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¿Qué es Metafísica? 6.1. El pensamiento de Heidegger y la Metafísica La relación de Heidegger con la Metafísica ha sido desde sus comienzos muy distante. El inicio de su pensamiento, recuérdese, estaba marcado por la sospecha de que la metafísica hacía uso de una idea de ser, presencia, que jamás explicitaba y en virtud de la cual se deformaba la experiencia original del tiempo que latía en la vivencia cristiana primitiva y en el concreto vivir histórico. Sin embargo, la labor filosófica emprendida con Ser y Tiempo se sitúa en clara vecindad con el pensamiento metafísico. La idea de una nueva y mejor fundamentación de la Metafísica preside los escritos de su primera época. La apertura de la existencia al ser, su ser-ahí (Dasein), condición de posibilidad de la pregunta metafísica por el ser en cuanto tal, constituía esa pertenencia de la Metafísica a la «naturaleza del hombre» que ¿Qué es Metafísica? establecía. Sin duda, la Metafísica, como legado de la tradición, obstruía la libre mirada al hecho de lo «metafísico en el hombre», de ahí la necesidad de su destrucción fenomenológica. Pero la investigación sistemática de la «comprensión de ser», emprendida por la analítica existencial, podía proporcionar la única fundamentación válida de la Metafísica, pues sólo ella se planteaba a fondo el hecho que le sirve de fundamento. Metafísica no es, pues, el campo en que se mueve la primera obra de Heidegger, sino su fundamentación; pero en esa misma medida, «Metafísica» no posee las connotaciones fuertemente negativas que reviste en toda la obra tardía. Sólo a partir de la clara determinación, obtenida en De la esencia de la verdad, de que la verdad del ser se identifica con la manifestabilidad de las cosas, pensamiento que se propone como tarea pensar aquella se torna, en cierto sentido, antimetafísico. La Metafísica aparece, ahora y sólo ahora, como un bloque conceptual e histórico, que tiene por objeto el ente en cuanto tal y que justo por ello deja fuera de su consideración ese iluminar oculto del ser, gracias al cual lo entes aparecen. El pensamiento que quiere hacerse cargo de la verdad del ser, que busca el modo de acercarse a esa iluminación que se retrae, es ciertamente un «retorno al fundamento de la metafísica» -así tituló Heidegger la introducción que en 1949 antepuso a ¿Qué es Meta física?-: únicamente en el horizonte del ser no atendido por ella puede la metafísica exponer su objeto, el ente en cuanto ente y sus estructuras fundamentales. Si la Metafísica es, según la imagen cartesiana, las raíces del árbol de la filosofía, la verdad del ser puede considerarse el basamento o suelo en el que las raíces se hunden y del que vive el árbol entero. Pero ese fundamento es ahora algo que yace necesariamente impensado por la Metafísica, algo que ésta deja fuera en virtud de su propia estructura. El olvido del ser es el rasgo fundacional de la Metafísica: ésta, para ser ella misma, tiene que no atender al ser. Recíprocamente, el pensar de la verdad del ser tiene que no ser metafísica. El «retorno al fundamento de la Metafísica» no puede ser ya entendido como su fundamentación positiva, sino justamente como su superación: «La Metafísica sigue siendo lo primero de la filosofía. Pero no alcanza lo primero del pensar. La metafísica es superada en el pensar de la verdad del ser.» (¿Qué es Metafísica? Introducción, G. A., 9, p. 367.) Con todo rigor dejará Heidegger de designar su empresa filosófica como una Ontología fundamental, pues dicho título, en el concepto y en la expresión, se mantiene aún en esencial referencia a la Metafísica. Este despegue de la cuestión del ser respecto de toda metafísica se tornará progresivamente en alejamiento crítico, a medida que la comprensión de la esencia del discurso metafísico va poniendo de manifiesto que desde él se hace imposible todo acercamiento a la verdad del ser. La vieja tarea de «una destrucción de una historia de la ontología» adquiere ahora su pleno sentido: liberarse de la tipología metafísica es conditio sine qua non del pensar del ser.
