la inmadurez
animal crónica del hombre. Se podría llegar incluso a definir al hombre
como el ser que está coartado en su ser-animal y en su persistir-animal.
Por medio de su fracaso como animal se precipita de su ambiente el ser
indeterminado y gana así el mundo en sentido ontológico. Este
venir-al-mundo ek-stático y esta “transferencia” [Übereignung]
al Ser ha sacado al hombre de su herencia biológica y lo ha colocado en la
cuna. Si el hombre está en el mundo, entonces, es porque pertenece [gehört]
a un movimiento que lo trae al mundo y a él lo expone. Es el producto de
un hiper-nacimiento que hace del lactante [Säugling]
un pequeño mundo [Weltling].
Este éxodo alumbraría sólo animales psicóticos si,
conjuntamente con la salida al mundo no tuviera lugar la feliz entrada en
eso que Heidegger llamó la casa del Ser. Los lenguajes tradicionales de
las generaciones humanas han hecho vivible la ek-stasis de
ser-en-el-mundo, al mostrar a los hombres cómo su ser cabe el mundo podía
ser conocido al mismo tiempo que su ser-en-sí-mismos [Bei-sich-selbst-Sein].
Por todo ello, el claro es un acontecimiento en el límite entre la
historia natural y la historia de la cultura, y el venir al mundo humano
adquiere los rasgos de un venir al lenguaje.[ix]
Pero la historia del claro no puede ser sólo caracterizada
como el relato de la entrada del hombre en las casas de los lenguajes.
Pues, en tanto que los hombres dotados de lenguaje viven juntos en grupos
mayores, y no habitan ya sólo en casas lingüísticas, sino también en casas
construidas por sus manos, caen en el campo de fuerza del modo de ser
sedentario. De ahora en adelante ya no serán albergados solamente por su
lenguaje, sino también domesticados por sus viviendas. En el claro se
alzan –como sus marcas extrañas– las casas de los hombres (en compañía de
los templos de sus dioses y los palacios de sus señores). Los
historiadores de la cultura han sacado a luz que junto con la entrada en
el sedentarismo la relación entre el hombre y el animal se ha esbozado
también de un nuevo modo. Con la domesticación del hombre por medio de la
casa comienza asimismo el epos de los animales domésticos, cuya ligazón
con las casas de los hombres no es sin embargo cosa de domesticación, sino
también de adiestramiento y cría.
El hombre y los animales domésticos: la historia de esta
monstruosa cohabitación no ha sido presentada todavía de modo adecuado, y
hoy menos que nunca saben los filósofos lo que ellos mismos podrían ir a
buscar en medio de esa historia.[x]
Sólo en contados lugares se ha rasgado el velo del silencio que guardan
los filósofos sobre la casa, el hombre y el animal como complejo
biopolítico, y todo lo que se escuchó entonces fueron vertiginosas
advertencias sobre problemas que serían hasta donde se puede ver
irresolubles para el género humano. De todo esto se puede advertir
mínimamente la conexión interior entre la vida de hogar y la formación
teórica, pues se nos permite llegar tan lejos como podamos a condición de
que la teoría no pase de ser una especie de trabajo, o, mejor aun de ocio,
hogareño. Pues, según su definición, la antigua teoría no era precisamente
otra cosa que una mirada serena por la ventana –se trata en primer lugar
de un asunto de contemplación–, mientras que en la modernidad –desde que
el saber se convirtió en poder– ha tomado decididamente un carácter
laboral. En este sentido, las ventanas serían los claros de los muros,
detrás de los cuales los hombres se convertirían en seres teóricos.
También los paseos, en los que se mezclan la agitación y la contemplación,
son derivados de la vida hogareña. Aun las desacreditadas divagaciones de
Heidegger por sendas campestres y boscosas, son movimientos típicos de
alguien que tiene una casa a sus espaldas.
Por cierto que este derivar el claro de la vida hogareña
asegurada toca sólo al aspecto inofensivo de la hominización en casas. El
claro es a la vez un campo de batalla y un lugar de decisión y selección [Selektion].
