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LA FRASE DE PROTÁGORAS
Según la traducción corriente, esto significa: «Medida de todas las cosas es el hombre, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son». Se podría creer que está hablando Descartes. La frase muestra, en efecto, con suficiente claridad el «subjetivismo» muchas veces señalado de la sofistica griega. Para no ser llevados a confusión en la interpretación de esta sentencia por la irrupción de pensamientos modernos, intentaremos en primer lugar una traducción que sea más adecuada al pensamiento griego. La «traducción» contiene ya, por supuesto, la interpretación.
«De todas las “cosas” (de aquellas que el hombre tiene en utilización y en uso y, por lo tanto, continuamente a su alrededor: (xr®mata, xq°syai) es el (respectivo) hombre la medida, de las presentes de que presencien tal como presencian, de aquellas, en cambio, a las que les es rehusado presenciar, de que no presencien.»
Se habla aquí del ente y de su ser. Se alude al ente que presencia desde sí en el entorno del hombre. Pero ¿quién es allí «el» hombre? ¿Qué quiere decir aquí nyrvpow? A esta pregunta nos responde Platón, que en el pasaje en el que comenta la frase le hace preguntar a Sócrates (con el sentido de una pregunta retórica): oékoèn oìtv pvw l¡gei, Éw oåa m¢n §kasta ¤moi faÛnetai toiaèta m¢n ¦stin ¤moÞ, oäa d¤ soi, toiaèta d¤ að soi:nyrvpow d¤ sæ te kŽgÅ; «¿No lo comprende (Protágoras) de cierto modo así: tal como algo se me muestra en cada caso, de ese aspecto es para mí; tal como se aparece a ti, así es a su vez para ti? ¿Pero hombre eres tanto tú como yo?» Por lo tanto, «el hombre» es aquí el «respectivo» hombre (yo y tú y él y ella); cualquiera puede decir «yo»; el respectivo hombre es el respectivo «yo». Pero con esto se atestigua entonces de antemano -casi hasta en las palabras mismas- que se trata del hombre comprendido «yoicamente», que el ente en cuanto tal se determina de acuerdo con la medida proporcionada por el hombre así definido, que por consiguiente tanto aquí como allí, en Protágoras y en Descartes, la verdad sobre el ente tiene la misma esencia, considerada y medida por medio del «ego». Y sin embargo sucumbiríamos a una fatal equivocación si supusiéramos que las posiciones metafísicas fundamentales son del mismo tipo basándonos en una cierta igualdad de las palabras y los conceptos utilizados, los contenidos de los cuales, para la usual comparación historiográfica de opiniones doctrinales ya dadas, quedan confundidos y aplanados en la indeterminación de conceptos «filosóficos» de la máxima generalidad. Pero puesto que nuestro camino nos ha conducido a plantear de modo fundamental la pregunta por la relación del hombre con el ente en cuanto tal en su totalidad y por el papel del hombre en esa relación, para distinguir rectamente la sentencia de Protágoras de la frase de Descartes tenemos que delimitar los respectos adecuados. Los respectos de acuerdo con los cuales tenemos que distinguir sólo pueden ser aquellos por los que se determina la esencia de una posición metafísica fundamental. Resaltaremos cuatro factores. Una posición metafísica fundamental se determina: 1) por el modo en el que el hombre en cuanto hombre es él mismo y se sabe así a sí mismo; 2) por el proyecto del ente en dirección al ser; 3) por la delimitación de la esencia de la verdad del ente; 4) por el modo en que el hombre en cada caso toma y da la «medida» para la verdad del ente. Por qué y hasta qué punto la mismidad del hombre, el concepto de ser, la esencia de la verdad y el modo en que se da la medida determinan de antemano una posición metafísica fundamental, sostienen a la metafísica en cuanto tal y la convierten en la estructura del ente mismo, todo esto no puede ya preguntarse desde la metafísica y por intermedio de la metafísica. Ninguno de los cuatro momentos esenciales de una posición metafísica fundamental que se acaban de citar puede ser comprendido separado de los demás, cada uno caracteriza ya, en un respecto, la totalidad de una posición metafísica fundamental. La frase de Protágoras dice inequívocamente que «todo» ente está referido al hombre en cuanto ¤gÅ (yo) y que el hombre es la medida del ser del ente. ¿Pero de qué tipo es esta referencia del ente al «yo», suponiendo que para entender la sentencia pensemos de modo griego y no introduzcamos en ella inadvertidamente representaciones del hombre como «sujeto»? El hombre percibe lo presente en el entorno de su percibir. Este presente se mantiene en cuanto tal y de antemano en un ámbito de accesibilidad, ya que este ámbito es un ámbito de desocultamiento. La percepción de lo presente se funda en el permanecer de éste en el interior del ámbito del desocultamiento. Nosotros, hombres de hoy, y algunas generaciones antes de nosotros, hace tiempo que hemos olvidado este ámbito del desocultamiento del ente y sin embargo recurrimos constantemente a él. Opinamos que un ente se vuelve accesible por el hecho de que un yo, en cuanto sujeto, representa un objeto. ¡Como si para ello no tuviera que imperar previamente una dimensión abierta, dentro de cuya apertura pueda volverse accesible algo como objeto para un sujeto y pueda la accesibilidad misma ser recorrida como algo experimentable! Los griegos, en cambio, aunque de modo suficientemente indeterminado, sabían de este