6.2. La estructura de la metafísica a) Metafísica y diferencia ontológica
Las consideraciones que se han escogido para ser comunicadas en la presente traducción están todas y únicamente consagradas a la cuestión fundamental concerniente a la esencia y la verdad del ser. Esta cuestión fundamental hay que proponerla de una vez para .siempre; hay que llegar a la conciencia de su necesidad. No equivale en absoluto a la cuestión de la metafísica tradicional empleada hasta aquí; en efecto, ésta no interroga nunca más que sobre lo existente, sobre lo que es. Interroga sobre el ser de lo existente (Seinde, lat. ens) pero no sobre el ser mismo (sein, lat. esse) y sobre su verdad. La cuestión concerniente al ser de lo existente (tä tô ön) es, ciertamente, la cuestión directriz de la metafísica; pero no es todavía la cuestión fundamental. En esta última, la cuestión propuesta sobre el ser se convierte al punto, al mismo tiempo y necesariamente, en la cuestión de la esencia de la verdad, es decir, de la desvelación como tal, desvelación en razón de la cual venimos a encontrarnos previamente y en general en una realidad manifestada. La cuestión de la verdad no es, pues, una cuestión que apunte a una «teoría del conocimiento», pues el conocimiento no constituye sino una de las maneras de despejar y hacer propia la verdad, pero no la verdad misma.
Con estas palabras presentaba Heidegger la traducción francesa de ¿Qué es Metafísica? La neta distinción entre la cuestión del ser, pensada como la cuestión general del ámbito de claridad, «en razón del cual venimos a encontrarnos previamente y en general en una realidad manifestada», y la cuestión de qué y cómo es lo que aparece en él, la realidad manifestada, el ente, va a permitir a Heidegger una tipificación de la metafísica no lograda hasta ahora. Tal tipificación sólo es posible para quien, en algún sentido, se sitúa fuera de ella. La paradoja del pensamiento heideggeriano estriba en que la puerta por la que ha podido salir de la metafísica y contemplar así su entero edificio es el más clásico y metafísico de los conceptos, «ser». Este hecho fundamental otorga a la crítica heideggeriana a la metafísica una posición excepcional dentro del criticismo antimetafísico de la filosofía moderna; pues no se trata de un rechazo meramente externo, asentado en una posición ajena más o menos sólida, sino del alejamiento de quien ha hecho la experiencia de la metafísica y ha comprendido -al menos en la intención- su propia esencia. ¿Qué es metafísica? Una clara respuesta a esta pregunta se consigue cuando se ha llegado a establecer con nitidez la diferencia entre ser y ente. La diferencia ontológica, presente ya en Ser y Tiempo, recibe una determinación más precisa cuando, sobre el telón de fondo de la verdad, se percibe que el ser como ámbito de iluminación que hace aparecer a las cosas no es algo de éstas ni de mí mismo, sino un acontecer que, al dejar que los entes se muestren, se retrae a un segundo plano y no aparece como tal. Precisamente por ello no es una cosa ni puede ser pensado sobre el modelo de la cosa. ¿Cómo hay entonces que pensarlo? Este es justamente el problema. Pero la diferencia está ahí, insuperable e irrenunciable, Ella es suficiente para ver la metafísica a una nueva luz. La paradoja del proceso de iluminación o manifestabilidad, en el que el hecho de la iluminación misma no aparece en favor de lo iluminado, proporciona a Heidegger el esquema básico de interpretación de la metafísica en su conjunto y de cualquiera de sus épocas. Es lo que Heidegger llama el «paso atrás» (Schritt zurück), «que determina el carácter de nuestro diálogo con la historia del pensamiento occidental». Se trata de que el pensamiento no se queda en el contenido, en las tesis explícitas de una filosofía, sino que, guiado por el pensamiento de la diferencia ontológica, busca en ella lo no pensado, lo no preguntado, pero que late como el fundamento sobre el cual se mueve. De esta manera, el paso atrás nos saca, en cierto sentido, fuera de lo pensado en la filosofía, pero para llevarnos a su esencia, esto es, a lo que la hace ser y que no se ve en el interior de ella misma. «La diferencia entre ente y ser es el ámbito dentro del cual la metafísica, el pensamiento occidental en la totalidad de su esencia, puede ser lo que es. El paso atrás se mueve, según esto, desde la metafísica a la esencia de la metafísica.» (Identidad y Diferencia, p. 41.)
