LA
PROVENIENCIA DEL ARTE Y LA DETERMINACIÓN DEL PENSAR
Martin Heidegger
Conferencia
dada el 4 de Abril de 1967, en la Academia de las Ciencias y de las Artes, en
Atenas. Versión revisada y leída)[i]
Traducción
revisada de Breno Onetto M., Stgo./Valparaíso 1987/2001.

Señor
Presidente,
Distinguidos Colegas,
Damas y Caballeros:
Que
la primera y única palabra de los miembros de la Academia de las Artes de Berlín
aquí presentes sea una palabra de gratitud, por el saludo del Profesor Señor
Theodorakopulos, por la invitación de parte del gobierno griego y por la
hospitalidad de la Academia de las Ciencias y de las Artes.
Mas
¿cómo les haremos llegar a Uds., anfitriones en Atenas, la gratitud de los huéspedes?
Agradecemos
en la medida en que intentamos pensar con Uds. Pero ¿pensar sobre qué? ¿Sobre
qué otro asunto habremos de reflexionar nosotros, miembros de la Academia de
las Artes, aquí en Atenas, ante la Academia de las Ciencias y ahora, en la era
de la técnica científica, sino de aquel mundo que un día fundara el inicio de
las artes occidental-europeas y de las ciencias?
Ese
mundo, considerado desde el cálculo de la historiografía [historisch], en
efecto, ha pasado. Pero, visto desde el acontecer histórico [geschichtlich],
experimentado como nuestro destino, aquel mundo continúa siendo todavía, y
deviene en el presente, siempre, y otra vez: como algo que nos espera, que
aguarda a que le salgamos al encuentro pensando, y con esto pongamos a prueba
nuestro propio pensar y crear. Porque el inicio de un destino es lo más grande.
Prevalece sobre todo lo que ha de venir después.
Meditamos
acerca de la proveniencia del arte en la Hélade. Intentamos mirar dentro del ámbito
que ya prevalece antes de todo arte y que le concede al arte recién lo suyo
propio. No aspiramos a definir el arte en una fórmula, ni nos corresponde
informar desde la ciencia histórica sobre la historia del surgimiento del arte
en la Hélade.
En
todo caso, ya que lo que queremos es evitar la arbitrariedad del pensamiento en
nuestra reflexión, pedimos aquí, en Atenas, el consejo y la guía de la
antigua protectora de la ciudad y del país ático, de la diosa Atenea. La
plenitud de su divinidad nos parece impenetrable. Sólo daremos noticias de lo
que Atenea nos ha dicho acerca de la proveniencia del arte.
Esa
es una de las preguntas que habremos de seguir.
La
otra pregunta se impone por sí misma y dice: ¿Qué pasa hoy en el arte
respecto de su antigua proveniencia?
Finalmente
pensamos como tercera pregunta: ¿Desde qué lugar se halla determinado, por su
parte, el pensamiento que reflexiona ahora sobre la proveniencia del arte?
I
Homero
llama a Atenea polýmetis, la múltiple consejera. Y ¿qué significa
aconsejar? Significa: anticipar, prever y, por tanto, dejar que algo resulte,
que se logre. Es por eso que, Atenea impera siempre allí donde los hombres
producen algo, traen a la luz, encaminan algo, ponen algo en obra, actúan y
hacen. De ese modo, Atenea es la amiga consejera y ayuda de Hércules en sus
proezas. La métopa de Atlas del Templo de Zeus en Olimpia muestra a la diosa aún
invisible en su asistencia y a la vez lejana, desde la elevada distancia de su
divinidad. Atenea da especialmente consejo a los hombres que producen aparatos,
vasijas, adornos. Todo aquel que es hábil en el producir [Herstellen], que
conoce su oficio, que puede dirigir su manejo, es un technítes. Captamos
muy estrechamente el sentido de este nombre, cuando lo traducimos por el de
“artesano”. También aquellos que levantan obras arquitectónicas y producen
obras plásticas se llaman tecnitas. Se llaman de ese modo, porque su hacer
determinante está guiado por un comprender, que lleva el nombre de téchne.
