ENCUENTROS CON ORTEGA Y GASSET
Martin HEIDEGGER
Mayo
de 1956[i]

Quisiera referir brevemente dos recuerdos de Ortega y Gasset. Siguen en mi
memoria como dignos de recordación.
El
primer recuerdo se remonta al mes de agosto de 1951. Nos encontramos en la
ciudad alemana de Darmstadt, donde en bien ceñido marco se celebran
anualmente conferencias sobre un tema determinado. Aquel año versaban
sobre el tema “El hombre y el espacio”. Entre los hombres de ciencia y
arquitectos que habían sido requeridos a hablar, nos contábamos Ortega y
yo. Después de mi conferencia, que llevaba el título “Edificar, habitar,
pensar”, un orador empezó a disparar violentos ataques contra lo que yo
había dicho y afirmó que mi conferencia no había resuelto las cuestiones
esenciales, que más bien las había “despensado”, es decir, disuelto en
nada por medio del pensamiento. En este momento pidió la palabra Ortega y
Gasset, cogió el micrófono del orador que tenía a su lado y dijo al
público lo siguiente: “El buen Dios necesita de los “despensadores” para
que los demás animales no se duerman”. La ingeniosa salida hizo cambiar de
golpe la situación. Pero no era sólo una salida ingeniosa, era sobre todo
caballeresca. Este espíritu caballeresco de Ortega, manifestado también en
otras ocasiones frente a mis escritos y discursos, ha sido tanto más
admirado y estimado por mí pues me consta que Ortega ha negado a muchos su
asentimiento y sentía cierto desasosiego por alguna parte de mi
pensamiento que parecía amenazar su originalidad. Una de las noches
siguientes volví a encontrarle con ocasión de una fiesta en el jardín de
la casa del arquitecto municipal. En hora avanzada iba yo dando una vuelta
por el jardín, cuando topé a Ortega solo, con su gran sombrero puesto,
sentado en el césped con un vaso de vino en la mano. Parecía hallarse
deprimido. Me hizo una seña y me senté junto a él, no sólo por cortesía,
sino porque me cautivaba también la gran tristeza que emanaba de su figura
espiritual. Pronto se hizo patente el motivo de su tristeza. Ortega estaba
desesperado por la impotencia del pensar frente a los poderes del mundo
contemporáneo. Pero se desprendía también de él al mismo tiempo una
sensación de aislamiento que no podía ser producida por circunstancias
externas. Al principio sólo acertamos a hablar entrecortadamente; muy
pronto el coloquio se centró en la relación entre el pensamiento y la
lengua materna. Los rasgos de Ortega se iluminaron súbitamente; se
encontraba en sus dominios y por los ejemplos lingüísticos que puso,
adiviné cuán intensa e inmediatamente pensaba desde su lengua materna. A
la hidalguía se unió en mi imagen de Ortega la soledad de su busca y al
mismo tiempo una ingenuidad que estaba ciertamente a mil leguas de la
candidez, porque Ortega era un observador penetrante que sabía muy bien
medir el efecto que su aparición quería lograr en cada caso.
El
segundo recuerdo trae a mi memoria la gran casa abierta de un médico en
los altos de la Selva Negra, donde una mañana de domingo, en un círculo de
numerosos oyentes cruzamos con fuerza, pero con bella mesura, nuestros más
afilados aceros. Estaba en discusión el concepto del “ser” y la etimología
de este vocablo fundamental de la filosofía. La discusión puso de
manifiesto lo muy versado que Ortega estaba en las Ciencias. También me
puso de relieve una especie de positivismo que no me cumple juzgar, ya que
conozco muy pocos escritos de Ortega y sólo en traducciones. La tarde de
ese mismo día nos proporcionó a mi y a todos los presentes la impresión
más recia y duradera de la magna personalidad de Ortega y Gasset. Habló de
un tema que ni estaba previsto ni había sido formulado y que puede, sin
embargo, cifrarse en el titulo “El hombre español y la muerte”. Cierto que
lo que nos dijo le era familiar desde hacia largo tiempo, pero el cómo lo
dijo nos desvela cuanto más avanzado estaba que sus oyentes en un campo
que ahora ha tenido que traspasar. Cuando pienso en Ortega vuelve a mis
ojos su figura tal como la vi aquella tarde, hablando, callando, en sus
ademanes, en su hidalguía, su soledad, su ingenuidad, su tristeza, su
múltiple saber y su cautivante ironía.
Martin
Heidegger

[i]
Apareció primero en la revista Clavileño de Madrid. Ha sido
reproducido en: Francisco Soler, Apuntes acerca del pensar de
Heidegger, Ed. Andrés Bello, Santiago de Chile, 1983 (Edición de
Jorge Acevedo). También, en la Revista de Filosofía de la
Universidad de Chile. El texto original en alemán está ahora en el
Volumen 13 de la Edición integral. Se publica gracias a la
gentileza de Jorge Acevedo que ha tenido ha bien acercármelo. (H. P)
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