La fraseología de una pastoral filosófica ya no tienen nada que ver con
esto. Donde hay casas, ahí debe ser decidido qué ha de pasar con las
personas que las habitan; en los hechos y por los hechos, deberá ser
decidido qué tipos de construcción llegarán a la supremacía. En el claro
se muestra por qué prendas luchan los hombres tan pronto como sobresalen
como constructores de ciudades e instauradores de reinos. Lo que hay que
hacer aquí con seriedad, ya lo puso en limpio con señales angustiosas el
maestro del pensamiento riesgoso, Nietzsche, en la tercera parte de
Así habló Zaratustra,
bajo el título: «De la virtud empequeñecedora»:
“Pues quería (Zaratustra) enterarse de lo que entretanto
había ocurrido con el hombre: si se había vuelto más grande o más pequeño.
Y en una ocasión vio una fila de casas nuevas; entonces se maravilló y
dijo:
“¿Qué significan esas casas? ¡En verdad, ningún alma grande
las ha colocado allí como símbolo de sí misma!
“(...) Y esas habitaciones y cuartos: ¿pueden salir y
entrar ahí varones?
“(...) Y Zaratustra se detuvo y reflexionó. Finalmente dijo
turbado: «¡Todo se ha vuelto más pequeño!»
“Por todas partes veo puertas más bajas: quien es de mi
especie puede pasar todavía por ellas sin duda– ¡pero tiene que agacharse!
“(...) Camino a través de este pueblo y mantengo abiertos
los ojos: se han vuelto más pequeños y se vuelven cada vez más pequeños– y
esto se debe a su doctrina acerca de la felicidad y la virtud.
“(...) Algunos de ellos quieren, pero la mayor parte
únicamente son queridos...
“(...) Redondos, justos y bondadosos son unos con otros,
así como son redondos, justos y bondadosos los granitos de arena con los
granitos de arena.
“Abrazar modestamente una pequeña felicidad– ¡a esto lo
llaman ellos «resignación»!...
“En el fondo lo que más quieren es simplemente una cosa:
que nadie les haga daño...
“Virtud es para ellos lo que vuelve modesto y manso: con
ello han convertido al lobo en perro, y al hombre en el mejor animal
doméstico del hombre.”
[KSA 4, pp. 211-214;
Así habló Zaratustra,
pp. 237-240 de la versión española de Andrés Sánchez Pascual.]
En esta sucesión rapsódica de sentencias se oculta sin duda
un discurso teórico sobre los hombres considerados como un poder
domesticador y criador. Desde la perspectiva de Zaratustra los hombres del
presente son una sola cosa: criadores exitosos que han tenido la capacidad
de hacer del hombre salvaje el último hombre. Se sobreentiende que esto no
podía haber ocurrido tan sólo por medios humanísticos,
doméstico-adiestro-educadores. La tesis del hombre como criador del hombre
hace estallar el horizonte humanístico, en la medida en que el límite del
pensar y obrar humanista estará siempre dado por la cuestión de la
domesticación y la educación: el humanista se da al hombre como pretexto,
y aplica en él sus medios de domesticación, de doma, de formación,
convencido como está de la relación necesaria entre el leer, el estar
sentado, y el amansamiento.
Por debajo del luminoso horizonte de la escolar
domesticación humana, Nietzsche –que ha leído con similar atención a
Darwin y a San Pablo– cree descubrir un horizonte más sombrío. Barrunta el
espacio en que comenzarán pronto inevitables luchas por los derechos de la
crianza humana, y en este espacio se muestra el otro rostro, el rostro
velado del claro. Cuando Zaratustra cruza la ciudad en la que todo se ha
vuelto pequeño, descubre el resultado de una política de buena crianza
hasta entonces exitosa e incuestionada: le parece que, con la ayuda de una
unión destinada de ética y genética, los hombres se las han arreglado para
criarse en su pequeñez. Ellos mismos se han sometido a la domesticación, y
han hecho una elección de buena crianza poniéndose en camino hacia una
sociabilidad de animales domésticos. De este reconocimiento surge la
propia crítica zaratustriana del humanismo como rechazo de la falsa
inocencia con que se envuelve el buen hombre moderno. No es de hecho nada
inocente que los hombres críen a los hombres en el sentido de la
inocencia. La sospecha de Nietzsche contra toda cultura humanística
irrumpe para revelar el secreto de la domesticación de la humanidad.