La palabra nombra un tipo de saber. No mienta el hacer ni el elaborar. Pues,
saber significa: tener previamente en la mirada aquello, que es importante al
sacar afuera, producir [Hervorbringen] una imagen y una obra. La obra también
puede ser una tal de la ciencia y de la filosofía, de la poesía y del discurso
público. El arte es téchne, pero no técnica. El artista es technítes,
pero no técnico, ni artesano.
Porque
el arte como téchne se basa en un saber y porque tal saber debe ser
conducido hacia aquello, que -siendo aún invisible- le señale su figura y le dé
su medida, llevándolo primeramente a la visibilidad y perceptibilidad de la
obra; es debido a esto que: una mirada previa en lo aún no avistado hasta aquí
precise de un modo distinguido de la visión y de la claridad.
El
mirar previo que lleva el arte necesita de la iluminación. ¿Desde qué otro
lugar puede ofrecérsele ésta al arte más que desde la diosa, que como polýmetis,
la de múltiples consejos, es, a su vez, glaukôpis? El adjetivo glaukós
nombra el radiante refulgir del mar, de los astros y de la luna, pero también
el fulgor del olivo. El ojo de Atenea es el que brilla y refulge. Por eso le
pertenece a ella como símbolo de su naturaleza, la lechuza, he glaúx.
Cuyo ojo no sólo es ardiente y fulgente, sino que también ve a través de la
noche y hace visible lo que de lo contrario sería invisible.
Por
eso, dice Píndaro en la VII. Oda Olímpica, cantándole a la Isla de Rodas y a
sus habitantes (v. 50 ss.):
autá
dé sphisin ópase téchnan
pâsan epichthoníon Glaukôpis aristopónois chersí krateîn.
“La
misma de los ojos glaucos, empero, les concedió superar en todas las artes
a los habitantes de la tierra, con manos mejor trabajadoras.”
A
pesar de ello, tenemos que preguntar aún más exactamente: ¿Hacia dónde se
dirige la mirada aconsejadora e iluminadora de la diosa Atenea?
Para
hallar la respuesta, tengamos presente el relieve consagrado a la diosa Atenea,
en el museo de la Acrópolis. Desde él, Atenea se presenta como la skeptoméne,
la meditabunda. ¿Hacia dónde se dirige la mirada meditabunda de la diosa?
Hacia el monolito fronterizo, hacia el límite. El límite, sin embargo, no es sólo
contorno y marco, ni solamente aquello en lo que algo termina. Límite mienta
aquello mediante lo cual algo se halla reunido en lo suyo propio, para aparecer
desde allí en su plenitud, hacerse presente. Al meditar el límite, Atenea ya
tiene en la mirada aquello, hacia donde tiene que mirar previamente el actuar
humano, para hacer aparecer lo así divisado en la visibilidad de una obra. Más
aún: la mirada meditabunda de la diosa no sólo contempla la figura invisible
de posibles obras humanas. La mirada de Atenea descansa ante todo, ya, sobre
aquello que deja que las cosas, que no necesitan primeramente de la producción
humana, surjan desde sí mismas en la moldura de su presencia. A esto lo
llamaron los griegos desde antaño la phýsis. La traducción romana de
la palabra phýsis por natura y, finalmente, el concepto de naturaleza,
que desde aquí se hizo rector en el pensamiento occidental - europeo, encubren
el sentido de aquello que phýsis mienta: lo que surge por sí mismo en
su respectivo límite y permanece en él.
