Martin Heidegger
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EL RECUERDO QUE SE INTERNA[i] EN[ii] LA METAFÍSICA

Martin Heidegger

Traducción de Juan Luis Vermal en HEIDEGGER, M., Nietzsche II, Destino, Barcelona, 2000.

 

El recuerdo que se interna en la historia del ser piensa la historia como el advenir cada vez lejano de un dirimir [Austrag] de la esencia de la verdad,[iii] esencia en la que acaece[iv] inicialmente el ser mismo. El recuerdo que se interna ayuda al pensar rememorante [Andenken] de la verdad del ser en cuanto hace pensar en qué sentido la esencia de la verdad es al mismo tiempo la verdad de la esencia. Ser y verdad se pertenecen mutuamente, así como, mutuamente superpuestos, pertenecen ambos a un aún oculto sobreponerse en un inicio cuya despejante inicialidad resta por venir.[v]

Lo inicial acaece previo a todo lo venidero y por eso, aunque oculto, viene hacia el hombre histórico como puro venir. No pasa nunca, no es nunca algo pasado. Por eso tampoco encontramos nunca lo inicial en el volverse historiográfico hacia lo pasado, sino sólo en el pensar rememorante que piensa a la vez[vi] en el ser que esencia (lo ya sido-esenciante [das Gewesende]) y en la destinada verdad del ser. A veces, para ejercitar la atención del pensamiento in-sistente conforme a la historia del ser, el recuerdo que se interna en la historia puede ser el único camino transitable hacia lo inicial.[vii]

El recuerdo que se interna en la metafisica como una época necesaria de la historia del ser da que pensar que y cómo el ser[viii] determina en cada caso la verdad del ente, que y cómo desde esa determinación el ser abre un ámbito de proyección para la explicación del ente, que y cómo sólo una determinación [Bestimmung] tal templa [stimmt] a un pensamiento para la reivindicación del ser y desde ese temple [Stimmung] impone en cada caso a un pensador el decir del ser[ix].

El recuerdo que se interna en la metafisica según la historia del ser es una pretensión [Zumutung] que de manera propia y única da a pensar al ánimo [Gemüt] la referencia del ser al hombre[x] y requiere el ánimo [Mut] de una respuesta a la reivindicación en el sentido de o bien exponerse a la dignidad del ser o bien encontrar su satisfacción en el ente. El recuerdo conforme a la historia del ser pretende de la humanidad histórica que se percate de que, antes de toda dependencia del hombre de poderes y fuerzas,[xi] providencias y tareas, la esencia del hombre está involucrada [eingelassen] en la verdad del ser. Por eso permanece largo tiempo dejado fuera [ausgelassen] de su esencia, precisamente en cuanto está involucrado en el alzamiento del producir dentro del ámbito de despejamiento del ser en el sentido de la objetivación[xii] incondicionada[xiii]. El ser deja que surjan en cada caso poderes, pero también los deja hundir, junto con sus impotencias, en lo inesencial.[xiv]

El recuerdo que se interna conforme a la historia del ser confía siempre la esencia del hombre -no el hombre individual, ya afincado en su carácter decidido- al ser, para que éste eleve a lo despejado su propia dignidad y tenga en el ente una tierra natal custodiada por la esencia humana. Sólo desde ésta, es decir desde el modo en que el hombre concede a la reivindicación del ser la palabra de respuesta, puede irradiar desde el ser una reverberación de su dignidad.[xv] En el plazo hasta que el ser entregue en propiedad lo inicial a lo abierto y dé a conocer y a salvaguardar la nobleza de su libertad respecto de sí, y con ello, a continuación, también su independencia, el ser necesita la reverberación de un destellar de su esencia en la verdad.

Este necesitar no conoce la inquietud de la carencia, es el descansar sobre sí de la riqueza de lo simple, como lo cual el inicio concede la decisión de despedirse, despedida en la que marcha al encuentro de sí mismo como aquello que admite y de este modo, hace que acaezca una vez más, en su propia inicialidad, la pura falta de necesidad que es ella misma un reflejo de lo inicial, de lo que acaece [sich ereignet] como a-propiación [Er-eignung] de la verdad.