Quiere nombrar por su nombre a los hasta hoy detentadores del monopolio de
la crianza –el sacerdote y el maestro, que se presentan a sí mismos como
amigos del hombre–, revelar su función silenciosa, y desencadenar una
lucha, nueva en la historia mundial, entre diversos programas de crianza y
diversos educadores.
Este es el conflicto básico que Nietzsche postula para el
futuro: la lucha entre los pequeños criadores y los grandes criadores del
hombre –se podría también decir, entre humanistas y superhumanistas,
amigos del hombre, y amigos del superhombre. El emblema del superhombre no
representa en las reflexiones de Nietzsche el sueño de una rápida
desinhibición o una evasión en lo bestial, como imaginaron los malos
lectores con botas de los años ‘30. Tampoco encierra dicha expresión la
idea de una regresión del hombre al estado anterior a las épocas del
animal doméstico o el animal de iglesia. Cuando Nietzsche habla de
superhombre, es para referirse a una época muy por encima del presente.[xi]
Él nos da la medida de procesos milenarios anteriores, en los que, gracias
a un íntimo entramado de crianza, domesticación y educación, se consumó la
producción humana, en un movimiento que por cierto supo hacerse
profundamente invisible y que ocultó el proyecto de domesticación que
tenía como objeto bajo la máscara de la escuela.
Con estas insinuaciones –y en este dominio no es lícito ni
aun posible más que el insinuar– jalona Nietzsche un territorio
gigantesco, sobre el que deberá consumarse el destino del hombre del
futuro, sin importar si recursos al concepto de superhombre jugarán en
ello un papel o no. Es posible incluso que Zaratustra haya sido la máscara
de una histeria filosofante, cuyos efectos infecciosos se han disipado
hoy, y quizás para siempre. Pero, en cuanto al discurso sobre la
diferencia y el entramado de domesticación y cría, o en resumen, los
indicios del ocaso de una conciencia de la producción humana, o dicho más
generalmente, de las antropotécnicas: son éstos procesos de los que el
pensamiento presente no puede apartar la mirada; sería entonces como si
quisiera dedicarse de nuevo a la candidez. Verosímilmente, fue Nietzsche
el que tendió el arco, con su sugerencia de que la domesticación del
hombre era la obra premeditada de una liga de disciplinantes, esto es, un
proyecto del instinto paulino, clerical, instinto que olfatea en todo lo
que en el hombre pudiera resultar autónomo o soberano, y aplica sobre ello
sin tardanza sus instrumentos de supresión y mutilación. Éste era por
cierto un pensamiento híbrido, en primer lugar porque concebía el proceso
disciplinante demasiado a corto plazo, como si bastaran algunas pocas
generaciones de dominio sacerdotal para hacer de los lobos, perros, y
convertir a los hombres primitivos en profesores de Basilea[xii];
pero es aun más híbrido porque supone un culpable deliberado allí donde se
debería contar más bien con una cría sin criador, o en otros términos, con
una deriva biocultural a-subjetiva. Igualmente, tras previa deducción del
momento exagerado, malicioso-anticlerical, nos queda todavía en la idea de
Nietzsche un núcleo suficientemente duro como para provocar una reflexión
posterior sobre la humanidad que vaya más allá de la inocencia humanista.
Que la domesticación de los hombres es lo impensado más
grande, aquello de lo que el humanismo desvió los ojos desde la Antigüedad
hasta el presente... con comprender esto basta para encontrarse de pronto
en aguas profundas. Allí donde ya no podemos hacer pie, nos rebasa la
evidencia de que en ninguna época pueden bastar la domesticación educativa
y la conciliación de los hombres por medio de la letra. La práctica de
leer [Lesen]
fue por cierto un poder de primer orden en la formación del hombre, y lo
sigue siendo, en dimensiones modestas, todavía hoy; en cambio, la lectura
selectiva y exhaustiva [Auslesen]
–se lo ha constatado siempre– era en este juego como el poder detrás del
poder. Lecciones y selecciones tienen más que ver una con la otra de lo
que algunos historiadores de la cultura querían y eran capaces de pensar,
y si también a nosotros nos parece imposible por el momento reconstruir la
conexión entre unas y otras de modo lo suficientemente preciso, ello
justamente induce la poco complaciente sospecha de que tanto más dicha
conexión, como tal, posee una realidad propia.