Lo
misterioso de la phýsis lo podemos experimentar incluso, hoy, en la Hélade
- y tan sólo aquí: a saber, cuando de una forma consternante y, a su vez,
reservada aparece un cerro, una isla, una costa, un olivo. Suele oírse decir
que, esto radicaría en su peculiar luz. Se dice esto con un cierto derecho y,
no obstante, se toca con ello sólo algo superficial. Se omite reflexionar
aquello, desde donde esta extraña luz es concedida, a donde pertenece como la
que es. Sólo aquí en la Hélade, donde el todo del mundo se ha presentado al
hombre como la phýsis y ha apelado a él, podía y tenía que
corresponder el percibir y hacer humano a esta apelación [Anspruch], tan pronto
como estuvo impelido por ella de traer algo a la presencia, él mismo y por
propia capacidad, lo que como obra haría aparecer un mundo hasta entonces aún
no aparecido.
El
arte corresponde a la phýsis y, sin embargo, no es reproducción ni
imagen de lo ya presente. Phýsis y téchne se copertenecen de una
forma misteriosa. Pero el elemento dentro del cual phýsis y téchne
se copertenecen y el ámbito en el que tiene que involucrarse el arte, para
llegar a ser como arte lo que él es, se han mantenido ocultos.
Ya
en el helenismo temprano tocaron ciertamente, poetas y pensadores, este
misterio. La claridad, que otorga a todo lo presente su presencia, muestra su
recogido imperar, el que se anuncia repentinamente en el rayo.
Heráclito
dice (B 64): tá de pánta oiakízei keraunós. “Empero, todo es
gobernado por el rayo.” Lo que significa: el rayo lleva y dirige, de un solo
golpe, la manifestación de lo que por sí mismo deviene en su moldura presente.
El rayo lo arroja Zeus, el dios supremo. ¿Y Atenea? Ella es la hija de
Zeus.
Casi
en la misma época de la que proviene la frase de Heráclito el poeta Esquilo
hace decir a Atenea, en la escena final de la trilogía de Agamenón, que se
desarrolla en el Areópago de Atenas (Euménides 827s.):
kaí
klêdas oîda dómatos móne théon
en hoî keraunós estin esphragisménos
“De
los dioses sólo yo conozco la llave de la casa
donde yace, con sello, encerrado el rayo.”
A
raíz de este saber, Atenea como hija de Zeus, es la de los múltiples consejos,
polýmetis, la que ve claramente, glaukôpis y skeptoméne,
la diosa meditadora del límite.
Habría
que pensar allá afuera, en la remota proximidad del dominio de la diosa Atenea,
para presentir siquiera algo del misterio de la proveniencia del arte en la Hélade.
II
¿Y
hoy? Los antiguos dioses han desaparecido. Hölderlin, quien, como ningún otro
poeta antes o después que él, experimentara esta huida y la fundara en la
palabra, preguntaba en su Elegia “Pan y Vino“, la cual fuera consagrada al
dios del vino, Diónisos (IV. estrofa):
¿Dónde
es que brillan, entonces, los dichos que alcanzan a lo remoto?
Delfos dormita y ¿dónde habrá de tañer el gran destino?
¿Existe
hoy, tras dos milenios y medio, todavía, un arte que se halle bajo la misma
apelación que como lo estuviera el arte antes en la Hélade? Y si no, ¿desde
qué ámbito proviene la apelación a la que corresponde el arte moderno en
todas sus áreas? Sus obras ya no surgen más dentro de los límites acuñados
por un mundo de lo comunitario y nacional [Volkshafte u. Nationale]. Pertenecen
a la universalidad de la civilización mundial [Weltzivilisation], cuya
constitución y organizaciones son proyectadas y conducidas por la técnica
científica. Ella ha decidido sobre la índole y las posibilidades de la morada
mundial del hombre. La confirmación de que vivimos en un mundo científico y de
que con el rótulo “ciencia” se designa a la ciencia natural, la física
matemática, sólo acentúa, por cierto, lo ya de sobras conocido.