b) La estructura ontoteológica de la metafísica ¿Cuál es entonces la esencia de la metafísica? Para poder acercarnos a ella es necesario acudir no a las respuestas o teorías metafísicas diversas, sino a la pregunta fundacional que origina el estilo y la estructura del pensamiento metafísico. Esta es la pregunta aristotélica ¿qué es el ente? (tä tô ön). La metafísica trata con ella de pensar el ente como ente y en total, es decir, lo que es en su totalidad. Ahora bien, en el mismo instante en que plantea el ente en cuanto ente, pre-piensa el ser como su horizonte necesario. La metafísica no sería lo que es sin entrever el ser como el oscuro fundamento del ente. Pero ¿cómo recoge la metafísica este hecho? Ante todo, viendo el ser como el ser del ente. Y esto de doble manera. En primer lugar, entendiendo ser como la esencia del ente, la entidad (oésÛa), es decir, los rasgos principales y universales que constituyen todo ente por el mero hecho de serlo. Es la respuesta a la pregunta qué es: el común denominador de algo, en nuestro caso, el ente. Pero también puede ser entendido en el sentido del fundamento último que los hace ser: aquello que, realizando en grado sumo la entidad, los caracteres del ente, es el origen del ente. Tal es la idea del ser supremo, el concepto metafísico de Dios. La metafísica posee ab origine una estructura ontoteológica. El mismo movimiento que lleva a la totalidad del ente lleva al fundamento que hace posible esa totalidad. La metafísica responde a la impronta del ser como lñgow, como fundamento unificante que reúne las cosas en una estructura común y las hace ser. «Porque el ser aparece como fundamento, el ente es lo fundado, y el ser supremo es lo fundante en el sentido de la primera causa. Si la Metafísica piensa el ente con referencia al fundamento común a todo ente entonces es Lógica Onto-lógica. Si la Metafísica piensa el ente en cuanto tal en su totalidad, esto es, con respecto al ente supremo, fundante de todo, entonces es Lógica Teo-lógica.» (Identidad y diferencia, p. 63.)
