Martin Heidegger
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EL NIHILISMO EUROPEO
Martin Heidegger

Traducción de Juan Luis Vermal, en HEIDEGGER, M., Nietzsche II, Ediciones Destino, Barcelona, 2000.

 

LA INTERPRETACIÓN «MORAL» DE LA METAFÍSICA POR PARTE DE NIETZSCHE

La corporación estudiantil "Franconia", Nietzsche el 2º de la 2ª filaSi la «verdad», es decir lo verdadero y real, es colocado fuera y elevado a un mundo en sí, lo que propiamente es aparece como aquello a lo que debe subordinarse toda vida humana. Lo verdadero es lo en sí debido y deseable. La vida humana sólo es idónea, sólo está determinada por virtudes rectas, si éstas no hacen más que instar a, y poner en condiciones de, realizar y seguir eso deseable y debido, y someterse así a los «ideales».

El hombre que se ajusta a los ideales y aspira a cumplirlos con diligencia es el hombre virtuoso, el hombre idóneo, es decir, el «hombre bueno». En el sentido de Nietzsche, esto significa: el hombre que se quiere a sí mismo como este «hombre bueno» erige por encima de él ideales suprasensibles que le ofrecen algo a lo que puede someterse para, en el cumplimiento de esos ideales, asegurarse a sí mismo una meta de la vida.

La voluntad que quiere este «hombre bueno» es una voluntad de sometimiento a ideales como algo que existe en sí, algo sobre lo cual el hombre no debe tener ya poder alguno. La voluntad que quiere el «hombre bueno» y sus ideales es una voluntad de poder de esos ideales y con ello una voluntad de impotencia del hombre. La voluntad que quiere el hombre bueno es también voluntad de poder, pero bajo la forma de la impotencia de poder del hombre. A esta impotencia de poder del hombre le deben los valores supremos válidos hasta el momento su proyección a lo suprasensible y su elevación a un mundo en sí como único inundo verdadero. La voluntad que quiere el «hombre bueno» y el «bien», entendido en ese sentido, es la voluntad «moral».

Por moral Nietzsche entiende generalmente el sistema de aquellas estimaciones de valor en las que se pone como determinante y deseable un mundo suprasensible. Nietzsche comprende siempre la «moral» de modo «metafísico», es decir, en atención a que en ella se decide sobre la totalidad del ente. En el platonismo esto sucede por medio de la escisión del ente en dos mundos, el mundo suprasensible de lo ideal, de lo debido, de lo en sí verdadero, y el mundo sensible al que le corresponde esforzarse entender y subordinarse a lo válido en sí que, en cuanto incondicionado, lo condiciona todo. Por eso Nietzsche puede decir (n. 400):

 

«En la historia de la moral se expresa, pues, una voluntad de poder, por la cual unas veces los esclavos y oprimidos, otras los malogrados y los que sufren de sí mismos, otras los mediocres, intentan imponer los juicios de valor más favorables para ellos».

 

En concordancia con esto, dice (n. 356):

 

«Modesto, diligente, benévolo, mesurado: ¿lo queréis así al hombre?, ¿al hombre bueno? Pues a mí esto no me parece más que el esclavo ideal, el esclavo del futuro».

 

Y en el n. 358:

 

«El esclavo ideal (el “hombre bueno”). Quien no puede ponerse a sí mismo como “fin” ni, en general, poner fines desde sí mismo, rinde honores, instintivamente, a la moral de la negación de sí. Todo lo persuade en favor de ella: su sagacidad, su experiencia, su vanidad. E incluso la fe es una negación de sí».

 

En lugar de abnegación también podemos decir: renuncia a ponerse uno mismo como el que ordena, es decir impotencia de poder, «abandono de la voluntad de existencia» (n.11). Pero la impotencia de poder es sólo un «caso especial» de la voluntad de poder, y esto implica: «Los valores supremos válidos hasta el momento son un caso especial de la voluntad de poder» (XVI, 428). La posición de estos valores y su transposición a un mundo en sí suprasensible al que el hombre debe someterse surgen de un «empequeñecimiento del hombre» (n. 898). Toda metafísica que se caracterice por la posición de un mundo suprasensible como mundo verdadero por sobre el mundo sensible como mundo aparente surge de la moral. De allí la frase:

 

«Que la verdad sea de más valor que la apariencia no es más que un prejuicio moral» (Más allá del bien y del mal, 34; VII, 55).