De
acuerdo a esto, es de suponer la explicación, que el ámbito desde el cual
provendría la apelación, a la que el arte hoy debe corresponder, sería el
mundo científico.
Tardamos
en asentir. Y nos quedamos perplejos. Por eso preguntamos: ¿Qué significa esto
- el “mundo científico”? Para esclarecer esta cuestión, Nietzsche había
anticipado ya una frase hacia fines de los años ochenta del siglo pasado.
La que dice:
“No
es el triunfo de la ciencia
lo que caracteriza a nuestro siglo XIX, sino el triunfo del método
científico sobre la ciencia.”
(La
voluntad de poder, n. 466)
La
frase de Nietzsche requiere de una explicitación.
¿A
qué se llama aquí “método”? ¿Qué significa: “el triunfo del método”?
“Método” no se refiere aquí al instrumento, con cuya ayuda la investigación
científica trabaja el área temáticamente fijada de los objetos. Método se
refiere, más bien, a la forma y el modo de delimitar con anterioridad el área
respectiva de los objetos a investigar en su objetividad [Gegenständlichkeit].
El método es el proyecto preconcebido de mundo, que confirma en cuanto a qué
únicamente puede éste ser investigado. ¿Y qué quiere decir esto? Respuesta:
la calculabilidad total de todo lo accesible y comprobable en el experimento. A
este proyecto de mundo quedan sometidas las ciencias particulares en su
proceder. Es por eso que, el método así entendido es “el triunfo sobre la
ciencia”. El triunfo contiene una decisión, que dice: Únicamente tiene
validez algo verdaderamente real y efectivo, lo que es científicamente
comprobable, es decir, calculable. Por medio de la calculabilidad el mundo se ha
convertido en algo por completo calculable para el hombre en todo tiempo y
lugar. El método es la victoriosa provocación del mundo a una disponibilidad
completa para el hombre. El triunfo del método sobre la ciencia comenzó su
carrera en el siglo XVII, a través de Galileo y Newton, en Europa –y en
ninguna otra parte más sobre esta tierra.
El
triunfo del método se despliega hoy día en sus posibilidades más extremas
como cibernética. La palabra griega kibernétes es el nombre para el
timonel, el piloto. El mundo científico se ha convertido en un mundo cibernético.
El proyecto cibernético del mundo supone anticipadamente que el rasgo
fundamental de todos los procesos mundiales calculables es el control [o
comando] [Steuerung]. El control de un proceso por otro está mediatizado por la
transmisión de una noticia a través de la información. En la medida en que,
el controlado proceso, por su parte, notifique de vuelta a quien lo controla y,
de ese modo, le informe, tiene el control el carácter de la retroalimentación
de las informaciones.
La
regulación de los procesos, que van de ida y de vuelta, en su relación recíproca,
se cumple, por lo tanto, en un movimiento circular. De allí que, el círculo
regulador [Regelkreis] se cuente como el rasgo fundamental del mundo proyectado
en forma cibernética. En él ha de residir la posibilidad de la autoregulación,
la automatización de un sistema de movimiento. En el mundo representado en
forma cibernética desaparece la diferencia entre la máquina automática y los
seres vivos. Esta es neutralizada en el proceso indiferenciado de la información.