c) La Metafísica como olvido del ser Al establecerse como ontoteología ¿piensa la metafísica el ser? La respuesta de Heidegger es tajante: no. La metafísica no se hace cargo del ser mismo como ámbito en el que los entes son, sino que al pensar el ente en cuanto ente se vuelca en lo presente, en lo manifiesto y, por tanto, desligándolo de su origen en el proceso de iluminación. La prueba más palpable de que el ser no es pensado por la metafísica está en que los conceptos que parecen recogerlo, la entidad y el ser supremo, son formas del ente, es decir, de algo que ya se mueve en la Lichtung del ser: la entidad es la ausencia o estructura fundamental de lo real, el ser supremo es un ente, un algo que es, un ens realissimum. La metafísica no puede tomar sobre sí el intento de pensar el hecho de que el ser desaparece en los entes justo para que éstos sean. Y ello porque el movimiento fundacional de la metafísica consiste en aferrarse al estado terminal del proceso de iluminación, el ente en cuanto tal. Y aunque éste suponga el ser y, por tanto, yazga en la metafísica una oscura conciencia de la diferencia ontológica, ésta es inmediatamente alejada en favor de lo patente, el ente, sus estructuras y su fundamento. Sólo a ello puede atender el pensamiento metafísico y cumple así con su lógica interna: superar lo dado, el ente, hacia su ser, entendido en el sentido apuntado. El olvido del ser forma parte de la estructura misma de la metafísica. Sin embargo, este olvido no es experimentado por la propia metafísica: ella, a su manera, cree responder a la cuestión del ser: «La metafísica no contesta nunca a la pregunta por la verdad del ser porque jamás plantea esta cuestión. Y no la plantea porque sólo piensa el ser al representar el ente en cuanto tal. Dice el ente en total y habla del ser. Nombra el ser y dice el ente en cuanto ente. Los enunciados de la metafísica se mueven de manera extraña, desde su inicio hasta su consumación, en una constante confusión de ente y ser.» (¿Qué es Metafísica?, introducción, G. A., 9, p. 370.) Con la idea del ente en cuanto tal, el ser del ente, cree la metafísica agotar sin más la idea de ser. El ser como ser, el sentido de ser o la verdad del ser, es decir, cómo acontezca y cómo haya de pensarse en sí mismo, sin referencia al ente por él fundado, ese acontecer que al iluminar desaparece, queda fuera del ámbito de la Metafísica. Pero sólo entreviendo esa posibilidad de la verdad del ser, se comprende la metafísica en su esencia. Esta permanece ligada al horizonte de la presencia: como pudimos ver al hilo de las primeras reflexiones heideggerianas sobre Aristóteles, presencia constituye la idea del ser del ente vivida en el momento de originación de la metafísica. Lo que aparece, lo que se muestra, es lo que se mantiene en la presencia, en un doble sentido; lo constante, lo permanente frente al cambio y la destrucción y lo presente como contrapuesto a lo ausente, a lo que no aparece (cfr. G. A., 45, pp. 129-130). Que el horizonte de la presencia sea el sentido implícito del ser del ente en la metafísica es lógica consecuencia de que ella no lleva lo patente hacia su originación en la ocultación del ser -que, en cuanto tal, no puede ser entendido como simple presencia-, sino que detiene y fija la mirada en lo que aparece para tratar así de conocerlo. En perfecta coherencia con el predominio de la presencia, el pensamiento metafísico entroniza la verdad como adecuación o concordancia. Heidegger ve en la teoría platónica de las ideas el momento explícito en que se produce un giro decisivo en la concepción de la verdad, consustancial a la metafísica. En La teoría platónica de la verdad nos explica Heidegger cómo hasta Platón en la palabra verdad (?lhy¡ia) latía aún una esencial referencia a lo encubierto, al fondo oculto de que provienen las cosas. «Verdad» es un carácter del ente en cuanto se mantiene des-cubierto, es decir, en cuanto surge del ocultamiento. El descubrimiento sigue estando vigente para Platón, pero éste se interesa ante todo por el aparecer de lo descubierto: el eådowes el aspecto, lo visible e inteligible, lo absolutamente presente. En cuanto tal dice una relación esencial a la mirada a él dirigida, a un ver cuya meta está en percibir la idea, en atenerse a su presencia: todo comportamiento humano queda así determinado por el mirar la idea (Ideenblick), por el atenerse a lo permanentemente presente en las cosas. Surge entonces inevitable la necesidad de conseguir un recto mirar, es decir, un mirar que se conforma, se adecua a lo mirado, a la idea. A partir de la primacía de la idea, el desocultamiento es postergado por la concordancia. Igualmente «cambia» el lugar de la verdad: de rasgo fundamental del ente pasa a característica del comportamiento humano. No obstante, en Platón y Aristóteles se mantiene una cierta ambigüedad: verdad sigue siendo un carácter del ente, en cuanto presente en el aparecer. Pero el descubrimiento ya no es algo que remita del ente al ocultamiento del ser, sino de la idea a la mirada correcta. «La presencia (Anwesung) ya no será más, como en el comienzo del pensamiento occidental, la salida de lo oculto al desocultamiento, en la cual, éste mismo, como desencubrimiento, constituye el rasgo fundamental de la presencia.» (La teoría platónica de la verdad, G. A., 9, p. 233.) Por el contrario, con Platón, «el resplandor de la idea», el aparecer de una cosa en lo que es, no refiere a ningún ocultamiento previo, sino que es el puro estar manifiesto y desde él se fija y de. termina todo desencubrir y todo lo que lo oculta (sombras, imágenes, etc.). En lugar de estar condicionado por el ocultamiento, lo patente (idea) es la condición de la posibilidad del desencubrir. «Sólo la “filosofía” que comienza con Platón tiene en lo sucesivo el carácter de lo que más tarde se llamará “metafísica”.» (O. c., p. 235.)