Hasta la llegada del corto período en que se produjo la
alfabetización general, la cultura escrituraria misma mostró agudos
efectos selectivos. Hendió profundamente a las sociedades de sus dueños, y
abrió una grieta entre literatos y hombres iletrados, cuya
infranqueabilidad casi alcanzó la rigidez de una diferencia específica. Si
se quisiera todavía, a pesar de las protestas de Heidegger, hablar otra
vez de modo antropológico, se podría definir a los hombres de tiempos
históricos como animales, de los cuales unos saben leer y escribir, y
otros no. De aquí en adelante hay sólo un paso –aunque de enormes
consecuencias– hasta la tesis de que los hombres son animales, de los
cuales unos crían y disciplinan a sus semejantes, mientras que los otros
son criados: un pensamiento que desde las reflexiones platónicas sobre la
educación y el Estado, ya pertenece al folklore pastoral de los europeos.
Algo de aquí recuerda la frase de Nietzsche citada más arriba, de que
entre los que viven en las casas pequeñas son pocos los que quieren,
mientras que la mayoría sólo son queridos. Ahora bien, ser querido,
significa existir meramente como objeto, no como sujeto de selección.
Es la marca característica de la era técnica y
antropotécnica que cada vez más pasen al lado activo o subjetivo de la
selección, aun sin tener que ser arrastrados al papel de selector de un
modo voluntario. Respecto a esto hay que dejar algo en claro: hay un
malestar en el poder de elección, y pronto constituirá una opción a favor
de la inocencia el hecho de que los hombres se rehúsen explícitamente a
ejercitar el poder de selección que han alcanzado de modo fáctico.[xiii]
Pero cuando en un campo se desarrollan positivamente poderes científicos,
hacen los hombres una pobre figura en caso de que, como en épocas de una
temprana impotencia, quieran colocar una fuerza superior en su lugar, ya
fuese el dios, o la casualidad, o los otros. Dado que los rechazos o
renuncias suelen naufragar por su propia esterilidad, ocurrirá con
seguridad en el futuro que el juego se encarará activamente y se formulará
un código de las antropotécnicas. Por su efecto retrospectivo, un código
tal cambiaría también el significado del humanismo clásico, pues con él se
publicaría y registraría que la humanitas no sólo implica la amistad del
hombre con el hombre, sino también –y de modo crecientemente explícito–
que el ser humano representa el más alto poder para el ser humano.
Algo de todo esto tenía Nietzsche presente cuando, respecto
de sus efectos a distancia, osaba calificarse a sí mismo como una
force
majeure.
Bien podemos pasar por alto el escándalo que produjeron en el mundo estas
declaraciones, pues es todavía temprano, en término de siglos, o quizás
aun de milenios, para juzgar tales pretenciones. ¿Quién tiene aliento
suficiente como para representarse una era del mundo en que Nietzsche
fuera tan histórico como lo era Platón para él? Bastaría, para que
aclarara, con que los próximos lapsos fueran para la humanidad períodos de
decisión en términos de política de la especie. En ellos se mostrará si la
humanidad o sus fracciones culturales dominantes lograrán producir
procedimientos al menos efectivos de autodisciplina. También en la cultura
presente se lleva a cabo la lucha entre los impulsos domesticadores y
bestializantes y sus medios correspondientes. Por cierto que mayores
avances de la domesticación serían otras tantas sorpresas de cara a un
proceso de civilización en que se ha puesto en marcha una inusitada y al
parecer incontenible oleada desinhibitoria.[xiv]
Si el desarrollo a largo plazo llevará también a una reforma de las
propiedades de la especie, si una antropotecnología venidera ha de avanzar
hasta un planeamiento explícito de los caracteres, o si llegará la
humanidad como especie a una inversión del fatalismo del nacimiento que
lleve al alumbramiento opcional y la selección prenatal, son todas éstas
preguntas que, como siempre vaga e inseguramente, el horizonte de la
evolución comienza a alumbrar ante nosotros.