A veces el ser tiene necesidad del ser humano, y sin embargo nunca es dependiente de la humanidad existente. Ésta, en cuanto histórica, en cuanto sabe y preserva el ente en cuanto tal, está ciertamente en referencia al ser; no obstante, el confiar la esencia humana al ser mismo no siempre es acaecida por parte de éste[xvi] como la garantía por la cual una humanidad puede tener como propio el derecho de participar en el acaecimiento apropiante de la verdad del ser. En un tiempo tal, de la reivindicación del ser surge en ocasiones el intento de una respuesta en la que una humanidad tiene que sacrificar[xvii] a algunos aislados que, habiendo sido interpelados, recuerdan internándose en el ser y piensan por lo tanto su historia desde lo ya sido [vom Gewesenen her].

El recuerdo no refiere opiniones pasadas y representaciones acerca del ser. Tampoco persigue sus relaciones de influencia ni hace un relato acerca de puntos de vista dentro de una historia conceptual. No conoce el progreso y el retroceso en una sucesión de problemas en sí que llenarían una historia de los problemas.

Puesto que sólo se conoce y se quiere conocer a la historia en la esfera de la historiografia, que indaga y recupera lo pasado para utilidad del presente, también el recuerdo que se interna en la historia del ser queda entregado en un primer momento a la apariencia que lo presenta como una historiografia conceptual, además unilateral y llena de lagunas.

Sin embargo, cuando el recuerdo conforme a la historia del ser nombra a un pensador y sigue lo pensado por él, este pensar es para aquel recuerdo la respuesta que está a la escucha y que acaece ante la reivindicación del ser, como una determinación [Bestimmung] por parte de la voz [Stimme] de la reivindicación. El pensar de los pensadores no es ni un proceso dentro de sus «cabezas» ni una obra de esas cabezas. Siempre se puede considerar al pensamiento de modo historiográfico de acuerdo con esos criterios y apelar a la corrección de esas consideraciones. Pero de ese modo no se piensa el pensar como pensar del ser. El recuerdo que se interna conforme a la historia del ser se retrotrae a la reivindicación de la silenciosa voz [lautlose Stimme] del ser y a su modo de templar [Stimmen]. Los pensadores no son sopesados refiriéndolos recíprocamente de acuerdo con contribuciones que significarían un éxito para el progreso del conocimiento.

Todo pensador sobrepasa el límite interno de todo pensador. Pero este sobrepasar no es un saber más, ya que él mismo sólo consiste en mantener al pensador en la inmediata reivindicación del ser, permaneciendo así en su limite. Esto, a su vez, consiste en que el pensador mismo no puede nunca decir lo que le es más propio. Tiene que quedar no dicho porque la palabra decible recibe su determinación desde lo indecible. Lo más propio del pensador no es, sin embargo, posesión suya sino propiedad del ser, del cual el pensamiento recoge en sus proyectos lo que él arroja, proyectos que no hacen más que admitir la implicación en lo arrojado.

La historicidad de un pensador (el modo en el que es reivindicado para la historia por el ser y en el que corresponde a la reivindicación) no se mide jamás de acuerdo con el papel historiográficamente calculable que desempeñan al circular públicamente sus opiniones, siempre y necesariamente mal interpretadas en su tiempo. La historicidad del pensador, que no se refiere a él sino al ser, tiene su medida en la fidelidad originaria del pensador a su límite interno. No conocer este último, y no conocerlo gracias a la cercanía de lo indecible no dicho, es el oculto regalo del ser a los pocos que son llamados a la senda del pensar. Por el contrario, el cálculo historiográfico busca el límite interno de un pensador en el hecho de que aún no está enterado de algo que le es extraño y que otros, posteriores, asumirán como verdad después de él, y a veces sólo por mediación suya.

No se está hablando aquí de la psicología de los filósofos, sino sólo de la historia del ser. Pero que el ser determina [bestimmt] la verdad del ente y a través de lo que en cada caso esencia de la verdad, templa [stimmt] un pensar en la unicidad de un decir del ser y desde esta determinación [Bestimmung], requiere al pensador en su carácter determinado [Bestimmtheit], que en todo esto, de manera previa y siempre inicial, el ser acaece la verdad de sí mismo y éste es el acaecimiento apropiante en el que el ser esencia, esto no puede determinarse nunca a partir del ente. Se sustrae asimismo a toda explicación. El ser, en su historia, sólo puede admitirse [eingestehen] en aquella admisión [Eingeständnis] que libra exclusivamente a la dignidad inicial del ser el ajustarse del ser humano a la referencia al ser, para que, así admitido [geständig], conserve la insistencia [Inständigkeit] en la preservación del ser.