6.3. Metafísica como historia del ser a) La continuidad histórica de la Metafísica Hemos contemplado la estructura básica de la metafísica en la perspectiva, no experimentada por ella, de la diferencia ontológica. A su luz, ontoteología, presencia, verdad como adecuación se han mostrado como elementos intrínsecamente relacionados que constituyen eso que tradicionalmente conocemos como metafísica. El olvido del ser es su interna condición de posibilidad, el terreno en el que la metafísica se asienta. No es por tanto algo episódico, casual. La metafísica, así entendida, no es para Heidegger un mero «modelo» de pensamiento, intercambiable con otros y que podemos libremente escoger. La metafísica es, antes que nada, un modo de instalación en la realidad, que comprende hombre y mundo, por tanto, un acontecimiento esencial en el cual vivimos y que configura la entera historia de Occidente. Verla como una simple forma del «pensamiento» no es sólo subestimarla, es no comprenderla. Como acontecer, como hecho, la metafísica no se restringe a la filosofía de algunos pensadores. Su vigencia llega mucho más allá de lo que el filósofo profesional estaría dispuesto a admitir como metafísica. Es una idea capital de la reflexión heideggeriana que el pensamiento occidental, desde Platón a Nietzsche, se mueve en el campo de esa estructura caracterizada como metafísica. Desde el punto de vista del historiador de las ideas, tal continuidad esencial resulta indudablemente arbitraria: es enormemente discutible tanto que la metafísica, tal como tradicionalmente se entiende, responda al esquema, trazado por Heidegger, como que filósofos declaradamente antimetafísicos se sometan fácilmente al esquema preestablecido. Pero no hay que olvidar que la mirada heideggeriana sobre la metafísica está dirigida por la cuestión del ser, es decir, por la necesidad de rastrear en ella la experiencia del iluminar-ocultar, que es, como tal, lo no pensado, lo no dicho y que, por tanto, no comparace en el desarrollo interno de los sistemas filosóficos. El olvido del ser es así una atalaya desde la que el discurrir de la filosofía cobra una insospechada unidad, imperceptible para quien se queda en su interior, Resulta, sin embargo, asombroso que con una idea tan frágil y huidiza como el olvido del ser haya podido Heidegger realizar interpretaciones indudablemente sugerentes y profundas como las de Nietzsche, Kant, los griegos, la técnica moderna, etc. Vulnerables desde el punto de vista historiográfico, son sin embargo sumamente esclarecedoras de las opciones últimas del pensamiento occidental. Lo que indica que la exactitud, el rigor y la pulcritud filológica no pueden ser el único criterio para enjuiciarlas. Pero no se trata ahora de ocuparnos de las interpretaciones heideggerianas de las filosofías, sino de comprender cómo la metafísica como acontecimiento suministra una posibilidad de proseguir elaborando la cuestión del ser.