desocultamiento, entrando en el cual el ente presencia y que de cierto modo lleva a éste consigo. A pesar de todo lo que se ha acumulado desde entonces entre los griegos y nosotros en cuanto a interpretación metafísica del ente, podemos recordar este ámbito de desocultamiento y experimentarlo como aquello en lo que reside nuestro ser hombre. Es posible atender de modo suficiente al desocultamiento sin que volvamos a ser y pensar de modo griego. Por demorarse en el ámbito de lo desoculto el hombre pertenece a un entorno fijo formado por lo que le es presente. Por la pertenencia a este entorno se asume al mismo tiempo un límite frente a lo no presente. Aquí, por lo tanto, el sí mismo del hombre queda determinado como el respectivo «yo» por la limitación a lo desoculto que lo rodea. La limitada pertenencia al entorno de lo desoculto contribuye a constituir el ser sí mismo del hombre. El hombre se convierte en ¤gÅ por la limitación, y no por un volverse ilimitado en el modo de que el yo que se representa a sí mismo se eleve previamente a medida y centro de todo el ente. «Yo» es para los griegos el nombre para el hombre que se inserta en esta limitación y de ese modo, cabe sí, es él mismo. El hombre que está en la relación fundamental con el ente experimentada de modo griego es m¡tron, medida, en cuanto deja que la mesura que se atiene al entorno de lo desocupo, limitado para el respectivo sí mismo, se convierta en rasgo fundamental de su esencia. Esto encierra, al mismo tiempo, el reconocimiento de un desocultamiento del ente y la admisión de una indecidibilidad acerca de la presencia y la ausencia, acerca del aspecto del ente en general. Por eso dice Protágoras (Diels, Die Fragmente der Vorsokratiker, Protágoras, B 4) perÜ m¢n yeÇn oék ¦xv eÞd¡nai, oéyƒ Éw oék eÜsÜn oëyƒ õpoÝoÛ tinew Þd¡an. «Acerca de los dioses no estoy en condiciones de saber algo (esto quiere decir, en griego: de recibir en la «visión» algo desoculto), ni de que son ni de que no son, ni de cómo son en cuanto a su aspecto»; pollŒ gŒr tŒ kvlæonta eÞd¡nai ´ tƒ Ždhlñthw kaÜ braxçw Ên õ bÛow toè ŽnyrÅpou, «pues es múltiple lo que impide percibir el ente como tal; tanto el no revelarse (es decir el ocultamiento) del ente como la brevedad de la historia del hombre». ¿Podemos sorprendernos de que Sócrates, ante esta sabiduría de Protágoras, dijera de él (Platón, Teeteto, 152 b): eÞkòw m¡ntoi sofòn ndra m¯ lhreÝn «es de suponer que, siendo (Protágoras) un hombre sabio, no habla (en su sentencia acerca del hombre como m¡tron p‹ntvn xrhm‹tvn) simplemente por hablar»? El modo en el que Protágoras determina la relación del hombre respecto del ente no hace más que recalcar la limitación del desocultamiento del ente al respectivo entorno de la experiencia que se hace del mundo. Esta limitación presupone que impera el desocultamiento del ente, más aún, que ese desocultamiento ya ha sido experimentado como tal y elevado al saber como carácter fundamental del ente mismo. Esto ocurrió en las posiciones metafísicas fundamentales de los pensadores del inicio de la filosofía occidental: en Anaximandro, Heráclito y Parménides. La sofistica, dentro de la que se cuenta a Protágoras como su principal pensador, sólo es posible sobre la base y como un derivado de la sofÛa, es decir de la interpretación griega del ser como presencia y de la determinación griega de la esencia de la verdad como Žl®yeia (desocultamiento). El hombre es en cada caso la medida de la presencia y el desocultamiento mediante la mesura y la limitación que se atiene a lo abierto más próximo, sin negar lo cerrado más lejano ni arrogarse una decisión sobre su presencia y ausencia. Aquí no hay en ningún lado la menor huella de que se piense que el ente en cuanto tal tenga que regirse por el yo basado sobre sí mismo como sujeto, de que este sujeto sea el juez de todo ente y de su ser, y de que, gracias a esa función judicial, decida desde la certeza incondicionada sobre la objetividad de los objetos. Aquí, por último, tampoco hay huella de ese proceder de Descartes que intenta incluso demostrar como incondicionalmente cierta la esencia y la existencia de Dios. Si pensamos en los cuatro «momentos» que determinan la esencia de la metafísica puede decirse ahora lo siguiente respecto de la sentencia de Protágoras: 1) El «yo» se determina para Protágoras por la pertenencia, en cada caso limitada, a lo desoculto del ente. El ser sí mismo del hombre se funda en la fiabilidad del ente desoculto y de su entorno. 2) El ser tiene el carácter esencial de la presencia. 3) La verdad es experimentada como desocultamiento. 4) «Medida» tiene el sentido de mesura que se atiene al desocultamiento. Para Descartes y su posición metafísica fundamental, todos estos momentos tienen un significado diferente. Su posición metafísica fundamental no es independiente de la metafísica griega, pero está esencialmente alejada de ella. Puesto que hasta ahora la dependencia y el alejamiento nunca habían sido claramente distinguidos, ha sido posible que volviera siempre a introducirse furtivamente el engaño de que Protágoras sería de algún modo el Descartes de la metafísica griega; así como también ha sido posible aducir que Platón sería el Kant de la filosofía griega y Aristóteles su Tomás de Aquino. A:
15: El dominio del sujeto en la época moderna
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