 

En el mismo escrito, Nietzsche determina así la esencia de la moral:

 

«La moral, pues, entendida como doctrina de las relaciones de dominio bajo las que se origina el fenómeno “vida”» (ib., 19; VII, 31).

 

Y en La voluntad de poder (n. 256):

 

«Entiendo por “moral” un sistema de estimaciones de valor que linda con las condiciones de vida de un ser».

 

Aquí Nietzsche sigue comprendiendo la moral de modo «metafísico», en referencia al ente en su totalidad y a la posibilidad de la vida en general, y no de modo «ético», en relación con el «modo de vivir», pero no piensa ya en la «moral» que condiciona el platonismo. Así pues, incluso en el significado metafísico, hay «moral» y «moral» para Nietzsche. Por un lado, en el sentido más amplio, significa todo sistema de estimaciones y relaciones de valor; aquí se la entiende de manera tan amplia que incluso pueden llamarse «morales» las nuevas posiciones de valor, simplemente porque ponen las condiciones de la vida. Por otro, en cambio, y por lo general, moral designa para Nietzsche el sistema de aquellas estimaciones de valor que incluye en sí la postulación de valores supremos incondicionados en el sentido del platonismo y del cristianismo. La moral es la moral del «hombre bueno», que vive de y en la oposición con el «mal», y no «más allá del bien y del mal». En la medida en que su metafísica está «más allá del bien y del mal» y en que previamente trata de constituir y de ocupar este lugar como posición fundamental, Nietzsche puede designarse a sí mismo como «inmoralista».

Este título no quiere decir de ninguna manera que su pensamiento y su orientación sean inmorales en el sentido de que tomen posición en contra del «bien» y a favor del «mal». «Sin moral» significa: más allá del bien y del mal. Y esto, nuevamente, no quiere decir fuera de toda legalidad y de todo orden, sino dentro de la necesidad que surge de una nueva posición de un orden diferente frente al caos.

La moral del «hombre bueno» es el origen de los valores válidos hasta el momento. El hombre bueno pone estos valores como incondicionados. Son así las condiciones de su «vida» que, en cuanto impotente para el poder, exige para sí la posibilidad de poder mirar a lo alto hacia un mundo suprasensible. Desde aquí comprendemos también qué quiere decir Nietzsche en la sección final del fragmento n. 12 con la «ingenuidad hiperbólica» de los hombres.

El «hombre bueno» de la «moral» es, pensado metafísicamente, aquel hombre que nada sabe del origen de los valores a los que se subordina como ideales incondicionados. Este no saber acerca del origen de los valores mantiene por lo tanto al hombre alejado de toda reflexión explícita sobre la proveniencia de los valores: o sea, sobre el hecho de que son condiciones de sí misma puestas por la propia voluntad de poder. La «ingenuidad» es equivalente a la «inocencia psicológica»; de acuerdo con lo dicho antes, esto significa: ignorar cualquier cómputo del ente, y por lo tanto de la vida y sus condiciones, respecto de la voluntad de poder. Puesto que, de este modo, al hombre psicológicamente inocente («ingenuo») le permanece oculto que los valores provienen de la estimación que hace de ellos el hombre en términos de poder, este hombre ingenuo toma a los valores (fin, unidad, totalidad, verdad) como si le llegaran de algún lado, como si descendieran del cielo y estuvieran en sí por encima de él como algo ante lo que simplemente tendría que inclinarse. La ingenuidad, en cuanto desconocimiento del origen de los valores en la voluntad de poder humana, es, por lo tanto, «hiperbólica» (de êperb‹llein). El «hombre bueno», sin saberlo, arroja los valores más allá de sí y hace que se arroguen ser algo en sí. Lo que está condicionado únicamente por el hombre lo considera, al revés, como lo incondicionado que plantea exigencias al hombre. Por eso Nietzsche concluye su recálculo del origen de la creencia en los valores supremos y en las categorías de la razón, y con él todo el fragmento n. 12, con la afirmación:

 

«Sigue siendo la ingenuidad hiperbólica del hombre lo que le hace ponerse a sí mismo como sentido y medida del valor de las cosas.»