b) Metafísica, destino y épocas del ser La metafísica es olvido del ser, Si pensamos ahora en ese olvido, es decir, si no lo abandonamos, olvidamos a su vez -que es la forma en que el olvido impera en la metafísica-, sino que tratamos de hacernos cargo de él, podemos quizá dar algún paso más en la cuestión del ser. El olvido del ser, lo hemos visto, es estructural, necesario para la metafísica: al in-sistir en el ente no aparece el ser. Ahora bien, ese atenimiento de la metafísica al ente ¿es a su vez necesario?, ¿no es por el contrario el resultado de una opción, tomada en un momento dado de la historia y que ha condicionado su posterior desarrollo?, ¿podemos representarnos la metafísica sólo como un producto humano, de Platón por ejemplo, o de una colectividad? No. Si volvemos al concepto de libertad ex-sistente de De la esencia de la verdad podemos fácilmente darnos cuenta de que toda opción, toda decisión humana supone el previo estar en el ser como ámbito de manifestabilidad, a partir del cual pueden aparecer lo que se va a decidir y el hombre mismo. El ser precede toda posible opción metafísica. Si la libertad pudiera decidir atenerse al ser en, vez de al ente, eso significaría que sería dueña del ser, que podría dejarlo o acogerlo a voluntad. Pero -lo hemos comprobado- tal posibilidad es radicalmente ajena a la libertad. La metafísica no es ella misma responsable del olvido del ser. Ello significa que éste «no puede tener su fundamento en una mera negligencia del pensamiento o en una superficialidad del decir.» (¿Qué es Metafísica?, introducción, G. A., 9, p. 370.) No cabe entonces otra alternativa que ver la necesidad del olvido del ser, que radica en la estructura de la metafísica, emanando a su vez de una necesidad que proviene del ser mismo. Y esta es la posición de Heidegger, expresada especialmente en la meditación sobre el nihilismo europeo de su largo curso sobre Nietzsche. «La metafísica se considera y se sabe a sí misma -incluso allí donde no se expresa como ontoteología- como el pensar que constantemente piensa “el ser”, aunque sólo en el sentido del ente en cuanto ente. Sin embargo, la metafísica no conoce este “aunque”. Y lo desconoce no porque ella rechace pensar el ser mismo, sino porque el ser mismo no aparece (ausbleit). Si esto es así, entonces lo no pensado no proviene de un pensar que omite algo.» (Nietzsche, II, p. 353.) Si la metafísica se funda en el ocultamiento del propio ser, entonces ella es una indicación para pensar el ser mismo. En efecto, la metafísica se centra en el ente en cuanto ente. La patencia de éste, su desocultamiento permanece como tal desocultamiento (como referencia a lo oculto de que proviene) impensado, no por un defecto de la metafísica, sino porque el ser mismo se contrae, digámoslo así y desaparece. El ser está entonces presente en la metafísica en la forma de la ausencia. Tal ausencia no hay que entenderla como la reducción del ser a los entes: la diferencia ontológica es insuprimible y reaparece siempre. Tampoco como la de algo -cosa o persona- que ha estado presente y luego se retira dejando su ausencia. Si la metafísica emana de una necesidad del ser mismo y éste no puede ser un algo determinado, entonces el ser no es algo que esté tras su ausencia, sino la ausencia misma. «El no aparecer del ser es el ser mismo como este no aparecer. El ser no está separado para sí mismo en algún lugar y por ello no aparece, sino: el no aparecer del ser como tal es el ser mismo» (ibidem). La experiencia del olvido del ser, contenido en la metafísica, es a su modo -el único posible-, una «experiencia» del ser mismo. Que la metafísica se funda en una necesidad basada en el propio ser, en su retirada (Entzug) o ausencia, lo expresa Heidegger mediante la palabra Geschick, destino. Hay que tratar de entender la metafísica como un destino originado en el ser, lo cual conlleva la idea de que su modificación no depende de la propia filosofía y acentúa a la vez en la metafísica su carácter de hecho en el cual estamos y no de simple producto de la inteligencia humana: «si (el ente) aparece y cómo aparece, si el Dios y los dioses, la historia y la naturaleza vienen a la iluminación del ser, se presentan y se ausentan, sobre todo esto no decide el hombre. El advenimiento (Ankunft) del ente descansa en el destino (Geschick) del ser.» (Carta sobre el humanismo, G. A., 9, p. 330.) Destino significa aquí