¿Qué acontece en la historia del ser? No podemos preguntar así, porque habría entonces un acontecer y algo que acontece. Pero el acontecer es el único acontecimiento [Geschehnis]. Sólo el ser es. ¿Qué acontece? No acontece nada, si vamos a la búsqueda de algo que acontezca en el acontecer. No acontece nada, el acaecimiento acaece apropiando [das Ereignis er-eignet]. El inicio -al dirimir el despejamiento- en sí mismo se despide. El inicio que acaece es lo digno en cuanto es la verdad misma que se eleva en su despedir. Lo digno es lo noble que acaece sin necesidad de obrar. Lo noble del digno acaecimiento del inicio es la única liberación en cuanto acaecimiento apropiante [Ereignis] de la libertad, la des-ocultación es la ocultación, y esto porque es la propiedad del fundamento abismal [Ab-grund].

La historia del ser, que es únicamente el ser mismo, sólo lanza en un comienzo un oscuro resplandor en la presuntamente única transparencia de la certeza del acabado saber metafisico. Pero la metafisica es historia del ser como pro-gresar que sale del inicio, progresar que convertirá un día el regreso en necesidad [Not] y el recuerdo que se interna en el inicio en necesidad apremiante [notvolle Notwendigkeit]. Esa historia del ser que es conocida historiográficamente como metafisica tiene su esencia en que acaece un progresar que sale del inicio.[xviii] En este progresar el ser se entrega a la entidad y rehúsa el despejamiento de la inicialidad del inicio. La entidad, empezando como Üd¡a, inaugura la preeminencia del ente respecto del carácter esencial de la verdad, cuya esencia misma pertenece al ser. Al entregarse a la entidad y sustraer su dignidad en el ocultamiento a su vez oculto, el ser cede aparentemente al ente el aparecer del ser.

En la medida en que el hombre se sigue distinguiendo dentro del ente por conocerlo en cuanto ente y, conociéndolo, comportarse respecto de él, sin que, no obstante, como consecuencia de esa distinción, pueda nunca saber, es decir, preservar, el fundamento de la misma, el hombre avanza, en la historia del ser que se llama metafisica, hacia un dominio multiforme en el ámbito del ente que ha quedado abandonado a sí mismo.

El ente es lo real efectivo. La realidad efectiva salva su esencia en el efectuar, el cual, como su esencia propia, lleva a efecto que la voluntad que sabe se vuelva la eficacia determinante. La realidad efectiva traslada su esencia a la multiformidad de la voluntad. La voluntad se lleva a efecto a sí misma en la exclusividad de su egoísmo como voluntad de poder. Pero en la esencia del poder se encubre el más extremo abandono del ser a la entidad, en virtud de lo cual ésta se transforma en maquinación.[xix] Superficialmente, aparece en la forma de la preeminencia de lo planeado y lo planeable en el sector de lo real previamente calculado. La preeminencia de lo real efectivo como lo único ente frente al ser es incondicionada. El ser ya sólo aparece para ser entregado al desprecio. El nombre de este desprecio es «abstracción».

La preeminencia de lo real efectivo activa el olvido del ser. Por esa preeminencia queda también sepultada la esencial referencia al ser que hay que buscar en el pensamiento rectamente pensado. Requerido por el ente, el hombre ocupa el papel de ente que sirve de norma. Como referencia al ente basta el conocer que, de acuerdo con el carácter esencial del ente en el sentido de lo real planificablemente asegurado, tiene que desembocar en la objetivación y convertirse así en cálculo. El signo de la degradación del pensar es el ascenso de la logística al rango de verdadera lógica. La logística es la organización calculante de la absoluta ignorancia acerca de la esencia del pensar, dando por supuesto que el pensar, esencialmente pensado, es aquel saber proyectante que desemboca en la conservación de la esencia de la verdad a partir del ser.[xx]

La renuncia en la que el ser se abandona a la extrema inesencia de la entidad (a la «maquinación») es, ocultamente, el retener en sí la esencia inicial del acaecimiento apropiante en el inicio aún no iniciado, que aún no ha entrado en su abismo. El progreso del ser hacia la entidad es esa historia del ser -llamada metafísica- que en su comienzo queda tan esencialmente alejada de su inicio como en su final. Por eso, la metafisica misma, es decir ese pensar del ser que tuvo que darse el nombre de «filosofia», tampoco puede llevar nunca la historia del ser mismo, es decir el inicio, a la luz de su esencia. El progreso del ser hacia la entidad es sobre todo el rechazo inicial de una fundación esencial de la verdad del ser y la cesión al ente de la preeminencia en la caracterización esencial del ser.