Entre los caracteres definitorios de la ‘humanitas’, está
el de ubicarse ante problemas que son una carga abrumadora para los
propios hombres, sin que éstos puedan empero proponerse dejarlos a un lado
a causa de su mismo peso. Esta provocación de la esencia humana por parte
de lo ineludible, que es al mismo tiempo lo indoblegable, ya ha dejado
tras de sí una huella imborrable en los comienzos de la filosofía
europea... o incluso, tal vez sea la misma filosofía esa huella en el
sentido más amplio. Después de todo lo dicho, quizás ya no sea demasiado
sorprendente el que esta huella se manifieste principalmente como un
discurso sobre la custodia y la crianza humanas. En su diálogo
Politikos
–cuyo título gustan traducir como “El Político” [Der
Staatsmann]–,
presentó Platón la Carta Magna de una politología pastoral europea. Este
escrito no sólo es significativo por mostrar, más claramente que en ningún
otro lado, lo que los antiguos entendieron realmente por ‘pensar’ –la
conquista de la verdad por medio de la cuidadosa división o recorte de la
multiplicidad de conceptos y cosas–; su inconmensurable ubicación en la
historia del pensamiento sobre el hombre radica sobre todo en que es
conducido al mismo tiempo como un discurso práctico sobre la cría (y no
casualmente con la participación de un elenco atípico en Platón: un
Extranjero y un joven Sócrates, como si los atenienses corrientes no
fueran por el momento admitidos en charlas de ese tipo); de qué manera
también, entonces, cuando de ello se trata, seleccionar [selegieren]
un estadista como no los hay en Atenas, y criar un pueblo para ese Estado
como no se podía encontrar todavía en ninguna ciudad empírica. Este
Extranjero, y su oponente, el joven Sócrates, se dedican al insidioso
intento de colocar la política o arte pastoril de la ciudad venidera bajo
reglas transparentes y racionales.
Con este proyecto, Platón da testimonio de una agitación
intelectual en el Parque Humano que ya no podrá nunca aquietarse del todo.
Desde que el
Politikos,
desde que la Politeia
son discursos que, en el mundo, hablan de la comunidad de los hombres como
si se tratara de un parque zoológico que fuera a la vez un parque
temático, la conducta de los hombres en parques o ciudades deberá
aparecer, en adelante, como un problema zoo-político. Lo que se presenta
como una reflexión sobre política, es en realidad una reflexión
fundamental sobre las reglas de manejo de un Parque Humano. Si hay una
dignidad de los hombres, que merezca en sentido filosófico ser traída al
lenguaje, será sobre todo porque los hombres no son simplemente mantenidos
en parques temáticos políticos, sino porque son ellos los que se mantienen
allí por sí mismos. Los hombres son seres que se curan, guardan de sí
mismos, que generan, vivan donde vivan, un espacio parquizado en torno a
sí mismos. En parques urbanos, parques nacionales, parques cantonales,
parques ecológicos, en todos lados deben los hombres formarse una opinión
sobre cómo debe ser regulada su conducta consigo mismos.
Ahora bien, en lo que toca al zoo platónico y su nueva
organización, todo en él se juega en el hecho de saber si la diferencia
que existe entre la población y la dirección es una diferencia sólo de
grado, o bien una diferencia específica. Suponiendo lo primero, la
distancia entre los pastores de hombres y sus protegidos sería sólo
accidental y pragmática: se podría conceder al rebaño en este caso la
elección periódica de sus pastores. Pero en caso de que entre líderes y
habitantes zoológicos hubiera una diferencia específica, se diferenciarían
unos de otros de manera tan fundamental que no sería prudente una
dirección electiva, sino sólo una dirección de la inteligencia. Sólo los
falsos directores zoológicos, los pseudoestadistas, y políticos sofistas
harían campaña en su favor con el argumento de ser del mismo tenor que el
rebaño, mientras que el verdadero criador señalaría la diferencia y daría
a entender discretamente que, con su conocimiento, se halla más cerca de
los dioses que los confusos seres vivientes de los que cuida.