destinación en el sentido activo de que el ser mismo envía, destina a la metafísica a conceptuar el ente de esta o aquella manera. Tales expresiones chocan desde luego con el carácter no personal -no óntico- del ser, pero probablemente Heidegger no encuentra mejor modo de subrayar el componente de necesidad que yace en esa retirada del ser que funda la metafísica. La palabra destino posee también un claro sabor histórico, una clara referencia a la historia. Y así es efectivamente. Hemos dicho antes que la metafísica es un acontecer y como tal se desenvuelve en la historia. La sucesión de figuras o formas de metafísica, desde Platón hasta Nietzsche, no puede ser, a la luz de cuanto llevamos visto, tan sólo un desarrollo interno de teorías filosóficas. Si el modo como la metafísica descubre la esencia de lo real nunca es una libre decisión de ella misma, los cambios en ese descubrir tienen su raíz en el destinar del ser, son el destino del ser. Lo cual significa que la historicidad no es una variable introducida por la existencia humana ni un producto del transcurso del tiempo. En un críptico texto de La sentencia de Anaximandro (Holzwege, G. A., 5, p. 337) relaciona Heidegger el retraerse del ser con las épocas históricas mediante la adopción de la palabra griega ¤pox®. Tal vocablo, de origen estoico, fue utilizado, como sabemos, por Husserl para expresar la abstención o suspensión de todo juicio sobre la realidad. Heidegger lo emplea ahora para nombrar la retracción del ser en la manifestación de los entes. Y así, la epojé del ser funda una época histórica, una determinada manera de aparecer el mundo y el hombre en él. La misma idea de una Historia del ser (Seinsgeschichte) se refiere originariamente a ese destinar (Geschick) del ser, que envía a la vez que se retrae (El principio de razón, p. 114). Dejando a un lado la oscuridad intrínseca de este pensamiento, la línea básica de la argumentación heideggeriana parece coherente: el devenir histórico de la Metafísica sólo puede ser entendido, en la perspectiva del olvido del ser, como épocas del ser mismo, como «envíos» del ser que establecen la forma en que el ente ha de aparecer en cada caso. De esta manera, la historia de la metafísica descansa en la historia del ser. Pero en la medida en que éste no es más que el enviar o destinar que se retrae, la metafísica, en cuanto acontecer de esta retracción es la historia del ser mismo. La ausencia del ser es el propio ser, decíamos. En consecuencia historia de la metafísica como ausencia del ser es la propia historia de éste. Tal historia del ser no puede representarse como un conjunto de acontecimientos que suceden fuera de la historia humana -al modo de una historia paralela- sino como la misma historia humana en cuánto regida por un destinar que la posibilita, que no puede ser pensado como ente o cosa, y que por ello no puede tener una historia propia y aparte. Por eso dirá Heidegger que «sólo hay ser en esta o aquella impronta destinal (geschickliche Prägung): fæsiw, lñgow, ¦n, Ûd¡a, ¤n¡rgeia, sustancialidad, objetividad, subjetividad, voluntad de poder, voluntad de voluntad.» (Identidad y diferencia, p. 58.) El ser sólo se da haciendo que se manifieste -lo que significa a su vez su propia no aparición- de diversas maneras la entidad, el ser de las cosas. «La historia de la metafísica es, en cuanto historia del desocultamiento del ente como tal, la historia del ser mismo.» (Nietzsche, II, p. 379.) La idea de una historia del ser reabre, en cierto sentido, la problemática de la parte no escrita de Ser y Tiempo, que debía tratar de la temporalidad del ser, no ya de la existencia. La destinación del ser, que funda las épocas de la metafísica, ha de ser entendida ella misma como histórica, temporal, de lo contrario carecería de sentido: «la esencia epocal del ser pertenece al oculto carácter temporal de éste y designa la esencia del tiempo pensada en el ser» (La sentencia de Anaximandro, Holzwege, G. A., 5, p. 338). Cabría reintroducir la terminología de Ser y Tiempo y decir que el ser se temporaliza abriendo las distintas épocas de la metafísica. Pero cómo haya de entenderse el tiempo del ser, cuál es su relación con el tiempo de la historia, qué es el tiempo respecto del ser mismo, son puntos de gran oscuridad que tocan los momentos más abismáticos del pensamiento heideggeriano, y sólo pueden ser aquí problemáticamente mencionados.