El proyecto cibernético del mundo, “el triunfo del método sobre la
ciencia”, hace posible una calculabilidad general y uniforme y, en ese
sentido, universal, es decir: la dominación del mundo inanimado y animado. A
esta uniformidad del mundo cibernético es remitido también el hombre. Incluso
de un modo destacado. Pues, en el horizonte de la representación cibernética
el hombre tiene su lugar en lo más vasto del círculo regulador. Según el modo
de representación moderna del hombre, él es el sujeto que se haya referido al
mundo como al área de los objetos, en la medida que él mismo los trabaja. La
correspondiente modificación del mundo que así se va a originar se vuelve
sobre el hombre. La relación sujeto-objeto es, si se la representa en forma
cibernética, la correlación de informaciones, la retroalimentación en el señalado
círculo regulador, que puede ser descrito a través del título “hombre y
mundo”. La ciencia cibernética del hombre anda buscando sin embargo los
fundamentos para una antropología científica, allí, donde la demanda
normativa del método - el proyecto basado en la calculabilidad - pueda
cumplirse de un modo más seguro en el experimento, en la bioquímica y en la
biofísica. Por ello es que, lo que en conformidad con el método es
decisivamente más vivo en la vida del hombre es la célula reproductora. Ella
no es más como lo fuera antes, la versión en miniatura del ser vivo totalmente
desarrollado. La bioquímica ha descubierto el plan de vida en los genes de la célula
reproductora. Es la prescripción inscrita y almacenada en los genes, el
programa del desarrollo. La ciencia ya conoce el alfabeto de esta prescripción.
Se habla del “archivo para la información genética”. Sobre su conocimiento
se funda la perspectiva segura de conseguir alcanzar un día la productibilidad
científico-técnica y crianza del hombre. El irrumpir en la estructura genética
de la célula reproductora humana por parte de la bioquímica y la desintegración
del átomo por parte de la física atómica se encuentran en el mismo camino del
triunfo del método sobre la ciencia.
En
un apunte del año 1884 apunta Nietzsche lo siguiente: “El hombre es el animal
aún no confirmado. “(XIII, n°667). La frase contiene dos pensamientos. Por
una parte: la naturaleza del hombre aún no se ha encontrado, no se la ha
averiguado. Y por otra: la existencia del hombre no se ha fijado, no se la ha
asegurado. Sin embargo, un investigador americano ha declarado hoy: “El hombre
va a ser el único animal capaz de dirigir su propia evolución.” En todo
caso, la cibernética se ve obligada a reconocer que hasta el momento no es
posible llevar a cabo un control general de la existencia humana. Por ello, en
el área universal de la ciencia cibernética, el hombre cuenta por ahora, todavía,
como “factor de perturbación”. Perturbando se lleva a efecto el
aparentemente libre planificar y actuar del hombre.
Aunque
recientemente la ciencia se ha apoderado también de este campo de la existencia
humana. Ha emprendido la investigación y planificación estrictamente metódica
del posible porvenir del hombre actuante. Ella computa las informaciones sobre
aquello que va hacia el hombre como algo planificable. Este tipo de porvenir es
el futurum para el lógos, que como futurología se somete al
triunfo del método sobre la ciencia. El parentesco de esta joven disciplina de
la ciencia con la cibernética es evidente.
Entretanto,
ponderaremos bastante el alcance de la ciencia cibernético-futurológica del
hombre, recién, cuando consideremos sobre qué supuesto se halla ésta fundada.
Este supuesto consiste en que el hombre es contemplado como el ente social.
Sociedad, empero, significa: sociedad industrial. Ella es el sujeto al que
permanece referido el mundo de los objetos. Se piensa, en verdad, que por su
naturaleza social, la yoidad del hombre estaría superada. Pero, por esta
naturaleza social el hombre no entrega en modo alguno su subjetividad. Más
bien, la sociedad industrial es la yoidad, o sea, la subjetividad potenciada al
grado extremo. En ella el hombre se establece exclusivamente sobre sí mismo y
sobre las áreas del mundo por él vivido que ha dispuesto como instituciones.
Pero la sociedad industrial sólo puede ser lo que ella es si se somete a la
medida de la cibernética dominada por la ciencia y la técnica científica. La
autoridad de la ciencia, empero, se apoya sobre el triunfo del método, el que
por su parte ostenta su justificación en el efecto de la investigación por él
controlada. A esta legitimación se la tiene por suficiente. La autoridad anónima
de la ciudad vale como intocable.