El sentido peligroso de Platón para los temas peligrosos
encuentra el punto ciego de toda pedagogía y política de la alta cultura:
la desigualdad efectiva de los hombres ante el conocimiento da lugar al
poder. Bajo la forma lógica de un ejercicio grotesco de la definición, el
diálogo del Político desarrolla el preámbulo de una antropotécnica
política; en él se juega no ya la guía domesticadora de un rebaño ya
domesticado, sino la renovada cría sistemática de ejemplares humanos en
estado casi original. El ejercicio comienza de manera tan cómica, que
incluso su final, ya en modo alguno cómico, también podría fácilmente
desvanecerse entre risas. ¿Qué es más grotesco que una definición del arte
del Estado como una disciplina que tuviera que ver con el andar a pie de
los seres que viven en rebaño? Pues sabe Dios que los conductores de
hombres no ejercen la cría de animales acuáticos, sino de animales que
andan sobre la tierra. Entre éstos hay que separar a los alados de los no
alados y caminantes si se quiere llegar a las poblaciones humanas, que
carecen como es sabido de alas y plumas. Entonces continúa diciendo el
Extranjero que este mismo pueblo pedestre bajo el dominio de la
naturaleza, de nuevo se divide claramente en dos grupos: “unos,
descornados, los otros, con cuernos”. Esto, un interlocutor dócil no deja
que se lo digan dos veces. A ambos grupos corresponden igualmente dos
tipos de arte pastoril: pastores para rebaños de animales con cuernos, y
pastores para rebaños que carecen de ellos. Sería así evidente que sólo se
encontrará al verdadero conductor de los grupos humanos eliminando a los
pastores de los animales con cuernos. Pues si se quisiera custodiar a los
hombres con pastores de animales con cuernos, qué más se podría esperar
que abusos por parte de los ineptos y aptos en apariencia. Por
consiguiente, los buenos reyes o
basileioi,
dice el Extranjero, apacientan un rebaño sin cuernos (265d). Pero esto no
es todo: deben además encarar la tarea de cuidar a seres vivientes sin
mezcla, es decir, criaturas que no copulen fuera de su especie, como
suelen hacer a veces caballos y burros. Deberán entonces velar por la
endogamia, y buscar medios para impedir el mestizaje. Si agregamos a estos
implumes, descornados, endógamos, por último el carácter bípedo, quedaría
seleccionado el arte de la custodia aplicada a bípedos implumes sin
cuernos, surgidos de apareamientos sin mezcla, como el arte verdadero,
contrapuesto a toda otra competencia. Este arte de la custodia
providencial, deberá ser dividido otra vez en tiránico-forzado y libre. Si
eliminamos esta vez la forma tiránica como falsa y engañosa, lo que queda
será el arte estatal auténtico, definido como “el libre cuidado de los
rebaños... sobre seres vivientes libres” (276e).[xv]
Hasta tal punto entendió Platón presentar su doctrina del
arte del estadista bajo imágenes de pastores y rebaños, y de docenas de
espejismos de este arte, eligió él la única imagen verdadera, la idea
legítima de la cosa que estaba en tela de juicio. Ahora sin embargo,
cuando la definición parece perfecta, el diálogo salta hacia otra
metáfora, y esto no ocurre –como veremos más adelante– para renunciar a lo
ya obtenido, sino para abordar la parte más difícil de la crianza humana,
el control doméstico de la reproducción, de un modo tanto más enérgico, y
desde un punto de vista sesgado. Aquí tiene lugar el célebre símil
weberiano del estadista. El auténtico y verdadero fundamento del arte real
no se encuentra de este modo, según Platón, en el parecer de los
conciudadanos, que dirigen o educan a voluntad su confianza hacia el
político; y no radica tampoco en privilegios hereditarios o nuevas
pretenciones. El señor platónico encuentra la razón de su dominio sólo en
su real saber doméstico, es decir, en un experto saber del tipo más raro y
cuidadoso. Aquí surge el fantasma de una realeza experta, cuyos títulos se
fundaran en el conocimiento de la mejor manera de seleccionar y cruzar a
los hombres, sin que esto cause perjuicio alguno a su libre voluntad. La
antropotécnica real exige entonces del estadista que entienda cómo
entrelazar entre sí para el Estado, y del modo más efectivo, las
propiedades propicias de personas dóciles por libre voluntad, de modo que
bajo su dirección, alcance el Parque Humano una homeostasis óptima. Esto
ocurre cuando ambos óptimos relativos del género humano, la osadía
guerrera por un lado, y la sensatez filosófico-humana, por el otro, llegan
a entramarse equilibradamente en el tejido del Estado.
