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LA DISTINCIÓN DE SER Y ENTE Y LA NATURALEZA DEL HOMBRE
Lo que Kant dice aquí respecto de la metafísica como una «especulación» desarrollada, o en desarrollo, de la razón, a saber, que es una «disposición natural» (ib., B 22), vale tanto más respecto de aquello sobre lo que se funda toda metafísica. Este fundamento es la distinción de ser y ente. Esta distinción es quizás el auténtico núcleo de la disposición de la naturaleza humana a la metafísica. ¡Pero entonces la distinción sería algo «humano»! ¿Y por qué no habría de ser esta distinción algo «humano»? Esta circunstancia podría servir para aclarar de la mejor manera y de modo definitivo la posibilidad y la necesidad de la exigencia planteada por Nietzsche de que los filósofos tendrían por fin que tomarse en serio la humanización de todo ente. Si la disposición metafísica natural del hombre y el núcleo de tal disposición es aquella distinción de ser y ente, de manera tal que de ella surge la metafísica, entonces con el retroceso a esa distinción hemos ganado el origen de la metafísica y al mismo tiempo un concepto más originario de la misma. Aquello que en un principio buscábamos preguntando de modo indeterminado, la relación del hombre con el ente, en el fondo no es otra cosa que la distinción de ser y ente que pertenece a la disposición natural del hombre; en efecto, sólo porque el hombre distingue de ese modo puede, a la luz del ser así distinguido, comportarse respecto del ente, o sea, estar en relación con el ente, lo que quiere decir: estar determinado de modo metafísico y por la metafísica. ¿Pero es efectivamente esta distinción de ser y ente la disposición natural e incluso el núcleo de la disposición natural del hombre? ¿Qué es entonces el hombre? ¿En qué consiste la «naturaleza» humana? ¿Qué quiere decir aquí naturaleza, qué quiere decir hombre? ¿Desde dónde y cómo debe determinarse la naturaleza humana? Pues es necesario efectuar esta delimitación esencial de la naturaleza del hombre si queremos comprobar en ella la disposición a la metafísica, si debemos demostrar incluso que la distinción de ser y ente es el núcleo de tal disposición. ¿Pero podríamos jamás determinar la esencia del hombre (su naturaleza) sin tomar en consideración la distinción de ser y ente? ¿Esta distinción se obtiene sólo como consecuencia de la naturaleza del hombre o bien la naturaleza y la esencia del hombre se determinan previa y simplemente sobre la base de esta distinción y a partir de ella? En el segundo caso, la distinción no sería un «acto» entre otros que el hombre, que ya estaría previamente, llevaría a cabo alguna vez, sino que, por el contrario, el hombre sólo podría ser como hombre en la medida en que se mantuviera en esa distinción, en la medida en que sea sustentado por ella. En ese caso, la esencia del hombre tendría que construirse sobre una «distinción». ¿No es éste acaso un pensamiento fantasioso? ¿No es absolutamente fantasioso, puesto que esa distinción misma, de esencia indeterminada, estaría en cierto modo construida en el aire como un espejismo? Tenemos el presentimiento de que entramos aquí en la región, o quizás sólo en la región marginal más externa, de una pregunta decisiva que la filosofía hasta ahora ha eludido, aunque en el fondo ni siquiera ha podido eludirla, pues para ello tendría que haber encontrado previamente la pregunta por la distinción. Presentimos quizás que detrás de la confusión y la tensión que se extienden a propósito del «problema» del antropomorfismo está la citada pregunta decisiva, que, como todas las de su tipo, encierra en sí una determinada riqueza esencial de preguntas concatenadas entre sí. La plantearemos una vez más, limitándonos a lo más próximo para nuestra tarea: ¿Se funda toda metafísica en la distinción de ser y ente? ¿Qué es esta distinción? ¿Se funda esta distinción en la naturaleza del hombre o se funda la naturaleza del hombre en esta distinción? ¿Es esta alternativa insuficiente? ¿Qué quiere decir aquí fundar en cada uno de los casos? ¿Por que pensamos aquí en términos de fundar y preguntamos por el «fundamento»? ¿No es también esto, lo que tiene el carácter de fundamento, un rasgo esencial del ser? ¿Preguntamos por lo tanto en todos estos giros interrogativos por la relación del hombre con el ser, relación que en ninguna pregunta puede pasarse por alto pero a la que no ha llegado, sin embargo, ninguna pregunta? Porque siempre nos encontramos de inmediato obligados a tomar al hombre como algo dado a lo que después le atribuimos esa relación con el ser. A