 

A pesar del comentario que acaba de realizarse de la expresión «ingenuidad hiperbólica», aún subsiste el peligro de que esta importante afirmación final del fragmento n. 12 sea profundamente mal comprendida. Ella encierra el resumen muy comprimido, y por ello fácilmente equívoco, de un importante pensamiento. Efectivamente, apelando a la afirmación de Nietzsche se podría sugerir que éste, de acuerdo con el tenor literal de la misma, dice lo contrario de lo que nosotros hemos dilucidado como esencia de la ingenuidad hiperbólica. Si la ingenuidad consiste en no saber que el origen de los valores está en que son puestos por los propios hombres en términos de poder, ¿cómo puede ser una «ingenuidad hiperbólica» «ponerse a sí mismo como sentido y medida del valor de las cosas»? Esto último es algo totalmente diferente de la ingenuidad. Es la suma conscien­cia del hombre que se apoya sobre sí mismo, es explícita voluntad de poder y de ningún modo impotencia de poder. Si tuviéramos que comprender la afirmación de ese modo, Nietzsche estaría diciendo: la «ingenuidad hiperbólica» consiste en no ser en absoluto ingenuo. No podemos atribuirle tamaña insensatez. ¿Qué dice entonces la afirmación? De acuerdo con la determinación que hace Nietzsche de la esencia de los valores, incluso aquellos que se ponen desconociendo el origen de los valores tienen que surgir de las posiciones humanas, es decir, de modo tal que el hombre se ponga a sí mismo como sentido y medida del valor: la ingenuidad no consiste en que el hombre ponga los valores y actúe como sentido y medida del valor. El hombre es ingenuo en la medida en que pone los valores como la «esencia de las cosas» que recae sobre él, sin saber que es él que las pone y que lo que las pone es una voluntad de poder.

El hombre permanece en la ingenuidad hasta tanto no tome en serio el saber de que sólo él es quien pone los valores, de que los valores sólo pueden ser condiciones, condicionadas por él, de la con­servación, aseguramiento y acrecentamiento de su vida. Si se la lee superficialmente, la afirmación lleva a la opinión de que -contra­poniéndose al proceder de la posición de valores ingenua, que tras­lada a las cosas mismas los valores humanos de cada caso y humaniza así todo ente- Nietzsche exigiría una experiencia y una determi­nación del ente en las que se evitara toda humanización. Pero preci­samente esta interpretación de la afirmación sería errónea, puesto que la falta de la ingenuidad no está en la humanización de las cosas sino en que la humanización no es llevada a cabo conscientemente. La ingenuidad es en sí misma una falta de voluntad de poder, ya que se le escapa el conocimiento de que la posición del mundo a imagen del hombre y por parte del hombre es el único modo verdadero de interpretar el mundo y por lo tanto, aquél hacia el que finalmente tiene que ir la metafísica de modo decidido y sin prevenciones. Los valores supremos válidos hasta el momento han podido alcanzar su rango y validez porque el hombre se puso a sí mismo como sentido y medida del valor de las cosas, pero no lo hizo de modo consciente sino que, en lugar de ello, se quedó en la opinión de que lo puesto por él era un regalo de las cosas que éstas le brindaban por sí mismas. En la posición ingenua de valores impera esencialmente, como en toda posición de valores, la voluntad de poder. Pero la voluntad de poder es aquí aún impotencia de poder. El poder todavía no ejerce aquí el poder como algo expresamente sabido y que se tiene a sí mismo en su poder.