El progreso que sale del inicio no se desprende de él, pues de lo contrario la entidad no sería un modo del ser. El progreso tampoco puede hacer nada contra la recusación del inicio, recusación en la que lo inicial se encubre hasta volverse inaccesible. No obstante, en el progreso, la distinción del ser frente al ente,[xxi] sin llegar propiamente a su estructura fundada, entra en la verdad (apertura), a su vez indeterminada, del ser. Pero la distinción del ser frente al ente se salva inmediatamente en la forma de aquella distinción que es la única que corresponde al comienzo de la metafísica, pues recibe su estructura desde el ente y desde la distinción del ente frente al ser.

El ente es. Su ser contiene la verdad de que es. Que el ente es[xxii] le da al ente el privilegio de lo incuestionado, a partir de lo cual se eleva la pregunta acerca de qué es el ente. El qué-es es así, desde el ente, el primer ser que se interroga. En ello se manifiesta que el ser mismo sólo se entrega a la determinación en la forma de la entidad, para, por medio de esta determinidad misma, llevar a la esencia sólo el ente en cuanto tal. Frente al qué-es (Þd¡a) sólo entonces se distingue de forma expresa el que-es. La distinción, que se vuelve corriente en la metafisica con el nombre de diferencia de essentia y existentia [xxiii] pero que apenas resulta visible en sus propias transformaciones, se funda a su vez en la auténtica e inicial distinción, infundada y al mismo tiempo oculta, del ser frente al ente.

Pero la distinción inicial no es un acto que recaiga sobre y en una unidad indivisa de ser y ente que ya estuviera allí, sino que la distinción es, inicialmente, lo que esencia del ser mismo, cuya inicialidad es el acaecimiento apropiante [Er-eignis].[xxiv] Retrocediendo desde la distinción de essentia y existentia que sustenta a toda metafisica y que tiene su peso en la impronta esencial de la existentia, no puede alcanzarse jamás la distinción inicial. Por el contrario, la distinción metafisica misma -es decir, siempre: la distinción que estructura y sustenta toda metafisica­- tiene que ser previamente experimentada en su inicio para que la metafisica se vuelva capaz de decisión como acaecimiento apropiante de la historia del ser y pierda la forma aparente de una doctrina y de una manera de ver, es decir, de un producto humano.

La historia del ser no es ni la historia del hombre y de una humanidad ni la historia de la referencia humana al ente y al ser. La historia del ser es el ser mismo y sólo eso.[xxv] [xxvi] No obstante, puesto que el ser reivindica al ser humano para fundar su verdad en el ente, el hombre queda incluido en la historia del ser, pero en cada caso sólo respecto del modo en que, a partir de la referencia del ser a él y de acuerdo con ella, asume, pierde, pasa por alto, libera, profundiza o dilapida su esencia.

El hecho de que el hombre sólo pertenezca a la historia del ser en la esfera de su esencia determinada por la reivindicación del ser, y no respecto de su estar, actuar y producir en el interior del ente, significa una limitación de tipo peculiar. Puede revelarse como una distinción siempre que el ser mismo dé a saber qué acaece cuando el hombre puede arriesgar su esencia que, por la preeminencia del ente, se le ha hundido en el olvido.

En la historia del ser, el acaecimiento apropiante se le manifiesta al hombre en primer lugar como transformación de la esencia de la verdad. Esto podría suscitar la opinión de que la caracterización esencial del ser depende del dominio del respectivo concepto de verdad que guía el representar humano y con ello también el pensar del ser. Pero la posibilidad de los respectivos conceptos de verdad está previamente delimitada por el modo de la esencia de la verdad y por el reinar de esa esencia. El despejamiento[xxvii] es, él mismo, un rasgo fundamental del ser, y no sólo su consecuencia.