esto corresponde la inevitabilidad que posee el antropomorfismo, que mediante la metafísica de la subjetividad ha recibido incluso su justificación metafísica. ¿No se vuelve de este modo intangible la esencia de la metafísica como la región que no debe transgredir ningún preguntar filosófico? La metafísica sólo podrá a lo sumo referirse a sí misma, y de este modo satisfacer por su parte, en última instancia, la esencia de la subjetividad. La meditación de la metafísica acerca de la metafísica sería entonces «la metafísica de la metafísica». De ella habla, en efecto, aquel pensador que ocupa dentro de la historia de la metafísica moderna una posición entre Descartes y Nietzsche que no puede delimitarse con unas pocas palabras. Kant remite la metafísica en cuanto «disposición natural» a la «naturaleza del hombre». ¡Como si la «naturaleza del hombre» estuviera determinada de modo unívoco! ¡Como si la verdad de esa determinación y la fundamentación de esa verdad no fueran en absoluto problemáticas! Podemos, por supuesto, señalar que el propio Kant (cfr. Kant und das Problem der Metaphysik, 1929, pág. 197 ss.; 2.a ed., pág. 185 ss.) quiere expresamente que las cuestiones fundamentales de la metafísica y de la filosofía en general se remitan a la pregunta: «¿qué es el hombre?». Podemos mostrar, incluso, por medio de una interpretación rectamente conducida de la filosofía kantiana, que Kant analiza la «naturaleza interna» del hombre y para ello hace uso de la distinción de ser y ente, y que reivindica como la esencia de la razón humana algo que señala en dirección de esa distinción. En efecto, Kant demuestra que, y cómo, el entendimiento humano piensa de antemano, a priori, en categorías, y que por medio de ellas se posibilita una objetividad de los objetos y un «conocimiento objetivo». Y sin embargo, Kant no pregunta qué carácter tiene este pensar en categorías, lo toma simplemente como un factum de la razón humana, es decir de la naturaleza del hombre, que también para Kant, de acuerdo con la antigua tradición, está determinada por la aserción: homo est animal rationale, el hombre es un ser viviente racional. Pero la razón se comprende, desde Descartes, como cogitatio. La razón es la facultad de los «principios», una facultad de re-presentar de antemano aquello que determina todo lo representable en cuanto a su representatividad, el ser del ente. La razón seria, entonces, la facultad de la distinción de ser y ente. Y puesto que la razón caracteriza a la esencia del hombre, pero éste, pensado modernamente, es sujeto, la distinción de ser y ente, y ya la facultad de tal distinción, se desvela como una propiedad de la subjetividad y quizás como su dotación básica. En efecto, la esencia del subiectum que llega a destacarse en el comienzo de la metafísica moderna es la representación misma en la plenitud de su esencia: «razón» (ratio) no es más que otro nombre de cogitatio. Sin embargo, no hemos avanzado nada con estas reflexiones. Nos encontramos en el ámbito de una pregunta que todavía no ha sido decidida, más aún, de una pregunta que todavía no ha sido preguntada y que, abreviada, reza así: ¿Se funda la distinción de ser y ente en la naturaleza del hombre, de manera tal que esta naturaleza puede caracterizarse por esa distinción, o bien la naturaleza del hombre se funda en esa distinción? En el segundo caso, la distinción misma no sería ya algo «humano» y no podría ser colocada en una «facultad del hombre», ni en una «potencia» ni en un «acto». Este tipo de colocación se fue volviendo cada vez más corriente en el pensamiento moderno, con lo que finalmente se llega a proclamar al antropomorfismo, o «biologismo» o como quiera que se denomine a ese modo de pensar, como la verdad absoluta que resulta evidente hasta para el más irreflexivo. En qué modo y en qué respecto lleguemos a un concepto más originario de la metafísica depende de la resolución de la citada pregunta decisiva. Sólo ahora se muestra lo buscado con un concepto tal de metafísica: no un concepto mejor o «más radical», como si el «radicalismo» tuviera de por sí siempre un mayor peso. Buscamos más bien penetrar en el fundamento de la metafísica porque queremos experimentar en él la distinción de ser y ente o, con más exactitud, lo que sustenta a la distinción misma en cuanto tal: la relación del hombre con el ser. Sólo podremos preguntar rectamente la pregunta decisiva si previamente experimentamos con mayor claridad lo que se denomina «distinción de ser y ente». A:
29. El ser como vacío y como riqueza
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