6.4. La historia del ser como disolución de la filosofía de la subjetividad Con el pensamiento de la historia del ser, Heidegger lleva al extremo su oposición a toda forma de subjetivismo. Todas las acciones, decisiones y pensamientos humanos se mueven en el terreno histórico ya abierto por el destinar epocal del ser. «La historia del ser, nos dirá La carta sobre el humanismo, soporta y determina toda situación y condición humana.» Si la existencia humana no podía ser fundamento y dueña de sí misma, ahora esta imposibilidad recibe un espaldarazo definitivo: el mundo histórico, la forma en que el hombre se encuentra en la realidad, no es, en ningún caso, producto de la subjetividad, empírica o trascendental, sino destinación del ser. La negativa de Heidegger a considerar su pensamiento como humanismo, radica en que éste es siempre una forma de subjetivismo, un intento de situar al hombre «en el centro del universo» y fundar en él, de una u otra manera, la realidad. Por el contrario, el pensamiento de la historia del ser muestra que «la humanitas del homo humanus está determinada desde una interpretación ya establecida de la naturaleza, de la historia, del mundo, de la causa del mundo, es decir, de la totalidad del ente» (Carta sobre el humanismo, G. A., 9, p. 321). La metafísica, como historia del ser, funda una época histórica y sólo en el seno de ella la acción humana y el hombre mismo tienen sentido.
6.5. La superación de la Metafísica La idea de la metafísica como historia del ser otorga , una mayor precisión a la tarea de una superación de la metafísica que preside las reflexiones de la obra tardía de Heidegger. La imagen que de «superación» debemos traer aquí no es la del dejar algo de lado, abandonarlo o rechazarlo. Tampoco la de una evolución que, en un estadio nuevo, deja atrás una fase anterior. El pensar de la verdad del ser que «supera» la metafísica no es un estadio evolucionado en el desarrollo del pensamiento. La metafísica sólo la superamos en cuanto realizamos en ella la «experiencia» del olvido del ser. «Pensada desde la historia del ser, “superación de la metafísica” quiere decir siempre y sólo: abandono de la interpretación metafísica de la metafísica. El pensar deja la mera “metafísica de la metafísica” al llevar a cabo el paso atrás desde la omisión del ser a su ausencia.» (Nietzsche, II, p. 370.) El paso atrás supera la metafísica al no mantenerse dentro de las representaciones metafísicas en las que el ser está sencillamente omitido, y el olvido del ser olvidado, sino que las experimenta como la donación-retracción del ser, como la ausencia del ser que es el ser mismo. Paradójicamente la superación de la metafísica se torna así una repetición de ella. El pensar (Denken) se vuelve recuerdo (Andenken) de la historia del ser, que sólo puede leerse en la historia de la metafísica. Repetir, recordar la historia de la metafísica en la dirección de lo no pensado por ella es su verdadera superación y a la par «experiencia» del ser mismo. Por ello, la interpretación de la historia de la metafísica no es un apéndice al proyecto sistemático de elaborar la cuestión del ser; es su propio centro.
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