Entretanto
Uds. ya se habrán preguntado permanentemente: ¿A qué se deberán las
exposiciones sobre cibernética, futurología y sociedad industrial? ¿No nos
habremos distanciado con ello demasiado de nuestra pregunta por la proveniencia
del arte? De hecho, parece que así hubiera sido y, sin embargo, no ha sido así.
Las
referencias a la existencia del hombre actual nos han preparado antes bien para
plantearnos más reflexivamente en nuestra pregunta por la proveniencia del arte
y por la determinación del pensar.
III
¿Por
qué cosa nos preguntamos ahora? ¿Por el ámbito desde donde proviene hoy la
apelación para el arte? ¿Es este ámbito el mundo cibernético de la sociedad
industrial planificada al modo de la futurología? Si este mundo de la
civilización mundial llegara a ser el ámbito desde el cual fuese apelado el
arte, entonces, en efecto, habríamos dado noticias de este ámbito mediante las
indicaciones ya dadas. Sólo que el dar noticias no es aún ningún conocimiento
de aquello que rige cabalmente al mundo en cuanto tal. Nosotros hemos de ir con
el pensamiento detrás de aquello que domina en el mundo moderno, para poder
mirar dentro del buscado ámbito de la proveniencia del arte. El rasgo
fundamental del proyecto cibernético del mundo es el círculo regulador, por el
que transcurre la retroalimentación de las informaciones. El círculo regulador
más amplio encierra [umschliesst] la correlación de hombre y mundo. ¿Qué es
lo que predomina en este cerco [Umschliessung]? Los lazos mundanos del hombre y,
junto con ellos, la existencia social del hombre en su conjunto se hallan
incluidas en el ámbito del dominio de la ciencia cibernética.
El
mismo encierro o reclusión [Eingeschlossenheit], es decir, el mismo cautiverio
se ha mostrado en la futurología. ¿De qué índole es, pues, el porvenir, que
tiene que ser investigado rigurosa y metódicamente por la futurología? El
porvenir suele ser representado como aquello que “viene hacia el hombre”. El
contenido de lo que viene hacia el hombre, empero, se agota necesariamente en
aquello que es calculado desde el presente y para éste. El porvenir que puede
ser investigado por la futurología es tan sólo un presente prolongado. El
hombre sigue estando encerrado [recluido] en el perímetro de las posibilidades
calculadas desde y para él.
¿Y
la sociedad industrial? Ella es la subjetividad que se instala sobre sí misma.
Hacia este sujeto se han congregado todos los objetos. La sociedad industrial se
ha convertido en la medida absoluta de toda objetividad. Así se hace evidente
que: la sociedad industrial existe sobre la base de encerrarse o de recluirse al
interior de nuestras propias hechuras [Gemächte].
¿Qué
sucede con el arte dentro de la sociedad industrial, cuyo mundo ha comenzado a
devenir uno cibernético? ¿Se convertirán los enunciados del arte en algún
tipo de información en y para este mundo? ¿Se irán a determinar sus
producciones por el solo hecho de que satisfagan el carácter procesual del círculo
regulador industrial y su constante cumplimiento? Si así fuera el caso, ¿puede
la obra seguir siendo obra todavía? ¿No se hallará su sentido moderno acaso,
en el quedar rezagado, de antes, ya, al servicio de la ejecución continua del
proceso creativo, el cual sólo se regula desde sí mismo y, de ese modo, continúa
estando encerrado en él mismo? ¿Se presenta el arte moderno como una
retroalimentación de informaciones en el círculo regulador de la sociedad
industrial y del mundo científico-técnico? ¿No recibirá incluso desde allí,
la muy mentada “industria cultural” [Kulturbetrieb] su legítima
fundamentación?