Pero como ambas virtudes en su unilateralidad pueden
ocasionar respectivamente corrupciones específicas –la primera el deseo de
guerra militarista y sus consecuencias devastadoras para la patria; la
segunda, el aislacionismo intelectual, que puede ser tan indolente y
apartado de los asuntos del Estado que conduzca sin advertirlo a la
esclavitud del país–, por ello debe el estadista escardar las naturalezas
impropias, antes de poder tejer el Estado con aquellas que son adecuadas.
Sólo con las restantes naturalezas nobles y libres se puede crear el buen
Estado –con lo cual, los osados cumplen el papel de los hilos más gruesos,
los sensatos el del “hilado más rico, delicado y entrelazado”, en palabras
de Schleiermacher. De modo algo anacrónico, digamos que estos últimos
surgen en el ámbito cultural.
“Diremos entonces que este tejido sería la obra consumada
de la acción política, cuando, tomando los dos caracteres humanos de la
osadía y la sensatez, la ciencia real une ambas vidas por medio de la
concordia y la amistad en una unidad común, y realizando así el tejido más
magnífico y excelente de todos, envuelve a todos los habitantes de la
ciudad, libres o esclavos, en su trama...” [311b, c]
Al lector moderno –cuya mirada retrospectiva se topa con
los gimnasios humanistas de la burguesía y con la eugenesia fascista, así
como descubre, hacia adelante, barruntos de biotecnología–, le resulta
difícil reconocer el carácter explosivo de estos pensamientos. Lo que
Platón pone en boca de su Extranjero, es el programa de una sociedad
humanista, que se encarna en un único humanista absoluto, el amo real de
la ciencia pastoril. La tarea de este superhumanista no sería otra que la
planificación de las propiedades de una élite, que deberá ser desarrollada
de por sí, y por amor a la totalidad.
Queda por considerar una complicación: el pastor platónico
sólo es un verdadero pastor cuando encarna la imagen terrenal del único y
original Pastor verdadero... Del Dios que en el tiempo primordial, bajo el
dominio de Cronos, cuidó de los hombres. No hay que olvidar que también
sólo en Platón se pone en cuestión el Dios como custodio y criador
original del ser humano. Ahora, sin embargo, tras el gran trastorno (metabolé),
por el cual, bajo el gobierno de Zeus, los dioses se retrajeron, y dejaron
a los hombres el cuidado de velar por sí mismos, queda como más digno
custodio y criador el sabio, con el cual se hace más vivo el recuerdo de
la contemplación celeste del Bien. Sin la imagen rectora del sabio, el
cuidado de los hombres por los hombres no es más que una pasión estéril.
Dos mil quinientos años después de la obra platónica,
parece ahora como si no sólo los dioses, sino también los sabios se
hubieran retraído, y nos hubieran dejado del todo solos con nuestra falta
de sabiduría y nuestros conocimientos a medias. Lo que nos queda en lugar
del sabio, son sus escritos con su áspero brillo y su creciente oscuridad;
todavía se presentan en ediciones más o menos accesibles, todavía pueden
ser leídos con sólo quererlo. Su destino es permanecer en quietos estantes
como cartas detenidas y que ya no serán entregadas: imágenes o espejismos
de una sabiduría que ya no logra la creencia de los contemporáneos,
enviada por autores de los que ya no sabremos si podrían ser nuestros
amigos.
Una masa postal que ya nunca será entregada, que deja de
ser un envío a posibles amigos, se convierte en objeto de archivo. También
esto, que libros clásicos de antaño hayan dejado cada vez más de ser
cartas a los amigos, que ya no se encuentren en las mesas de noche ni de
día de sus lectores, sino que se hayan hundido en la intemporalidad del
archivo: también esto ha quitado al movimiento humanista la mayor parte de
su antigua pujanza. Cada vez menos archiveros descienden en la profundidad
de los textos para vertir enunciados primigenios en lemas modernos. Quizás
ocurra de vez en cuando que con tales investigaciones en los muertos
sótanos de la cultura, esos papeles largamente abandonados comiencen a
irradiar como vacilantes relámpagos lejanos. ¿Podrá también el sótano del
archivo convertirse en claro? Todo indica que archiveros y archivistas han
tomado el relevo de los humanistas. Para los pocos que todavía rebuscan en
los archivos, se impone la idea de que nuestra vida es la respuesta
indecisa a preguntas. Preguntas que ya olvidamos dónde fueron formuladas.