El hecho de que al poner los valores supremos se transpongan a las cosas posiciones humanas es para Nietzsche legítimo. Pero la humanización del ente es aún inocente y por lo tanto no incondi­cionada. Puesto que en un primer momento el auténtico origen, es decir el origen relativo al poder, de los valores supremos válidos hasta el momento queda oculto, pero sin embargo, con el despertar y desarrollarse de la autoconciencia del hombre, no puede quedar constantemente oculto, resulta que, con el creciente conocimiento del origen de los valores, tiene que caducar la creencia en ellos. Pero el conocimiento del origen de los valores, de la posición humana de los valores y de la humanización de las cosas no puede detenerse en que, después del desvelamiento de tal origen y de la caducidad de los valores, el mundo aparezca como carente de valor. De este modo faltaría todo «valor» y por lo tanto las condiciones de la vida, con lo que ésta no podría ser. Lo que tiene que suceder, sin embargo, ante la aparente carencia de valor del mundo, aquello en que tiene que consistir la transvaloración de los valores válidos hasta el momento, ya está decidido y prefigurado por el conocimiento del origen de los valores. Nietzsche ha condensado la nueva tarea en una nota que data de 1888 y que nos muestra la oposición más extrema a la inge­nuidad hiperbólica. Dice así:

 

«Toda la belleza y toda la sublimidad que le hemos prestado a las cosas reales e imaginadas quiero reivindicarla como propie­dad y producto del hombre: como su más bella apología. El hom­bre como poeta, como pensador, como Dios, como amor, como poder: ¡oh, la real generosidad con la que ha obsequiado a las cosas, para él empobrecerse y sentirse miserable! Éste ha sido hasta ahora su mayor desprendimiento, que admirara y adorara y supiera ocultarse que era él quien había creado eso que admiraba» (La voluntad de poder, XV, 241).

 

Lo que se expresa en esta nota es suficientemente claro. El hombre no debe dar ni prestar más, ni mucho menos someterse como algo extraño a lo que sólo él ha donado, como si fuera algo de lo que tuviera necesidad el mísero hombre; en lugar de ello, tiene que reclamar todo para sí como algo suyo, lo que sólo puede hacer si de antemano, en vez de saberse como un miserable y un esclavo ante el ente en su totalidad, se erige y se instituye a sí mismo como incondicionado dominador. Pero esto significa que él mismo es incondicionada voluntad de poder, que se sabe a sí mismo como señor de este dominio y, sabiéndolo, se decide a cada ejercicio de poder, es decir al constante acrecentamiento del poder. La voluntad de poder es el «principio de una nueva posición de valores». La voluntad de poder no es sólo el modo en que y el medio por el cual tiene lugar la posición de valores, la voluntad de poder es, en cuanto esencia del poder, el único valor fundamental de acuerdo con el cual estimar que algo debe tener valor o no puede pretender tenerlo. «Todo suceder, todo movimiento, todo devenir como una comprobación de grados y relaciones de fuerza, como una lucha...» (n. 552; primavera-otoño de 1887). Lo que en esta lucha sucumbe, por sucumbir, no está legitimado y no es verdadero. Lo que en esta lucha se mantiene en alto, por vencer, está en lo justo y es verdadero.