Estas
preguntas nos acosan como preguntas. Y se reúnen en una única, que dice:
¿Qué
pasa con la reclusión del hombre en su mundo científico-técnico? ¿No impera
en esta reclusión, quizá, la reserva del hombre [Verschlossenheit des M.]
frente a aquello que envía al hombre recién a su determinación más propia,
para que éste se apreste a lo justo [s. in das Schickliche fügen], en vez de
disponer en forma calculadora, y técnico-científicamente de sí mismo y su
mundo, de sí mismo y la propia fabricación técnica de sí mismo? (¿No es la
esperanza - si pudiera ser considerada ésta como un principio- el absoluto egoísmo
de la subjetividad humana?)
Pero,
¿puede el hombre de la civilización mundial partir [durchbrechen] por sí
mismo la reserva que enfrenta al destino? Ciertamente que no, por la vía ni con
los medios de su planificar y hacer científico técnicos. ¿Es lícito que el
hombre se atreva sin más a querer romper esta reserva frente al destino? Esto
sería una desmesura. La reserva jamás puede ser rota [aufbrechen] por
el hombre. Pero tampoco puede abrirse sin la intervención del hombre. ¿De qué
índole es esta abertura? ¿Qué puede hacer el hombre para su preparación? Lo
primero es, presumiblemente, no eludir las preguntas nombradas. Es necesario que
se las piense. Es necesario, en primer término, pensar a fondo la reserva en
cuanto tal, lo que reina en ella, al menos una vez. Sigue siendo necesaria la
comprensión de que tal pensar no es ningún mero preludio para actuar, sino el
actuar decisivo mismo, a través del cual la relación del hombre con el mundo
puede recién empezar a transformarse. Es necesario mantenerse libres de pensar
en términos de una distinción –desde hace largo tiempo insuficiente- entre
teoría y práctica. Sigue siendo necesaria la comprensión de que un pensar
semejante no es ningún hacer arbitrario, que más bien sólo puede llegar a
aventurarse de forma tal que, el pensar se deje involucrar [s. einlassen] en el
ámbito desde el cual viniera a dar inicio la civilización mundial, devenida
hoy en una planetaria.
Es
necesario el paso atrás. Atrás ¿hacia dónde? Atrás hacia el inicio que se
nos insinuaba con la referencia a la diosa Atenea. Sólo que este paso atrás no
significa que el mundo griego antiguo tenga que ser reactualizado de alguna
manera, y que el pensar deba buscar su refugio en los filósofos presocráticos.
Paso
atrás, quiere decir: retroceder con el pensar ante la civilización mundial y
-distanciado de ella, en ningún caso negándola- dejarse involucrar en aquello
que al comienzo del pensar occidental tuvo que quedar impensado, pero que sin
embargo fue allí ya nombrado y, de ese modo, dicho previamente a nuestro
pensar.
Más
aún - nuestra meditación, que ahora intentáramos, tuvo siempre en la mira a
esto impensado, sin alcanzar a dilucidarlo propiamente. A través de la
referencia a Atenea, la múltiple consejera, que con ojo claro medita el límite,
nos volvimos atentos a los cerros, islas, figuras y formas mostrados desde su
delimitación; atendimos a la copertenencia de phýsis y téchne,
a la particular presentación de las cosas en la renombrada luz.
Pero
- pensemos esto a fondo, ahora, y más reflexivamente: La luz sólo puede
aclarar lo presente si lo presente ya ha salido a algo abierto y despejado y
puede expandirse en ello. Esta apertura es, en efecto, aclarada por la luz, pero
de ninguna manera traída y configurada recién por ella. Pues también lo
oscuro requiere de esta apertura, de lo contrario no podríamos atravesar ni
cruzar por la oscuridad.
Ningún
espacio podría darle a las cosas su lugar y distribución, ningún tiempo podría
hacer madurar, en el devenir y el transcurrir, hora y año, es decir, extensión
y duración, si no le fuese concedido al espacio y al tiempo y a su
copertenencia, ya, la apertura que reina cabalmente en ellos.