Peter Sloterdijk
[i]
La expresión para ‘magia’ deriva de la palabra que designa a la
gramática.
[ii]
Que el secreto de la vida está íntimamente relacionado con el fenómeno
de la escritura, es la gran intuición de la leyenda del Golem. Cf.
Moshe Idel: Le Golem, Paris, 1992; en el prólogo de este
libro, Henri Atlan alude al informe de una comisión creada por el
presidente de los EEUU (“Splicing Life. The Social
and Ethical Issue of Genetic Engineering with Human Beings”, 1982),
cuyo autor se refiere a la leyenda del Golem
[iii]
También, naturalmente, la validez nacional de lecturas universales.
[iv]
Recién con el género de las Chain Saw Massacre Movies se
consuma el ingreso de la cultura de masas en el nivel de consumo de
espectáculos bestiales antiguos. Cf. Marc
Edmundson, Nightmare on Mainstreet. Angels, Sadomasochism and
the Culture of the American Gothic, Cambridge, MA, 1997.
[v]
Este gesto será reprobado por aquellos que quieren ver en la
onto-antropología de Heidegger algo así como un “anti-humanismo”,
formulación disparatada, que sugiere una forma metafísica de la
misantropía.
[vi]
Tan poco claro, por otra parte, como lo sería el posible aspecto de
una sociedad de descontruccionistas convencidos, o una sociedad de
discípulos de Levinas, que dieran siempre preferencia al Otro
sufriente.
[vii]
Cf. Silvio Vietta: Heideggers Kritik am Nationalsozialismus und
der Technik, Tübingen, 1989.
[viii]
Para el motivo de la “colección” [Sammlung], cf. Manfred
Schneider: “Kollekten des Geistes”, Neue Rundschau, n°
2, p. 44 y ss.
[ix]
Mostraré en otro lado, hasta qué punto hay que contar también, e
incluso aun más, con un venir-a-la-imagen de la persona: P.
Sloterdijk, Sphären I, Blasen; Sphären II, Globen,
Frankfurt, 1998/1999.
[x]
Una de las pocas excepciones es la filósofa Elisabeth de Fontenay, con
su libro Le silence des bêtes. La philosophie face à l’épreuve
de l’animalité, así como el filósofo e historiador de la
cultura Thomas Macho con “Tier” [Animal] en: Christof
Wulf (Ed.): Handbuch Historische Anthropologie, Weinheim
und Basel, 1997, pp. 62-85.
[xi]
Los lectores fascistas de Nietzsche pasaron por alto de modo pertinaz
el hecho de que en la diferencia entre lo suprahumano y lo humano se
hallaban aludidos precisamente ellos y el presente en general, y que
no se trataba aquí en modo alguno del desarrollo de capacidades
“sobrehumanas”.
[xii]
Sobre la génesis del perro, neotenia, etc., cf. Dany-Robert Dufour:
Lettres
sur la nature humaine à l’usage des survivants,
Paris, 1999.
[xiii]
Cf. P. Sloterdijk: Eurotaoismus. Zur Kritik der politischen
Kinetik, Frankfurt, 1989 (explicaciones sobre las éticas del
tratamiento de las omisiones y “frenadas” como función progresiva).
[xiv]
Remito aquí a la ola de violencia, iniciada actualmente en escuelas de
todo el mundo occidental, y sobre todo en los EEUU, donde maestros y
profesores comenzaron a instaurar mecanismos de protección contra los
alumnos. Tal como el libro, en la Antigüedad, perdió en la lucha
contra el teatro, hoy podría la escuela verse derrotada ante las
potencias educativas indirectas, la televisión, el cine violento, y
otros medios desinhibitorios, si es que no llega a surgir una nueva
estructura cultural moderadora de la violencia.
[xv]
Intérpretes de Platón como Popper pasan por alto gustosos este segundo
“libres”.
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