Aquello por lo que se lucha, si se lo piensa y desea como una meta de contenido determinado, es siempre de importancia subordinada. Todas las metas y las consignas de lucha no son nunca más que medios de lucha. Aquello por lo que se lucha está de antemano decidido: es el poder mismo, que no necesita ninguna meta. Carece de meta, del mismo modo que la totalidad del ente carece de valor. Esta carencia de meta forma parte de la esencia metafísica del poder. Si puede hablarse aquí de meta, esta «meta» es la carencia de meta de la dominación incondicionada del hombre sobre la tierra. El hombre que corresponde a este dominio es el super-hombre. Se le suele reprochar con frecuencia a Nietzsche que su imagen del superhombre es indeterminada, que esta figura del hombre es inaprensible. Se llega a estos juicios sólo porque no se comprende que la esencia del super-hombre consiste en «superar» el hombre tal como es hasta el momento. Éste necesita y busca aún «sobre» sí ideales y cosas deseables. El superhombre, en cambio, no precisa ya ese «sobre» y ese «más allá», porque quiere únicamente al hombre mismo, y lo quiere no en cualquier respecto particular sino absolutamente, como señor de la ejecución incondicionada del poder con los medios de esta tierra exhaustivamente explotados. En la esencia de este ser hombre está insito que toda meta con un contenido particular, toda determinación de ese tipo, es inesencial y sólo un medio ocasional. La incondicionada determinación del pensamiento nietzscheano del superhombre radica precisamente en que Nietzsche ha reconocido, aunque no lo ha expresado de este modo, la esencial carencia de determinación del poder incondicionado. El poder incondicionado es el puro sobrepotenciar como tal, el incondicionado sobrepasar, estar encima y poder ordenar, lo único y lo más elevado.

Las inadecuadas exposiciones que se han hecho de la doctrina nietzscheana del superhombre tienen siempre su única razón en que hasta ahora no se ha sido capaz de tomar en serio como metafísica a la filosofía de la voluntad de poder y de comprender las doctrinas del nihilismo, del superhombre y, sobre todo, del eterno retorno de lo mismo de modo metafísico como componentes esenciales necesarios, es decir, de pensarlas desde la historia y la esencia de la metafísica occidental.

Esta nota de Nietzsche (XV, 241) es una de las más claras y, en su tipo, de las más bellas. Nietzsche habla aquí desde la claridad meridiana del gran temple de ánimo por el que el hombre moderno está determinado a ser el centro incondicionado y la medida única del ente en su totalidad. En el libro póstumo del que disponemos (La voluntad de poder), el fragmento se encuentra colocado, sin embargo, en un lugar inadmisible y además, se lo ha dejado fuera de la numeración correlativa, por lo que resulta difícil de encontrar. Está como prólogo al primer capítulo («Crítica de la religión») del libro segundo («Crítica de los valores supremos hasta el momento»). La colocación de este fragmento en el sitio citado demuestra quizá del modo más claro toda la cuestionabilidad del libro La voluntad de poder. El fragmento citado atraviesa con pasos simples y seguros la posición metafísica fundamental de Nietzsche y por ello, si habría de servir de prólogo, se lo tendría que haber puesto al comienzo de toda la obra capital.

Por qué citamos esta nota precisamente ahora, se verá apenas hayamos aclarado nuevamente la marcha de nuestro preguntar. Se trata, frente a lo que Nietzsche deja ver como historia de la metafísica, de lanzar una mirada más originaria hacia ella. Con este propósito tenía que aclararse mejor, en primer lugar, la exposición y la concepción nietzscheana de la metafísica Es una concepción «moral». «Moral» quiere decir aquí: sistema de las estimaciones de valor. Toda interpretación del mundo, ya sea ingenua o llevada a cabo por medio del cálculo, es una posición de valores y con ello un formar y configurar el mundo a imagen del hombre. Sobre todo la posición de valores que se toma en serio el conocimiento del origen humano de los valores y lleva a su acabamiento el nihilismo tiene que comprender y querer expresamente al hombre como legislador. Tiene que buscar lo verdadero y real en la incondicionada humanización de todo ente.

Metafísica es antropomorfismo: configurar y ver el mundo a la imagen del hombre. Por lo tanto, en la metafísica, tal como Nietzsche la interpreta y sobre todo tal como la exige en cuanto filosofía futura, la relación del hombre con el ente en su totalidad resulta decisiva. De este modo nos encontramos con un contexto que casi nos viene impuesto por la metafísica de la voluntad de poder; en efecto, esta metafísica, a la que pertenece la doctrina del superhombre, empuja al hombre, como ninguna metafísica anterior, al papel de medida única e incondicionada de todas las cosas.

Martin Heidegger

A. 13. Metafísica y antropomorfismo

 

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