El recuerdo que se interna en la historia del ser es un pensar anticipador que se dirige al inicio y es acaecido por el ser mismo. El acaecimiento apropiante concede en cada caso el plazo desde el cual la historia asume[xxviii] la garantía de un tiempo.[xxix] Ese plazo en el que el ser se entrega a lo abierto no puede encontrarse nunca, sin embargo, partiendo del tiempo contado historiográficamente y empleando sus medidas. El plazo concedido sólo se muestra a una meditación que ya es capaz de presentir la historia del ser, aunque esto sólo se consiga en la forma de un estado de necesidad esencial que conmueva todo lo verdadero y real, sin ruido y sin consecuencias.

Martin Heidegger

 



[i]  Recuerdo que se interna [Erinnerung]: dejar penetrar en lo propio de la metafísica en el sentido del dejar presenciar: lo que presencia en cuanto tal en su totalidad. Dejar-presenciar: destino del ser [Seins-Geschick].

[ii]  cfr «La historia del ser».

[iii]  (Como el despejamiento del cobijar que se oculta) ocultándose en ello: el acaecimiento apropiante.
El despliegue de ese cobijar en el acaecimiento apropiante como incumbencia de la cuaternidad [Ge-viert].

[iv]  Recoge en sí el presenciar y el dejar presenciar, lo recoge sobre sí como el «se da» [Es gibt] (Tiempo y ser).

[v]  (Acaecimiento que apropia para la incumbrencia) El inicio [An-fang].

[vi]  Dejar presenciar (fæsiw Žl®yeia [pero ésta no como «verdad» en sentido corriente).

[vii]  Lo inicial en el sentido del ini-ciar a-propiante-expropiante (precisante) en el incumbir.

[viii]  Destino de dejar presenciar (destino como acaecimiento).

[ix]  Cfr. La determinación [Bestimmung] de la cosa del pensar. Templar [stimmen] como acaecer apropiante en lo propio; el acaecimiento apropiante, sin embargo, decir [Sage] - el son del silencio.

[x]  «Ser» como el acaecimiento apropiante en el sentido del precisar de los mortales.

[xi]  El precisar de los mortales en el acaecimiento apropiante de la Cuaternidad

[xii]  es decir, la solicitabilidad [Bestellbarkeit].

[xiii]  in-condicionada [un-bedingt] y sin referencia al llegar a ser cosa [Bedingnis] de la cosa [Ding].

[xiv]  «Poder» y «ser», cfr. manuscrito pasado a máquina.

[xv]  «Ser»: siempre acaecimiento apropiante.

[xvi]  (En cuanto acaecimiento apropiante.)

[xvii]  Es decir abandonar a la renuncia a un influjo y una doctrina determinantes y cosas similares; renuncia a la filosofia en cuanto tal. Cfr. Was heisst Denken?, 1954, pág. 161. [Hay trad. cast. de H. Hahnernann: ¿Qué significa pensar?, Nova, Buenos Aires,1958.]

[xviii]  En cuanto in-(i)cio a-propiante.

[xix]  Manuscrito «Besinnung» 1938‑39 [cfr. ahora GA, 66] («maquinación», nombre preliminar para el dis-positivo [Ges-stell].

[xx]  (Pensar: decir que corresponde [Entsagen] al acaecimiento apropiante.)

[xxi]  Diferencia ontológica.

[xxii]  ¦sti gŒr eänai.

[xxiii]  Essentia                 ser                ser y ente, diferencia ontológica.
      
Existencia      cfr. “La metafísica como historia del ser”

[xxiv]  ¿En qué sentido en el in-icio apropiante está la diferencia ontológica?

[xxv]  Cfr. nota 8.

[xxvi]  Cfr. Der Satz vom Grund, 1957 [hay tr. cast. de E Duque y J. Pérez de Tudela, La proposición del fundamento, Serbal, Barcelona, 1991].

[xxvii]  Respecto del «despejamiento», cfr. Die Bestimmung der Sache des Denkens [La determinación del pensar], 1964-1965.
La
‹l®yeia, pensada en su impensado como el despejamiento del cobijar que se oculta en el sentido del acaecimiento apropiante, no tiene nada que ver con «verdad».
¿Pero por qué llega el
‹l®y¡w a la pertenencia al lñgow, a la oryñthw?
¿Equívoco empleo de la palabra «verdad» para el despejamiento y avistado en el «ahí» del ser-ahí (Ser y Tiempo)?

[xxviii]  Cfr. Holzwege [Caminos de bosque]

[xxix]  Época.

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