El
lenguaje de los griegos llama a lo eso que deja libre lo despejado, y que
concede recién todo lo abierto, la A-létheia, el no-ocultamiento. Él
que no deja a un lado el ocultamiento: esto ocurre tan mínimamente, que el
desocultar, el poner a descubierto [Entbergen], requiere siempre del
ocultar.
Ya
Heráclito señalaba esta relación con el fragmento:
phýsis krýptesthai phileî (B 123)
“A lo que surge desde sí mismo, le es propio el ocultarse.”
El
misterio de la renombrada luz griega reside en el desocultamiento, en el
des-encubrimiento que reina en ella. El cual pertenece al ocultamiento y se
oculta él mismo, de tal forma, en verdad, que él, a través de este
sustraerse, le deja a las cosas su permanencia, la que se manifiesta desde la
delimitación. ¿No predominará tal vez una dependencia casi insospechada entre
la reserva frente al destino y el todavía impensado como aún retraído
desocultamiento? ¿No es acaso la reserva ante el destino la hace largo tiempo
ya permanente retención del desocultamiento? ¿No conducirá, tal vez, la seña
hacia el misterio de la aún impensada A-létheia, a la vez, al ámbito de la
proveniencia del arte? ¿Vendrá desde este ámbito la llamada a la producción
de las obras? ¿No tiene que apuntar la obra como obra hacia aquello no
disponible para el hombre, hacia lo que se oculta por sí mismo, para que la
obra no sólo diga lo que ya se sabe, conoce y hace? ¿Acaso la obra de arte no
tiene que acallar aquello que se oculta, lo que oculto por sí mismo evoca en el
hombre el recato ante aquello, que no se deja planificar ni controlar, ni
calcular, ni hacer?
¿Le será dado todavía al hombre de esta tierra,
manteniéndose en ella, el encontrar una morada mundial, esto es, un habitar que
sea determinado como destinado desde la voz del desocultamiento ocultante de sí
mismo?
No
lo sabemos. Pero sí sabemos que la A-létheia, que se oculta en la luz griega y
que concede recién la luz, es más antigua y originaria, y por ello más
permanente que cualquier obra y figura ideada por el hombre y realizada por mano
humana alguna.
Pero
también sabemos que el desocultamiento ocultante de sí mismo seguirá siendo
lo menos aparente e insignificante para un mundo en el que la astronáutica y la
física nuclear ponen las medidas viables.
A-létheia
-desocultamiento en el ocultarse - una mera palabra, impensada en aquello que le predice a la historia occidental-europea y a
la civilización mundial que brota de ella.
¿Una
mera palabra? ¿Impotente frente al acción y los hechos en el taller gigantesco
de la técnica científica? ¿O es diferente el comportamiento con una palabra
de esta índole y proveniencia? Oigamos al terminar una palabra griega, que el
poeta Píndaro dice al comienzo de su IV. Oda Neméica (V. 6 ss.):
rêma
d´ ergmáton chronióteron bioteúei,
hó ti ke syn charíton tycha
glôssa phrenós exéloi batheías.
“La
palabra empero más allá en el tiempo que las acciones,
determina la vida, cuando sólo con el favor de las Gracias,
las extrae el lenguaje de lo profundo del corazón meditabundo.”
Martin
Heidegger

[i]
El manuscrito original de este texto fue regalado a Walter Biemel con la
siguiente dedicatoria: “Para Walter Biemel, en agradecimiento por su gran
labor prestada – que es fruto de una larga experiencia- en la preparación
de la edición de las Obras Completas.
Friburgo en Br., 10 de Marzo de 1974, Martin Heidegger.” El texto fue
editado por Petra Jaeger y Rudolf Lüthe en: Distanz und Nähe. Walter
Biemel zum 65. Geburtstag. Würzburg 1983, 11-22. El mismo texto se halla
programado a su vez para el tomo aún inédito de las OO.CC.: M. Heidegger,
Vorträge, Gesamtausgabe, vol. 80.
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